La esperanza de una nación

Para los ucranianos, nada es más valioso que la libertad. Y eso significa algo mucho más profundo para los ministros del evangelio.

En Ucrania, hay un chiste sobre el lugar que ocupa el país en un mundo postsoviético:

La Iglesia de San Andrés, que se encuentra en lo alto de una colina en Kiev, fue construida hace unos 270 años. Es un recordatorio de los 1.000 años de historia del cristianismo en la región eslava.

Un perro se acerca a la frontera y solicita permiso para entrar a Bielorrusia. Cuando el guardia fronterizo pregunta por qué, él responde: “Porque he oído que tienen toda la mejor carne, la mejor grasa y los mejores huesos”.

El oficial dice: “Bueno, tú eres un perro, después de todo, y no necesitas pasaporte. Pasa”.

Transcurre una semana y el perro regresa con ganas de volver a Ucrania. “¿Acaso no resultó ser todo lo que esperabas?”, pregunta el guardia.

“Sí”, dice el perro, “tenían la mejor carne, la mejor grasa y los mejores huesos”.

“Entonces ¿por qué quieres volver a Ucrania?”, pregunta el oficial.

Y el perro responde: “Porque no me dejaban ladrar”.

Un profundo deseo de libertad consume a los ciudadanos de Ucrania. En el centro de Kiev, la capital de la nación, se encuentra la Plaza de la Independencia, y si usted la visitara hoy, vería a cientos de personas ocupándose de su vida cotidiana: hombres y mujeres profesionales con teléfonos celulares, adultos jóvenes vestidos con las últimas tendencias, actores callejeros disfrazados posando para fotos con turistas. Es una escena diferente a la de principios de 2014, cuando decenas de miles de personas protestaban contra la interferencia rusa en la política ucraniana. Desde un puente cercano, francotiradores habían disparado a sus propios compatriotas. Un edificio que se convirtió en hospital fue incendiado, matando a los heridos que había dentro.

Cuando parecía que la situación no podía empeorar, el presidente fue destituido y se estableció un nuevo gobierno de tendencia europea. Luego Rusia se anexó a Crimea en el extremo sureste, y los separatistas tomaron el control de varias ciudades grandes del este de Ucrania. El conflicto continúa hoy en día, con poco terreno ganado por ambas partes. Miles de personas han muerto en la guerra, y no hay un final claro a la vista.

Como telón de fondo de esto, Ucrania tiene menos de treinta años como nación independiente. La pobreza y las penurias aún persisten años después de la caída de la Unión Soviética. Los programas de servicio social que existen no cuentan con fondos suficientes. Las personas ancianas, discapacitadas, y los huérfanos y las viudas, no tienen acceso a la misma ayuda que en los países al oeste de la frontera.

Es en este contexto que, durante más de siete años, Ministerios En Contacto ha proporcionado más de 20.000 Mensajeros. Considerando al menos diez personas influenciadas por cada Biblia en audio, eso es casi un cuarto de millón de personas a quienes se les ha brindado la esperanza eterna del evangelio.

Cuando se trata de un número tan grande de personas, es fácil olvidar que hay gente real involucrada: individuos con esperanzas y aspiraciones, temores y fracasos. Estas son apenas algunas de las personas que conocimos en un viaje reciente a Ucrania. Sus rostros cuentan la historia de la vida en un país que lucha por encargarse de su propio futuro.

 

Yaroslav Malko

Durante años, Yaroslav Malko soñó con abrir un orfanato en Lubny, la pequeña ciudad donde era pastor, pero la oficina local de permisos le negó una y otra vez sus peticiones. Luego se enteró de que hubo un cambio de personal, y de que el nuevo director quería hablar con él.

El día en que entró en la oficina de permisos, una mujer lo tomó por sorpresa cuando le dijo: “¡Yaroslav!”. La miró, pero no la reconoció. “Nunca olvidaré lo que hiciste por mí”, dijo la nueva directora, que aprobó en el acto su petición de tantos años. Malko se fue confundido, pero feliz. ¿Quién era esta persona?

Nunca sabemos en realidad, lo que Dios está haciendo en el trasfondo.

Sus pensamientos se remontaron a siete años atrás, cuando un miembro de la iglesia lo llamó en estado de pánico para decirle que una mujer que ella conocía acababa de perder a su hijo por suicidio, y estaba hundiéndose en una profunda depresión, quizás suicida. Malko y otros dos hermanos de la iglesia manejaron hasta la casa de la mujer —ahora directora de la oficina de permisos—, y se sentaron con ella por un par de horas, trayéndole consuelo y hablándole del amor de Dios.

