De la oscuridad a la luz

Tibor Miklós perdió la vista, pero ganó una visión para alcanzar a Hungría para Cristo.

La escalera de cuatro tramos de esta iglesia de inspiración gótica, es empinada y en forma de caracol; mirar por el borde de su sinuosa pendiente es suficiente para hacer que cualquiera se agarre del pasamanos y se mueva despacio. Pero aunque es ciego, Tibor Miklós da cada paso con rapidez, con una mano sobre el antebrazo de su guía, y la otra sosteniendo su bastón blanco.

Tibor recorre una zona comercial de Budapest.

 

La sala de abajo está repleta de personas, la mayoría de ellas son ciegos. Han venido a esta iglesia en Szeged, Hungría, una ciudad al norte de Serbia, para recibir una Biblia que por fin pueden “leer” por su cuenta: el Mensajero de En Contacto en húngaro.

Durante dos semanas, Tibor ha recorrido las carreteras de Hungría, compartiendo Mensajeros y uniendo a creyentes bautistas, luteranos, metodistas, pentecostales y reformados. Estos se han unido a Tibor en su misión de alcanzar a los olvidados: los ciegos y los discapacitados, los que carecen de educación académica y los marginados. El Hijo de Dios tuvo compasión de estos, y ahora, por medio de Tibor, la iglesia en Hungría vuelve su rostro a ellos con un enfoque renovado.

El edificio del Parlamento húngaro.

Pero esto es apenas el comienzo. Hay marginados dentro y fuera de la iglesia. Antes de que terminen sus viajes, Tibor irá a los de afuera —los gitanos— que, por lo general, han perdido la esperanza de que alguna vez se les permita entrar.

AISLADO Y OLVIDADO

Cuando era niño, Tibor fue entregado por sus padres a Orphanage One —la tristemente célebre casa de copii de Rumania, o “casa de los niños”, donde en 1990, después de la caída de Nicolae Ceausescu, funcionarios británicos descubrieron a niños atados a camas empapadas de orina. Tibor vivió en uno de sus edificios desde finales de la década de 1960 hasta 1983. En ese tiempo podía ver, pero solo veía miseria y desesperanza.

Su único respiro era el verano, cuando venían agricultores a escoger a un huérfano para que hiciera el trabajo pesado. “Me trataban como a un esclavo”, recuerda Tibor. “No me dejaban dormir en sus casas. No podía comer en la misma mesa con ellos”. Aun así, sus veranos eran mejores que estar en el orfanato, donde su única esperanza era huir.

No tenía a nadie que le hablara de Dios, ninguna evidencia de la Biblia en un estado comunista, con la excepción de la familia de un campesino. Llevaron a Tibor a una clase de confirmación, tal vez como bálsamo para aliviarles la conciencia. Y aunque pasó el examen, no había comprendido nada.

Cuando era adolescente, comenzó a perder la vista. El diagnóstico era retinitis pigmentosa, una enfermedad ocular genética que gradualmente disminuye la visión de la persona hasta que lo único que le queda es un muy pequeño punto de luz. En última instancia, aun esa luz da paso a las tinieblas. Pero aunque la visión de Tibor comenzó a fallarle, eso no lo desalentó.

El Mensajero es presentado en una reunión romaní.

Después que se vio libre del orfanato, entró a estudiar a una universidad y comenzó a ganar dinero como fisioterapeuta en la vecina Hungría. Ahora tengo dinero, pensó. Veamos cómo puedo ser feliz. Pero tomó malas decisiones que solo aumentaron su pesar. El vacío que sentía parecía peor que estar en el orfanato.

Luego entabló una amistad estrecha con Márta, una chica que conocía desde la escuela primaria. Los dos compartían la enfermedad genética de los ojos, y sabían que, a la larga, ambos quedarían ciegos. Cuando Tibor le propuso matrimonio, Márta aceptó con una condición: que no tendrían hijos. “Cuando uno es joven”, ríe Tibor, “solo quiere tener a la mujer que ama”.

