Esperanza para Tierra Santa

El cristianismo está vivito y coleando en el lugar de su nacimiento.

Elieser Loewenthal camina por las familiares calles empedradas hacia la Sociedad Bíblica de Israel, ubicada en el centro de Jerusalén. Después de entrar a la librería, Elieser toma un cubo de agua y una esponja para quitar de su amplia ventana frontal la capa brumosa creada por el residuo de los escupitajos que dejan al pasar los peatones enojados. A la comunidad judía ortodoxa no le gusta la presencia de un local cristiano tan cerca de la ciudad antigua, y sus líderes han encontrado muchas maneras de dar a conocer su hostilidad. “Cada semana limpiamos esa ventana”, dice Elieser. Y si acaso permanece limpia durante toda la semana, dice con una sonrisa traviesa: “Tal vez estemos haciendo algo mal”.

Al principio, el antagonismo diario solía molestar a Elieser, quien ha administrado la librería desde que emigró de Brasil hace casi cinco años. Pero ahora intenta convertir esos momentos en oportunidades de diálogo. Cuando mandan a un grupo de muchachos judíos para hostigarlo, Elieser enfrenta sus gritos de protesta con preguntas sobre la fe, y responde a sus insultos compartiendo tranquilamente el evangelio. Sin embargo, por cada persona que llega por animosidad, hay muchas que llegan por curiosidad. Una vez, dos soldados israelíes entraron a la tienda y preguntaron: “¿Qué hay en Isaías 53?”. Un miembro del personal respondió: “¿Por qué quieren saberlo?”. Respondieron: “Porque fuimos a la sinagoga, y nos dijeron: ‘Nunca miren ese capítulo’. Así que queremos saber lo que es”. Como la evidencia más convincente del Antiguo Testamento en cuanto a Cristo como el Mesías, Isaías 53 es tabú por una buena razón.

Momentos como ese son la razón por la cual Elieser hace un pedido constante de Biblias en audio alimentadas con energía solar —los Mensajeros de En Contacto— para mantenerlas en el armario de suministros. Durante el día, mientras ayuda a los clientes a buscar libros, encuentra maneras de hablar sobre su fe y tantear su apertura espiritual. Cuando las personas expresan su interés por saber más, Elieser las invita a unirse a él en el “Centro de Diálogo”, una pequeña sala en un extremo de la librería, donde tienen lugar sus más profundas conversaciones espirituales. Al final de su primera reunión, Elieser les entrega un Mensajero y los invita a regresar y estudiar las Sagradas Escrituras con él. A veces, pasan toda la hora escuchando el Mensajero, y Elieser hace pausas para responder a sus preguntas. Un pequeño grupo de interesados, tanto judíos como musulmanes, ha seguido regresando semana tras semana. Incluso cuando dejan de venir, Elieser sigue confiando en las semillas plantadas. “La fe viene por oír la Palabra, y la Palabra no vuelve vacía”, dice Elieser. “Así que, cuando alguien la escucha, esto tiene mucho poder”.

El homólogo de Elieser para la comunidad árabe es Nashat Filmon, director de la Sociedad Bíblica Palestina, que sirve a Jerusalén, Gaza y Cisjordania. El objetivo principal del ministerio de Nashat es aumentar la instrucción bíblica, sobre todo entre los cristianos culturales. De hecho, la mayoría de los árabes de origen “cristiano” saben menos de la Biblia que lo que saben de ella muchos musulmanes devotos. Cada año, Nashat organiza un evento llamado Día de la Biblia, para regalar Biblias y Mensajeros con el fin de educar a los árabes sobre cómo involucrarse con la Biblia, su estudio y su comprensión. “Queremos que la gente se conecte a la Palabra de Dios, y encuentre esperanza en ella”, dice Nashat. El evento de cuatro horas también se transmite en vivo por la televisión nacional, gracias a la buena voluntad de la estación secular para con la organización. En comparación con más o menos el millar de asistentes al evento, que son predominantemente cristianos, la audiencia digital es de cientos de miles, y casi del todo musulmana.

“Queremos que la gente se conecte a la Palabra de Dios, y encuentre esperanza en ella”.

Más allá de usar el Mensajero con carácter oficial, Nashat lo considera su principal herramienta para la evangelización personal. Mantiene una provisión de dispositivos en su automóvil, y en los viajes largos que realiza, está pendiente de hombres que podrían necesitar un aventón en la carretera. Mientras conduce, Nashat hace preguntas a sus pasajeros por curiosidad natural. Al percibir su interés genuino, muchos se abrirán sobre sus vidas, y las conversaciones a menudo conducen a asuntos del corazón. Ahí es cuando Nashat tiene la oportunidad de compartirles el evangelio y brindarles un Mensajero. “Siempre que veo una oportunidad, no la desaprovecho”, dice. “En vez de darles un libro, les doy este dispositivo”. Todas las veces, Nashat sabe que el Mensajero continuará haciendo la obra de Dios mucho después de que él se haya alejado.

