A lo largo de la Carretera Panamericana

De Costa Rica a Panamá, Russ Turner siempre está en movimiento, utilizando todo lo que puede como un medio para el evangelio.

Una noche del 2014, Russ Turner se acostó en una hamaca bajo el cielo brasileño, luchando con un dilema. Se había pasado el día dirigiendo un seminario bíblico para 130 jóvenes de las comunidades indígenas ticuna, cocama y mayoruna. Quería dar a cada uno un Mensajero, pero solo tenía 20 para distribuir. “Señor”, oró, “cada uno de estos chicos necesita un Mensajero, pero no hay manera. ¿Cómo puedo multiplicar 20 como el pan y los peces?”.

Turner en el ferry con Randy, un operador de motoniveladoras que tiene preguntas sobre el evangelio.

Al día siguiente, Turner miró hacia el río y vio a cuatro hombres descargando cajas rectangulares pequeñas de su lancha. Los conoció y descubrió que eran de Ministerios En Contacto, grabando un video para un proyecto de traducción. En cada caja había 50 mensajeros. Russ y el equipo pusieron a los estudiantes en fila, y cada uno recibió un Mensajero ese día. “¡Qué falta de fe de mi parte!”, dijo Russ. “¡Y qué respuesta a la oración!”.

Cuando están en los Estados Unidos, Russ y Lynn Turner viven en las fueras de Chattanooga, en una comunidad residencial rural llamada Soddy-Daisy. En la escalera de entrada, y más allá de la pintura fresca en los postes del porche hay dos mecedoras que dan a la calle. Parece la casa de un par de nidos vacíos que descubren las alegrías de los nietos. Pero una vez que estoy dentro, la conversación pronto se torna a Sudamérica y a las diversas desagradables criaturas que han visitado a Turner en sus sueños: serpientes, cucarachas, escorpiones y una habitación llena de ratas bambú amazónicas que mantuvo a raya con una linterna durante toda una noche.

La pareja vive en Tennessee menos de la mitad del año, conservando la casa para cuando ya no puedan viajar tan a menudo. Desde 1978, Costa Rica ha sido su hogar. Es donde han criado a sus hijos y, con oración y perseverancia, han plantado siete iglesias. A medida que cada iglesia se desarrollaba, Turner instruía a un hombre del pueblo para que se hiciera cargo, dejando a la comunidad libre de deudas, y a menudo con un inmueble propio. “Siempre tuve cuidado de no endeudarme”, dijo. “Si Dios está detrás de ello, Dios proveerá”. En su casa en San Ramón, Turner sigue pastoreando una de estas iglesias, pero a menudo se le puede encontrar viajando hacia el sur, en avión, autobús, lancha, automóvil o motocicleta, para dirigir seminarios en lugares lejanos.

Dos hermanas que caminaron cuatro horas para comprar suministros para su remota aldea.

Estoy con Turner unas semanas más tarde en un ferri, atravesando el golfo de Nicoya de camino a la Isla Venado en Costa Rica. Me lleva a conocer a su amigo Eladio, que pastorea una iglesia en una isla donde viven 900 personas, y donde los hombres duermen de día y pescan de noche. En el piso superior del ferri, un joven llamado Randy vigila su niveladora estacionada mientras las aves fragatas magníficas atraviesan el cielo. Lo que comienza como una conversación amistosa en inglés (principalmente para mi beneficio) cambia al español cuando Turner y Randy dialogan sobre la Biblia. Hablan del cielo, de Cristo, y de encontrar la paz con Dios. Cuando termina el viaje en el ferri, Randy ora para recibir a Cristo. Nos despedimos cuando él sube a su niveladora con un nuevo Mensajero y se aleja para unirse a su equipo de trabajo.

Eladio e Ipi viven en una amplia casa al aire libre. Tienen seis hijos adultos y 12 nietos; la mayor, Priscila, barre los pisos y nos trae café mientras Ipi asa pargo rojo recién pescado para el desayuno. Ipi le habla a Turner de sus nietas gemelas, que tienen un solo Mensajero para ambas. Lo llevan a la escuela todos los días, y los otros niños se reúnen para escuchar. Sonriendo, Turner saca otro Mensajero de su bolso y lo coloca en la mesa para las gemelas. “Ahora cada una puede tener el suyo”.

