Con fraternal dedicación

Siete hombres continúan la obra misionera de un amigo querido en Costa Rica.

Encerrado dentro de un alambrado en Puerto Viejo, Costa Rica, hay un montón de escombros. Siete hombres miran fijamente los escombros, haciendo una mueca de dolor por lo ocurrido en el parque de patinaje que construyeron hace un año. Antes, había muchos niños, riendo, desafiándose unos a otros y deslizándose por las rampas para hacer saltos y trucos. Pero poco después, la capa superior de la superficie de patinaje comenzó a cuartearse cada vez más, que el parque quedó inutilizable. Ahora los niños se quedan fuera de la cerca que lo cruzan, presionando sus caras contra las aberturas para ver el interior del parque.

Siete hombres de Carolina del Sur y uno de Costa Rica oran por el trabajo de cemento del día siguiente en el parque de patinaje de Puerto Viejo.
 

Dentro de la cerca, los siete hombres caminan arrastrando los pies hacia la parte posterior de un edificio de bloques de cemento —la Primera Iglesia Bautista de Puerto Viejo— donde entran a un cementerio de rampas de madera desechadas. Miran los pedazos desgastados que habían construido con tanto trabajo, las superficies que se deshicieron, y las capas que se desprendieron. Joseph Hayes, cuyas muñecas están tatuadas con grilletes rotos, sacude la cabeza. “Es una gran decepción ver apilado todo eso, como basura”.

Los hombres son de Beaufort, Carolina del Sur, un lugar de tal belleza natural que este pueblo en la costa caribeña es casi una versión mejorada. Aunque se conocieron en la iglesia, los hombres viajan como His Kids Empowering Communities, una organización formada hace varios años por dos fuerzas dispares: el diminuto y avinagrado Ken Gagne, y el gregario y espaldudo Michael Mackewich. Mientras que Michael era asesor de servicios financieros con talento para colaborar, Ken era 20 años mayor, un hombre ingenioso con una forma particular de hacer las cosas. Aunque le tomó un poco acostumbrarse, Ken demostró ser una fuerza apasionada y unificadora. Hoy, tras un mes de su muerte, el equipo sigue adelante. En solidaridad, visten camisetas negras de Costa Rica con el nombre de Ken impreso en su memoria en la manga izquierda.

Rampas de madera desechadas del proyecto de la pista de patinaje.

“Ken trabajó hasta el día en que ingresó en el hospital”, dice Gerard Moreira con su voz chillona.

“Tenía una infección en el corazón”, explica Josh Ward, el miembro más joven del equipo. “Estuvo con eso durante una semana, describiéndolo como síntomas de gripe”.

Pero Ken se negó a ver a un médico.

“Sí, la infección que tuvo fue por un minuto”, dice Gerard. “Tal vez si hubiéramos podido...”, hace una pausa, pensando. “Tal vez si lo hubieran examinado...”.

Mientras estuvo en el hospital, Ken dejó de comer. Después tuvo un derrame cerebral. Nadie estaba listo para que se fuera.

En el funeral de Ken, los del equipo de Puerto Viejo fueron sus portadores del féretro. Tenían puestas sus camisetas negras de Costa Rica. Y Ken también. “Fue un servidor”, dice David Felver, a través de su gran barba oscura. “Tenía un corazón para Dios. Pero la primera vez que conocí a Ken, dije: ‘No hay forma de que este viejo gruñón y yo nos llevemos bien’”.

“En realidad, no tenía trato con muchas personas por su personalidad”, agrega Gerard.
“Pero una vez que él amaba a alguien, todo cambiaba. Lo amaba de verdad”.

“Le encantaba hablar sobre el viaje y los proyectos”, dice Mike McCaskey, quien junto a Ken y Michael ha viajado en múltiples ocasiones a Puerto Viejo.

Michael Mackewich, cofundador de la organización His Kids.

“Él se iba a mudar para acá”, agrega Michael. “Esa era su intención”.

Puerto Viejo es conocido por sus aguas cristalinas, su gran oleaje y su ambiente relajado. Su calle principal corre a lo largo de la playa, y en ella hay un grupo de tiendas y restaurantes, con más bicicletas y tráfico peatonal que automovilistas. En el centro de todo el bullicio está la iglesia, en una esquina donde los autobuses silban todo el día hasta una parada, y sus puertas se abren a un nuevo grupo de pasajeros. Los adolescentes y los niños más pequeños pasan en bicicleta y en monopatines en un flujo constante de actividad.