Hace poco, Nashat se dirigía a Belén cuando se detuvo para recoger a un árabe al lado del camino. Después de revelarle que era musulmán, el hombre preguntó: “¿A qué se dedica usted?”, esta es la pregunta que Nashat espera, y le dijo: “Trabajo para la Sociedad Bíblica, poniendo la Palabra de Dios al alcance de la gente”. El hombre mostró una amplia sonrisa. “Le he estado buscando”, dijo. “Tengo preguntas y necesito respuestas”. Nashat pudo darse cuenta con toda seguridad de que el hombre había estado buscando a Dios por mucho tiempo. Cuando llegaron a su parada, Nashat tomó un Mensajero de la caja en su asiento trasero. Al dárselo, mientras su pasajero salía del auto, le dijo: “Esta es la Palabra de Dios. Escúchela. Aquí es donde usted podrá tener las respuestas que busca”.

En una zona musulmana de Jerusalén, Nashat y su hermano Rami también abrieron una librería cristiana que ofrece Biblias y Mensajeros gratuitos en lengua árabe. Las operaciones diarias están a cargo, sobre todo, de Firas, un árabe cristiano de unos veinte años, de ojos bondadosos y barba madura. Firas nació y creció en Belén, que una vez fue una vibrante ciudad de la antigua Palestina. Pero hoy, el lugar de nacimiento de Cristo es un área en dificultades por la políticamente disputada Cisjordania, y está separada de Jerusalén por un muro de ocho metros de altura.

Gracias a un permiso especial concedido por el gobierno, Firas puede viajar todos los días a Jerusalén, aunque todo el procedimiento es agotador. Cada mañana, Firas toma un autobús público para después de una hora llegar al muro de separación, donde el punto de control de seguridad es más estricto que el de un aeropuerto, e incluye la revisión corporal. Cada noche, el proceso se invierte, cuando Firas regresa a la frontera antes del toque de queda de las diez de la noche. Hay un joven guardia de seguridad israelí que se empeña en hostigarlo e irritarlo, y Firas tiene que orar para ser lleno de la gracia de Dios. Adondequiera que vaya, Firas es un extraño, visto como árabe entre los judíos, y como cristiano entre los musulmanes. “Es una persecución indirecta”, dice Firas. “Es difícil ser una minoría; enfrentamos luchas de ambos lados”.

“Queremos que nuestras voces se escuchen en Occidente, y nos gusta compartir nuestras historias, para que sepan que existe una iglesia palestina tratando de extender el reino de Dios aquí en Palestina”.

Permanecer neutral en un ambiente tan cargado políticamente es difícil, pero a pesar de los muchos obstáculos que enfrenta, Firas trata de evitar mezclar política y religión, eligiendo en cambio priorizar su identidad como cristiano y seguir siendo un buen testigo de Cristo. Sin embargo, algo que aflige a Firas es la ignorancia de la iglesia de Occidente en cuanto a los cristianos de Palestina, y su falta de solidaridad con ellos como hermanos y hermanas en Cristo. “Queremos que nuestras voces se escuchen en Occidente, y queremos compartir nuestras historias”, dice Firas, “para que sepan que existe una iglesia palestina tratando de extender el reino de Dios aquí en Palestina”.

Así como los cristianos árabes son condenados al ostracismo por su sociedad, los judíos mesiánicos tampoco gozan de la confianza de los de su propio pueblo. En sus campañas de evangelización en las calles de Jerusalén, la mayoría de los judíos que encuentra Elisier son más resistentes que receptivos. “Puede ser un poco amedrentador salir a distribuir Biblias aquí, porque son muy agresivos”, dice Elisier. Uno de los mayores obstáculos, es que los judíos tienen muchos conceptos erróneos en cuanto a Jesucristo. De hecho, algunos ni siquiera han escuchado su nombre propio. En hebreo, el nombre de Jesús es “Yeshua”, pero en todo Israel se le conoce como “Yesu”, que significa “que su nombre sea borrado y olvidado”. Para los judíos, Jesucristo no solo es una persona non grata, sino también que quienes creen en Él son considerados lo peor de lo peor.

Debido a lo mucho que arriesgan los judíos que se convierten al cristianismo, Elieser sospecha que hay muchos más judíos que creen en Jesucristo que los que están dispuestos a manifestarlo de manera pública. De los judíos de todo el mundo, él dice: “Ustedes son ya la minoría. Entonces, si vienen aquí y creen en Jesucristo, son la minoría de la minoría”. Y porque se requiere un proceso largo y arduo para que un judío acepte abiertamente a Cristo como Mesías, los resultados visibles del ministerio de Elieser a menudo son raros, y el fruto de un gran esfuerzo. Aún así, Elieser no vacila en su misión. “Ellos son los que están en esclavitud”, dice Elieser. “Todos los que no tienen a Cristo no son libres; así que, cuando salimos, nosotros somos los libres”.

En Israel, convertirse en cristiano significa unirse a una minoría marginada; sin embargo, creyentes como Elieser eligen seguir los pasos bien conocidos que dejaron los primeros discípulos de Cristo hace más de 2000 años aquí mismo, en las mismas calles empedradas de Jerusalén. Así como la iglesia primitiva, que soportó insultos momentáneos, dificultades y persecuciones por causa del reino de Dios, Elieser y los que trabajan con él en Tierra Santa son ciudadanos del cielo con una esperanza más allá de esta vida. “El apóstol Pablo decía a los creyentes: ‘Me alegro cuando soy afrentado, cuando sufro por amor a Cristo’”, dice Elieser. “Ese hombre sabía lo que significaba la eternidad”.

 

Fotografía por Ben Rollins

 
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