Después de la boda, la poca visión que le quedaba a Márta se le fue rápidamente. Al verse tan afectada por su ceguera definitiva, le invadió la amargura. Fue un momento difícil que casi destruyó su relación, y que dejó a Tibor preguntándose si el matrimonio con Márta había sido la decisión correcta. Estuvo dispuesto a renunciar a ella.

CIEGO, PERO VE

Cierto día, unos cristianos tocaron su puerta, y Tibor los dejó entrar, interesado por saber qué clase de Dios tenían. No estaba completamente ciego, pero les dijo que ya no podía ver bien como para leer. Pensó que una visita sería suficiente para los misioneros; que tal vez su discapacidad los mantendría alejados. En cambio, se ofrecieron a grabarle el Evangelio de Juan en una cinta de casete. “Esa fue la primera vez en mi vida que leí y oí hablar de la Biblia”, dice. Escuchó la cinta y retó a los cristianos a explicarle cómo un Dios bueno pudo haberlo puesto en un orfanato y permitirle que quedara ciego.

El Mensajero es distribuido en Székesfehérvár.

Pero este hombre iba a ser para el Señor. “Dios abrió mis ojos espirituales, y yo entendí”, recuerda Tibor. “Yo sabía que estaba vacío y triste. Sabía que quería librarme de eso”. Cristo entró a su hogar, y Tibor y Márta fueron transformados.

Primero, Tibor comenzó a rechazar las propinas que le daban como un privilegio de su profesión. Después comenzó a parar a la gente en las calles, y les preguntaba: “¿Conoce a Cristo personalmente?” Márta temía por la seguridad de él. Con la reciente desaparición del Partido Socialista de los Trabajadores de Hungría, su osadía poco común era riesgosa en el clima político de ese tiempo. Aun así, se inscribieron en clases de estudio bíblico impartidas por Campus Crusade for Christ (Cruzada Estudiantil y Profesional para Cristo), la misma organización que había enviado a aquellos cristianos a su puerta.

Fue durante una reunión en una iglesia que se reunía en una casa, que una niña de unos dos años saltó a los brazos de Tibor. Oh, Dios mío, pensó, quiero tener un hijo propio. Comenzó a orar por esto, y cinco años después, Márta sintió que quería un hijo, también.

Fue entonces cuando Dios les dio a Noémi.

Unos meses antes del primer cumpleaños de su hija, Márta y Tibor hicieron que los médicos examinaran su enfermedad de la vista. Y había muchos médicos, todos muy curiosos acerca de lo que descubrirían. Sin embargo, a lo largo de las pruebas y la espera de los resultados, Tibor seguía sonriendo. Los médicos pensaron que estaba loco por estar alegre en esos momentos, así que les compartió el evangelio y les habló de la sanidad del ciego en Juan 9. Después de explicar la pregunta de los discípulos acerca de por qué el hombre había nacido ciego, citó la respuesta de Cristo: Fue “para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Juan 9.3). Al oírse él mismo pronunciar estas palabras, Tibor se dio cuenta de que este era el deseo de Dios para su vida: Permitir que el nombre de Jesús fuera glorificado por su ceguera.

Dios había llamado a Tibor Miklós al ministerio. Y Noémi no tenía retinitis pigmentosa.

Tibor se reune entre hermanos en el hogar de una familia romaní.

LLAMADO A LOS OLVIDADOS

Hace unos años, Tibor perdió el resto de su visión. Y, al comienzo, la depresión y la amargura que habían consumido a Márta, fueron también muy duras para él. Estaba pastoreando una iglesia, lidiando con las repercusiones de un suicidio en la congregación; asimismo, había tomado partido por la integridad, lo que, al final, le costaría el trabajo que hacía para el gobierno. Desalentado y abrumado, se regodeaba en su dolor y se veía tentado a rendirse. Una vez más, recordó el relato en Juan 9. Cuando Jesús se le reveló como el Hijo de Dios, el hombre sanado de ceguera dijo: “Señor, creo”, y le adoró (Juan 9.38). “Sabía que tenía que creer”, dice Tibor. “Tenía que seguir adelante. Le dije a Dios: ‘No importa. Estos años que siguen quiero vivir para tu gloria’. No lo entiendo, pero aquí estoy”.