“No tengo las credenciales para ser pastor”, dice Orlando Brown, un inmigrante jamaiquino barbudo, ahora residente en Puerto Viejo. “Pero soy el pastor de los niños de la calle”. Desde hace mucho tiempo, el sueño de Orlando ha sido cuidar de estos niños del pueblo para apartarlos de las drogas, tan comunes en la comunidad. “Yo era como ellos. Necesitan el evangelio. Eso es lo que les falta: amor y el evangelio”. Entonces quita una parte de la cerca para el equipo de Beaufort, de modo que puedan comenzar el trabajo. Los niños han estado trepando sobre la cerca de todos modos, ansiosos por recuperar su parque de patinaje.

 

Ken Gagne vino a Cristo al final de su vida, tal vez una década antes de que comenzara a hacer viajes a América Latina. Nunca se casó, y no tuvo hijos, por lo que estaba acostumbrado a hacer las cosas a su manera, lo que a menudo lo hacía impaciente con los niños.

Orlando Brown, un colaborador habitual en la iglesia de Puerto Viejo.

“En el funeral de Ken se contó una historia”, dijo Mike. “Nuestro pastor era nuevo. Tenía un hijo de quizás unos nueve años”. Explicó que tres niños —el del pastor y otros dos— lanzaban un balón de fútbol en los pasillos de la escuela de la iglesia. Ken se había topado con ellos antes, y les había dejado en claro que no debían lanzar la pelota adentro. Pero cuando se perdió de vista, la volvieron a lanzar. “Y Ken salió de una esquina y agarró el balón con una mano. Creo que tenía un cuchillo en la otra, y ¡pum! Lo reventó. Luego les dijo: ‘Les dije que no lanzaran este balón aquí’”.

El grupo se rió estrepitosamente.

“¡Y con el nuevo hijo del pastor!” dice José.

“Bienvenido a Beaufort”, añade David.

Pero con el paso de los años, Ken desarrolló un corazón tan grande para los niños que, según cuentan los hombres, uno nunca pondría al Ken viejo junto con el nuevo. ¿Qué lo había cambiado?

“Ese primer viaje misionero”, dice José.

Durante su estadía en la Provincia de Limón, el equipo de His Kids continuó su ministerio entre el pueblo Bribri. Aquí, levantan cemento para un edificio de la iglesia.

Mike está de acuerdo. “Fue el hecho de venir aquí y trabajar con estos niños”.

 

Más tarde en la noche, el equipo se reúne con su amigo plantador de iglesias, Jeffrey Bejarano, en un edificio grande con vigas de acero, cerca de la frontera con Panamá. Es la segunda noche de los servicios de evangelización “Noches de milagros”. “Este lugar es muy remoto”, dice Michael. “La gente de aquí quizás no tengan Biblias, y la iglesia tiene solo siete meses”. Estas condiciones hacen que los Mensajeros de En Contacto sean un recurso invaluable para Jeffrey, quien ha distribuido alrededor de 150 de ellos en los últimos dos años. Cuando Michael se enteró de la existencia del Mensajero, supo que sería muy apropiado para Costa Rica. “¿Los mensajes del Dr. Stanley y la Biblia? ¿Qué más podría necesitar? Tiene incluso una linterna... y funciona con energía solar”.

Aunque el parque de patinaje ocupa la mayor parte del tiempo y la energía del equipo esta semana, His Kids está formando asociaciones de cooperación en toda la región, atento a las oportunidades que les darán a los niños un lugar seguro para jugar, crecer y escuchar hablar de Jesucristo.

A medida que el cielo se oscurece, el grupo se calienta por dentro, y Stephen y Mike se mezclan con los jóvenes. Están compartiendo el Mensajero en una de sus formas más nuevas: una unidad USB con forma de abrebotellas que se abre para revelar una tarjeta SD de micrófono, perfecta para un teléfono celular. Por medio de un traductor al español, Stephen y Mike guían a cada destinatario en cuanto al contenido del Mensajero. Su provisión de dispositivos se agota rápidamente.

Una llave USB con la Biblia en audio y las lecciones del Dr. Stanley.

Mike recuerda una Navidad en Beaufort cuando les fueron prometidas 100 bicicletas para niños de la localidad. Las bicicletas fueron pedidas, pero solo la mitad llegó a tiempo.

“Ken se encontró conmigo en otro Walmart con su remolque, y compró las otras 50”, dice Mike. “Enviamos el recibo, pero Ken llamó después al contador de la iglesia, y le dijo: ‘No se preocupe por pagarme’”.

“Así era Ken”, dice Gerard, sonriendo. “Hacía muchas cosas que su mano izquierda no veía lo que hacía la derecha. Era un buen hombre”.

