Libre y sana

El mayor problema de Pam Foreman no era el cáncer sino que, en realidad, no conocía a Cristo.

Pam Foreman vivía conforme a un guión predecible. Su vida en Norman, Oklahoma, con su esposo y sus tres hijos, ya cercanos a la adultez, era cómoda, placentera y familiar. Pero ahora, dos años después de haber sido diagnosticada con cáncer de mama, tenía un sentimiento de vacío. “Estaba muy concentrada en mí misma”, dice Pam. Reconoce que había dado poca atención al plan de Dios para su vida. Había construido un mundo que ella podía controlar, que dejaba poco espacio para lo inesperado.

Entonces, una mamografía de rutina reveló que tenía cáncer, lo cual hundió a Pam en la desesperación. “Yo era madre”, dice. “Tenía cosas que hacer”. Se sentía devastada por los pensamientos de lo que podría hacerle la enfermedad.

Pam y su esposo Michael hicieron treinta y tres viajes a Houston para el tratamiento. En su primera visita, estaba temblando de terror. Fue cuando una enfermera la tomó de la mano y le dijo: “Dios no te ha abandonado”. Eso fue un gran consuelo para ella, especialmente porque ni siquiera había traído una Biblia para sus semanas de tratamiento. Estaba tan acostumbrada a manejar bien su vida, que había dejado a Dios en casa.

Durante uno de sus primeros viajes, Michael dijo: “Vamos a escuchar el programa de Charles Stanley”. Encontraron algunas estaciones durante sus viajes que transmitían el programa En Contacto, y en esos largos recorridos ella comenzó el camino hacia la fe. “Mi mayor problema no era el cáncer”, dice, “sino que, en realidad, no conocía a Cristo”. En ella se despertó el deseo de conocer a Dios, y se convirtió en una discípula apasionada.

“Mi mayor problema no era el cáncer sino que, en realidad, no conocía a Cristo”. En ella se despertó el deseo de conocer a Dios.

Después de varios meses de quimioterapia, se le fijó una fecha para la cirugía. El cirujano le dijo: “Su cáncer va a estar allí cuando salga de la sala”. Pero después de ocho horas en la sala de operaciones, sus médicos no encontraron nada.

“Yo jamás le desearía el cáncer a nadie”, dice Pam, agradecida por los cambios provocados por lo inesperado. Cada mañana ora, diciendo: “Dondequiera que me pongas, Señor, permíteme que pueda ser de ayuda para alguien”. Su trabajo comenzó en su hogar con sus hijos. Les pidió perdón a sus hijos por no haberlos llevado a la iglesia y por no haberlos tenido en sus oraciones. Además, ella recibe cada mes cincuenta ejemplares de la revista En Contacto, que distribuye adondequiera que va. Su vida sigue ahora un nuevo guión menos predecible, pero que ofrece más seguridad.

 

Fotografía de Gary Longenecker
Temas relacionados:  Enfermedad

Artículos relacionados

¿Qué ocurre con mis anotaciones?
Color de fondo:
Claro
Aa
Oscuro
Aa
Tamaño de letra:
A
A
A