Una mujer romaníe en las aldeas de Szentpéterúr, Hungría.

Hoy es otra parada en este largo viaje a través de Hungría, y ahora Noémi está del brazo de su padre. Tiene 19 años y se inscribió en el instituto bíblico, por su decisión de dedicarse al ministerio del evangelio, una grata sorpresa para sus padres. Guía a Tibor bajo un tendedero y lo ayuda a subir un escalón para entrar en una casa que tiene una lámina de plástico como puerta. Es una vivienda pobre, que se ve agravada por la falta de electricidad, agua e instalaciones sanitarias. Estos servicios fueron desconectados hace mucho tiempo por falta de fondos.

Diecinueve gitanos viven juntos bajo el techo de esa casa, y muchos otros llenan las casas que se encuentran a lo largo de la rústica calle. Un Mensajero de En Contacto puede hacer maravillas en un ambiente así, donde años de prejuicios y dificultades han dejado a generaciones en circunstancias al parecer sin esperanzas. Es un estímulo para los padres gitanos que están tratando de cambiar el futuro de sus hijos, y esto les ofrece verdadera esperanza en Jesucristo. Para Tibor, el Mensajero ofrece una puerta abierta a una relación con quienes han sido abandonados y olvidados. “Creo que estoy poniendo el tesoro más valioso en las manos de las personas”, dice Tibor.

El ministerio de Tibor con los ciegos y discapacitados está creciendo y continuará, pero, para los gitanos, él apenas acaba de iniciarlo. Los romaníes, es decir, los gitanos –un término que ahora es considerado despectivo – tienen una larga historia de migración y rechazo dondequiera que se instalan. Las familias que Tibor visita hoy enfrentan muchos obstáculos, pero han rechazado el camino de delincuencia que otros han seguido. Y aunque hay miles de hogares romaníes por visitar, Tibor desea alcanzar a todos lo que pueda.

LA LUZ DEL AMANECER

Son las 6:30 de la mañana del lunes. Este es el primer día de descanso de Tibor después de recorrer gran parte del país distribuyendo Mensajeros en iglesias, recintos para ciegos, y entre familias de gitanos. Fue un viaje que tomó seis meses de preparación. Pero eso no impide que su teléfono suene en el día que se proponía descansar.

Se sienta en la cama y contesta. Escucha la voz de una mujer: "Señor, no sé cómo hacer funcionar este Mensajero. No puedo tener mi tiempo devocional a solas con Dios”. Tibor soluciona el problema, le dice cómo utilizar los botones, y le recuerda que debe recargar los paneles del dispositivo con la luz del sol. “Alguien pudiera pensar que esa interrupción me causó enojo”, dice Tibor, “pero yo estaba muy feliz. La gente está emocionada. Quieren tener la Palabra de Dios”.

La familia Miklós disfruta un agradable paseo a lo largo del río Danubio.

 

Tibor tiene un llamamiento, y aunque puede parecer interminable y muy difícil, él siempre está optimista y animado. “Mi ayuda viene de Dios”, dice. “Estoy listo, y me gustaría hacer todo lo posible para ayudar a Hungría”.

A veces, cuando el sol se encuentra con el horizonte, Tibor puede ver de nuevo por apenas unos instantes. Es solo un destello, la luz encantada que, de alguna manera, actúa en su cerebro para crear la débil imagen de un árbol o los rasgos imprecisos, desenfocados, de su esposa y su hija. Como el tiempo, estos momentos también son fugaces. Tibor no puede predecir cuándo vendrá, pero puede sentir la luz del amanecer para Hungría. Está en las iglesias que se unen, en las multitudes que se reúnen, y en la alegría de tantas voces agradecidas.

Fotografía de Ben Rollins

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