Hace dos semanas, la isla organizó servicios de evangelización, y a través de ellos seis isleños se reconciliaron con Dios por medio de Cristo. El domingo siguiente, una mujer mayor llamada Doña Virginia volvió a la iglesia con sus tres hijas adultas. “Fue una gran bendición para mi corazón”, dijo Eladio, “porque se habían alejado del Señor. Y luego vi a dos hermanas que habían estado reñidas durante años, levantarse y abrazarse”.

Pastor Eladio en su sala de oración.

Caminamos juntos por la isla, y Turner vuelve a conectarse con viejos amigos, incluso cuando es presentado a otros nuevos. A medida que nos movemos, Eladio indica a las personas que cree que deberían recibir un Mensajero. Uno de ellos es un hombre acostado en una hamaca, leyendo su Biblia. Es portero de uno de los equipos de fútbol recreativo de la isla. Eladio frota el hombro herido del hombre, y Turner se agacha para mostrarle cómo navegar en un Mensajero. El hombre está emocionado por tener algo que escuchar mientras está pescando. Luego nos topamos con un joven con una delgada sombra de bigote y auriculares que cuelgan de su cuello. Turner le da un Mensajero, y juntos hablan y oran. Mientras se aleja, Eladio me dice que la esposa del hombre lo ha dejado porque es alcohólico, y parece que no puede dejar el vicio. “Sigue orando por él”, dice Eladio.

Turner está en la fila para el desayuno en la provincia de Chiriquí en Panamá. Pide huevos y salchichas, y un joven felicita su español. Turner le dice que él es un pastor, y que va de camino a organizar un seminario. “Me alegra que alguien esté predicando el evangelio”, le dice el joven. Pronto Turner está hablando con la novia del joven y sus padres, dándoles tarjetas microSD con contenido del Mensajero para sus teléfonos celulares. “Me encanta tener la tarjeta SD”, me dice Turner más tarde, después de repartir varias en una gasolinera donde llenamos el tanque. “Me gusta la oportunidad y la facilidad de poder compartirlas”.

Después de una larga mañana de enseñanza, Russ Turner descansa con Isaac, un agricultor panameño que vive río arriba del lugar de la conferencia.

Después de viajar un poco más a lo largo de la carretera Panamericana, salimos de la vía para visitar a uno de los amigos más antiguos de Turner en Costa Rica. Alex Taylor y su esposa Mirto han creado un hogar para doce niñas indígenas, todas abandonadas de alguna manera. Las más pequeñas son gemelas de once años que los Taylor encontraron viviendo solas en las montañas hace siete años. Una estaba notablemente más delgada que la otra —el resultado de una antigua práctica de matar de hambre y envenenar a un gemelo desafortunado. Hoy en día, ambas están saludables y, junto con las otras niñas, reciben una excelente educación de la tutora que viene a la casa de los Taylor todos los días.

Alex se une a nosotros en el Land Cruiser de Turner, y seguimos una larga carretera que cruza las montañas hasta áreas reservadas para la población Ngäbe-Buglé. La mayoría de las casas están hechas de pedazos de madera, bambú, hojalata e incluso basura. Pero el gobierno está construyendo casas de concreto para las familias que viven a lo largo de la carretera, y una nueva lavadora instalada bajo un toldo representa la electricidad que muchos están recibiendo por primera vez. Subimos más alto, y las nubes cuelgan más abajo hasta que flotan como algodón de azúcar.

Turner sigue adelante. Aunque los kilómetros pueden parecer interminables, él viaja con una oración en sus labios y hermosas vistas a lo largo del camino.