Desde que se abrió el orfanato, centenares de niños han encontrado un hogar, según Malko. “¿Y cuánto costó eso?”, dijo. “Dos horas’. A Malko le gusta compartir la historia con otros, como una manera de ayudarles a ver que nunca sabemos, en realidad, lo que Dios está haciendo en el trasfondo. Él puede usar nuestros esfuerzos, sin importar su resultado inmediato, para provocar una oportunidad inimaginable.

Con el éxito del orfanato, Malko se dio cuenta de que al tener necesidades físicas satisfechas, las personas están más abiertas al evangelio. Eso lo llevó a fundar Global Christian Support (GCS), una organización humanitaria que ahora tiene una amplia influencia en Ucrania. La GCS está involucrada en orfanatos, hogares para ancianos, y personas en situación de pobreza, apoyo a viudas de soldados, campamentos de entrenamiento de capellanes, entre otros ministerios. Una de sus iniciativas más recientes toma a niños traumatizados por la guerra, y los coloca durante un tiempo con familias en el extranjero para que reciban sanidad emocional en un ambiente tranquilo.

Malko sigue adelante, buscando con perseverancia nuevas oportunidades para servir a los demás. Sabe que en cualquier momento el Señor podría estar trabajando de maneras ocultas.

 

Aleksandr Gerasimov

Aleksandr Gerasimov miraba el asfalto negro y liso mientras la camioneta se dirigía al sur, hacia Sloviansk. La carretera tenía un aspecto del todo diferente al de hace dos años, cuando estaba marcada por los numerosos huecos causados por bombardeos y explosiones. Luego, al pasar por los puestos de control militar, Gerasimov se maravilló de los hombres en pantalones cortos y sandalias, con rifles de asalto AK-47. Hoy en día, los soldados en los puestos de control tienen el equipo adecuado. La mejora es solo una señal de la duración del conflicto actual. Aunque hay un alto al fuego general entre los separatistas rusos y el ejército ucraniano, las tensiones siguen siendo altas.

Gerasimov huyó de Ucrania hace más de veinte años como refugiado religioso. Aunque ahora es ciudadano estadounidense, su corazón nunca ha abandonado a la gente en su país. Hace casi ocho años, Gerasimov se acercó a Ministerios en Contacto, y se formó una asociación entre ambos. Cada mes, él envía 500 Mensajeros a Ucrania. Hasta la fecha, se han distribuido más de 20.000 de ellos entre soldados, ciegos, ancianos, y otras personas que necesitan esperanza.

Es doloroso para Gerasimov ser testigo de la destrucción de su tierra natal: de las casas y los apartamentos derrumbados, de las carreteras y los puentes demolidos. Los separatistas todavía controlan su ciudad natal, Donetsk, y él no puede volver a visitar a sus seres queridos. “Ahora veo que no son solo los edificios los que están siendo destruidos, sino también vidas humanas”, dice. “Todo ha cambiado. ¿Y quién puede ahora traerles consuelo? Solo Dios”.

 

Lena Reuta

Como costurera experimentada, Lena Reuta mueve sus manos con seguridad, dirigiendo la tela bajo la aguja a lo largo del contorno de un vestido. Disfruta el trabajo, pero desde que su esposo Sergey murió en la guerra, lo que gana no ha sido suficiente para suplir sus necesidades. Por eso, sus amigos han intervenido para darle apoyo económico. Ella trabaja con la misma mirada serena que aquellos que la conocen han llegado a reconocer —una mirada que oculta su dolor.

Sergey estaba sirviendo como oficial de la policía militar ucraniana cuando murió, junto con otros tres, en una emboscada. Es una situación que, por desgracia, es común en Ucrania desde que comenzó la guerra, ya que los vecinos se vuelven unos contra otros. Sergey, como expastor, había estado usando el Mensajero, lo que él llamaba “una luz brillante en la oscuridad”, para alentar a sus compañeros soldados.

Reuta está orgullosa del hombre que era Sergey, y no pasa un día sin que lo eche de menos. Vive ahora en esa brecha intermedia que hay entre el dolor constante y las alegrías de la maternidad, habiendo hecho hace poco los vestidos de las damas de honor para la boda de su hija, y dado la bienvenida a su primer nieto. La vida continúa, y el mismo espíritu de amor de su matrimonio con Sergey la ayuda a seguir adelante.

 

Andrey Borylo

La camioneta negra cuatro por cuatro se ha portado bien al transitar por las carreteras rurales fuera de Severodonetsk, en el este de Ucrania, disminuyendo la velocidad al acercarse a los puestos de control. Su conductor, Andrey Borylo, lleva suministros a dos bases del ejército en primeras líneas del conflicto con los separatistas. Su carga típica consiste en sustento físico y espiritual: raciones de comida, escasa en los puestos fronterizos remotos, y una caja de Mensajeros.