 

Durante su estadía en Puerto Viejo, el equipo palea la grava y quita el cemento viejo, dejando paso a un nuevo vertido de concreto el último día. Colocan tablas de madera de 5 x 10 centímetros, y miden el nivel de las líneas de vertido con una cuerda. Hay complicaciones con los camiones de reparto y un déficit de herramientas para el trabajo, pero los hombres son ingeniosos y están adoptando los rastrillos de jardín comunes para que funcionen como esparcidores y alisadores.

Y recuerdan a Ken.

Adoración en la actividad “Noches de Milagros”.

“Los seis meses antes de este viaje, todos los domingos por la mañana, yo tenía que luchar para lograr que entrara a la iglesia”, dice Mike. Después de que los dos hombres se dieron un apretón de manos en la entrada principal, Ken comenzó con una letanía de ideas que tenía de cómo verter el concreto en Puerto Viejo: “‘Tenemos que ponerlo bien. Tenemos que mojarlo todos los días durante dos semanas y mantenernos alejados de él’. Fue así todos los domingos por la mañana durante seis meses”.

“El hombre podía construir lo que fuera”, afirma Gerard.

“O podía descubrir cómo hacerlo”, agrega David.

“No necesitaba planos ni nada por el estilo”, recuerda Mike. “Lo planificaba en su cabeza. No sabíamos qué tenía en su cabeza —¡pero nos lo hacía saber si no lo estábamos haciendo!”.

Y a su manera poco ortodoxa, Ken los unió a ellos.

“Después de que fuimos a Costa Rica, la vez siguiente que lo vi se me acercó y me abrazó”, dice Stephen. “Y pensé: ¡Vaya, él nunca había hecho eso antes!”.

 “Esa es mi experiencia también”, dice David. “Después del viaje, comenzaron los abrazos”.

Los jóvenes de la localidad observan con interés cómo se vierte cemento para el nuevo parque de patinaje.

 

Cuando llegó el día para verter la nueva superficie del parque de patinaje, los hombres se ponen de pie con sus herramientas de mango largo, observando la salida del sol mientras esperan al camión hormigonero blanco y rojo que baja de la región de Limón. Luego, mientras el camión retrocede poco a poco hacia el agujero en la cerca, su rueda delantera cae por la calle haciendo un fuerte chasquido. “¿Es una broma?”, dice Mike lanzando un quejido, y mirando hacia el agujero. De alguna manera, el conductor maniobra el camión, y con un torbellino de movimientos los hombres colocan tres tablas gruesas, reforzadas por una lámina de acero, sobre el agujero. La reparación temporal se mantiene a través de las tres entregas.

Parece que todo Puerto Viejo se detiene para presenciar el trabajo, tomando instantáneas en sus teléfonos celulares y comentando los cambios. Y una vez más, los niños enganchan sus dedos en el eslabón de la cadena, mientras Gerard dirige la mezcladora y David extiende el concreto que se desliza por el largo piso, hasta que es amontonado y después alisado.

Todavía queda mucho por hacer. Tal como decía Ken cada domingo por la mañana, el concreto debe mantenerse húmedo y se tiene que dejar secar como es debido. Y dentro de unos seis meses o un año, el equipo de His Kids volverá a instalar las nuevas rampas de patinaje.

“Tenemos que volver”, dice un decidido José. “El parque de patinaje no está terminado”.

La adoración del domingo por la mañana con Joseph Hayes, David Felver y Ricardo Vargas, un valioso compañero costarricense del equipo de His Kids.

Mike está de acuerdo: “Es importante terminar este trabajo, porque era importante para Ken. Es una manera de honrarlo”.

“Él nunca se detendría”, dice Gerard.

Y tampoco lo hará este equipo. Comparten el sueño no solo de un concurrido parque de patinaje, sino de un centro educativo para los niños de Puerto Viejo y de las comunidades más allá. “Hay una visión a largo plazo y muchos proyectos diferentes que tenemos”, dice Michael. “El Señor lo ha puesto en nuestros corazones, y estamos comprometidos a llevarla a cabo. Y quizás habrá otras seis o diez personas que querrán hacer este viaje; ya están hablando del próximo”.

Mientras tanto, los niños de Puerto Viejo tienen una superficie amplia y lisa para patinar y jugar, además de un espacio seguro y acogedor para Orlando y la iglesia, mientras sirven y aman a su comunidad. Pero el parque de patinaje no es solo para los niños. “Los padres de muchos de estos niños, son niños ellos mismos”, dice Orlando. “Si hacemos esto de la manera correcta, tendremos a la madre y al padre viniendo a cuidar a sus hijos. Y compartiremos el evangelio con ellos, también”.

 

Fotografía por Ben Rollins

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