Alex está entrenando a pastores Ngäbe-Buglé, que están alcanzando a su pueblo con el evangelio después de muchos años de enseñanza religiosa y de culto basado en las obras. Cuando nos detenemos, Turner entrega Mensajeros a las personas que Alex ha venido a conocer, y nos ocupamos de Aniceto, un pastor ciego que necesita un nuevo Mensajero porque ha desgastado los botones del viejo. Luego observamos la iglesia de Aniceto, un pedazo de tierra medio cubierto, rodeado por un bloque de cenizas a la altura de las rodillas. Para sentarse, hay tablas largas de madera contrachapada, que se extienden desde la parte superior de la corta pared hasta bloques de hormigón en el centro del piso. Turner y Alex calculan los recursos que necesitarán para terminar una pared y poner un piso y algunos bancos bonitos. Se van decididos a ayudar a Aniceto a tener un mejor lugar para predicar.

Seis días después de nuestro viaje, me despierto con el crepitar y el raspado del desayuno que se prepara en la habitación de al lado. Estamos en la casa de huéspedes de la iglesia de un pequeño pueblo llamado Río Indio, en la provincia de Colón, Panamá. Turner nos sirve panqueques a mí y a dos amigos estadounidenses que se han unido a él para impartir un seminario de una semana de duración. Uno de ellos, Clip Suddeth, es un misionero relativamente nuevo en Panamá, pero sus conexiones con Russ son profundas. Y el otro, John Webb, era un adolescente cuando conoció a Russ, en un viaje misionero a Costa Rica, una experiencia que Dios usó para llamarlo al ministerio.

Salgo, y Turner ya está conversando con Fidela, una mujer que espera el autobús. Ella era una maestra que perdió su trabajo cuando la escuela local fue cerrada, y trabaja ahora en la lavandería de una mina de cobre a más de doce horas. Ahora, ausente de su hogar treinta y cinco días seguidos, solo gana la mitad de su salario anterior. Antes de que aborde el autobús, le ponemos un Mensajero en la mano para que la acompañe durante los muchos días que quedarán hasta su regreso. Los seminarios de Turner lo llevan a comunidades como estas nueve veces en un período de tres años, dándole la oportunidad de cultivar relaciones duraderas con aquellos a quienes enseña. Me habla brevemente de los desafíos que Fidela y su esposo han superado, y de la manera en que el Señor los ha ido conformado a su imagen.

Alex Taylor con las gemelas que él y su esposa encontraron hace siete años.

La enseñanza de esta semana se enfoca en la evangelización, las misiones y la plantación de iglesias, un desafío oportuno para los creyentes en Río Indio, quienes ven que su número se reduce. Muchas de las iglesias de un lado a otro de la costa fueron plantadas por su pastor, Amado León, pero después de treinta y nueve años ya no puede seguir el ritmo de cuando era más joven. Los miembros de la Iglesia Bautista Emaús se dan cuenta de esto y, desde el seminario, están abrazando la idea de que el discipulado no es solo trabajo del pastor. Los asistentes parecen hambrientos de asumir el reto.

El almuerzo marca el final de la sesión del día y todos comparten una comida en la ladera de la casa de huéspedes. Turner y sus dos amigos repasan la agenda de la cercana Piña, donde cada noche se repite la conferencia de otra aldea más. Toma un momento para soñar con las siguientes comunidades que le gustaría alcanzar, una en la provincia de Bocas del Toro. “Toma la iniciativa en eso”, le dice a Suddeth. “Y yo te ayudaré, como tú me has estado ayudando a mí”.

Luego, después de una siesta en su hamaca, Turner se pone de pie y se estira, con los pies en un par de zapatillas Crocs que se menean mientras se dirige hacia el fregadero de la cocina. Se para allí, metiendo las ropas de ayer en el agua, haciendo ovillos con ellas, y apretándolas para drenar el agua. Recoge los fajos de camisas y pantalones cortos y los cuelga afuera en la cuerda donde estarán secos mañana. Turner, al igual que el pastor León, ha plantado iglesias y pastoreado creyentes durante cuarenta años. Sin embargo, todos los días parece tan motivado como el día anterior, anhelando ver a hombres y mujeres venir a Cristo y ser discipulados. “Ver a estas personas en el cielo”, dice Turner, “será una gran bendición para mí”.

Fotografía por Johnathon Kelso

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