Borylo, un capellán militar voluntario, se alistó tan pronto como comenzó la guerra en 2014. Divide su tiempo de tres maneras: entre este llamamiento, un trabajo de tiempo completo, y su vida personal. Sabe que se ha debilitado físicamente, y que el tiempo que pasa sirviendo a los jóvenes soldados son horas en las que no está con su esposa y sus hijos. Pero frente a la guerra actual, siente que no hay otra forma de proceder. Gracias a un amoroso consejo que le dio a un joven soldado, evitó que éste se suicidara. En otra ocasión, un francotirador, después de haber escuchado el evangelio de parte de Borylo, decidió dejar de hacer disparos mortales.

Mientras haya guerra, Borylo hará lo que pueda para servir. Pero al igual que docenas de sus compañeros capellanes, sabe que la paz duradera vendrá solo a través del Príncipe de Paz.

 

Julia Oblets

Cada semana, Julia Oblets lleva bolsas de comida y artículos de aseo personal subiendo por las escaleras en un edificio sin ascensor, para llegar a los habitantes en el último piso. Esos ancianos fueron ubicados allí por el gobierno para que, según Oblets, estuvieran “fuera de la vista, fuera de las mentes”. Muchos de los residentes a los que Oblets sirve tienen vidas recluidas —no salen de sus apartamentos— por lo que ella y otros voluntarios traen a sus puertas las cosas necesarias para la vida.

Su pasión por los ancianos depende de un aspecto específico de sus vidas: son pasados por alto por la sociedad. Muchos de los mismos servicios sociales que existen en los países europeos del oeste, son escasos en Ucrania, una nación postsoviética que lucha por financiar programas. Las pensiones con las que viven los ancianos equivalen a entre 50 y 70 dólares mensuales, apenas lo suficiente para pagar los servicios públicos y alimentarse. Cristianos como Oblets recogen donaciones para llenar ese vacío.

Oblets atribuye a los Mensajeros el cambio radical de su ministerio. Las personas a las que sirve, muchas de ellas solitarias y amargadas, ahora encuentran consuelo en la Palabra de Dios, llevada a ellas en su aislamiento. “Cuando les damos el Mensajero”, dijo, “es otro mundo para ellos”.

 

Yuri

Como una figura solitaria que se asoma a espacios vacíos, Yuri suele pasear en bicicleta por las ruinas contemporáneas de Seleznivka, entre calles y edificios que una vez albergaron a un hospital. Los médicos y los pacientes se han marchado hace tiempo, obligados a huir de la violencia inevitable. Yuri se mueve con lentitud, el peso de una larga vida hecha más pesada por la guerra. Las arrugas en su piel bronceada y oscura, cuentan historias que su voz no hace.

Cuando los separatistas tomaron la ciudad por primera vez, secuestraron y retuvieron a Yuri durante tres semanas. Pensando que era un informante del ejército ucraniano, lo interrogaban día y noche sobre si estaba entregando lugares para ataques de artillería. Para él, sus captores no eran más que criminales que mataban y destruían de manera indiscriminada, no autoproclamados luchadores por la libertad. Yuri se sentía desesperado, atrapado entre dos bandos para los cuales él no importaba nada. “Debido a la guerra, me volví ateo”, dice. Yuri es uno de los millones de personas afectadas por el conflicto en Ucrania oriental. Las casas han sido destruidas. Las fábricas han cerrado. La esperanza escasea.

Al recibir un Mensajero de un pastor local, Yuri se abrió sobre su falta de fe. “Pero aceptaré este regalo”, dijo, y agregó que tal vez algún día volvería a la iglesia.

 

Nikolai Kuleba

Como hombre de negocios que trabaja hasta altas horas de la noche, Nikolai Kuleba se encontraba a menudo con un espectáculo desgarrador al salir de su oficina: el de los niños que viven en las calles de Kiev. Empezaba conversaciones con ellos y, a veces, les compraba comida, tratando básicamente de entender su situación. Al final, no pudo evitar el deseo de hacer algo al respecto.

Con la ayuda de la comunidad, Kuleba abrió un centro de día donde los niños podían comer y bañarse. No pasó mucho tiempo antes de que esto se convirtiera en una red de instalaciones, y comenzó a buscar hogares permanentes para los niños. El alcalde de Kiev ofreció una posición de gobierno para encabezar una solución a la crisis. En dos años, Kuleba y su equipo ayudaron a todos los niños de la calle —más de 1.000— a encontrar un ambiente hogareño seguro. Ese éxito sin precedentes llamó la atención de Petro Poroshenko, el presidente de Ucrania, para quien Kuleba trabaja ahora. Como cofundador de Ucrania Sin Huérfanos, una organización cristiana, cuenta con el apoyo total de su gobierno para cumplir con el Salmo 82.3: “Defended al débil y al huérfano; haced justicia al afligido y al menesteroso”.

Fotografía por Audra Melton

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