Verdaderamente libres

El viaje de Valeri y Valentina Seleznev a En Contacto fue largo y lleno de incertidumbre, pero cada paso del mismo fue tomado por fe.

Valeri Selznev es un hombre al que uno no puede evitar ver arriba porque, como técnico de mantenimiento de Ministerios En Contacto, normalmente está encaramado en lo más alto de una escalera, ya sea cambiando una bombilla o reparando un aire acondicionado. Pero no importa en lo que esté trabajando, Valeri nunca deja de saludar a quienes pasan por donde él está. Su cálida sonrisa y su simpatía hacen que sea difícil imaginar que hace veinte años era un funcionario del Partido Comunista que fue etiquetado como desleal a la Unión Soviética. Entendiendo que no era seguro permanecer en su país, huyó a Occidente con su esposa Valentina, sin saber lo que les esperaría en otro país.

Pocas semanas después de que los Seleznev se enteraron de que estaban bajo sospecha, tomaron un avión en Moscú con destino a Nueva York. Estuvieron en el aire por diez horas —tanto en sentido literal como figurado. Habían adquirido sus papeles por medios indirectos, y no estaban seguros de que serían válidos. Ni de que al llegar se les permitiría entrar a los Estados Unidos, o si serían obligados a regresar al país que amaban pero del cual habían tenido que huir.

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“Mientras crecíamos, pensábamos que estábamos viviendo en la nación más feliz y más próspera de la Tierra; es que nos habían lavado totalmente el cerebro” dijo Valentina en una entrevista reciente. “Nos decían que más allá había un “mundo malo” lleno de capitalistas; y nos enseñaron a adorar a Stalin y a confiar en nuestro gobierno incondicionalmente”.

Puesto que los padres de ambos eran empleados del Partido Comunista, nunca surgió la pregunta sobre qué dirección tomarían las vidas de Valeri y Valentina. Ambos terminaron la escuela secundaria, y comenzaron a buscar alcanzar el siguiente nivel —él en ingeniería eléctrica, y ella en lingüística. Pero pronto se hizo evidente que estarían dejando la escuela con más de un certificado. “Nos criamos en la misma ciudad”, dijo ella, “y yo estaba consciente de que le gustaba a él. Es que las chicas siempre saben estas cosas. Pero no empezamos a salir hasta que terminamos nuestro primer año en la universidad”.

Poco después de que se casaron, el 23 de septiembre de 1967, Valentina comenzó a enseñar inglés como segunda lengua en una escuela para niños dotados, y Valeri se marchó para servir obligatoriamente en el Ejército Rojo durante un año. A su regreso, trabajó en una fábrica, pero se destacó tanto en su trabajo que fue nombrado para ocupar un cargo en el Ministerio de Agricultura, lo que le permitió viajar alrededor del mundo para supervisar la instalación de equipos de fabricación soviética.

Ida y vuelta

En 1988, Valeri fue enviado a Toronto, lo que lo convirtió en la primera persona de su ciudad natal en viajar al extranjero.

“Lo único que yo sabía de Canadá lo había aprendido de las novelas de Jack London”, dijo Valeri, “y éstas decían que era un país oscuro y frío”. Por tanto, se sorprendió al ver la gente vistiendo pantalones cortos y camisetas en mayo.

Pero esa no fue la sorpresa mayor. Trabajar en Occidente le permitió conocer una cultura que su gobierno despreciaba abiertamente, y lo que vio no coincidió con las cosas que le habían enseñado. “Todos estaban felices, y tenían prosperidad”, dijo. “No los obligaban a asistir a las reuniones políticas. No fue hasta entonces que comprendí lo no libre que eramos realmente”.

“Cantaban himnos” dijo, “incluso los hombres. Era algo que yo nunca había visto ni escuchado antes".

Pero, aunque ya no estaba en suelo soviético, le seguían aplicando las reglas de su país. “La KGB hurgaba en el correo, por lo que Valeri no podía contarle a Valentina o a su hija adolescente Natalia lo que estaba experimentando. Sin embargo, 18 meses después, la KGB le permitió a Valentina reunirse con él, y así ella pudo ver todo por sí misma. Pero a Natalia, que ahora era una estudiante de medicina, no se le permitió ir. “Ellos sabían que no desertaríamos”, dijo Valentina, “porque eso significaría perder a nuestra hija para siempre”.

“Ni Valeri ni yo éramos cristianos”, aclaró Valentina. “De hecho, puesto que yo era educadora, tenía la tarea de promover el ateísmo. Pero mamá era creyente, aunque lo mantenía en secreto, y algunas cosas que decía despertaban preguntas en mí”. “Esta curiosidad llevó a robarme una Biblia de una biblioteca en Toronto”, reconoce Valentina. No podía comprar una —había demasiados ojos observando. Pero la ocultó en una pila de libros, y la KGB no la detectó”. Cuando Valeri llegó a casa, me encontró leyéndola y llorando” recuerda. “¿Por qué nos mintieron?”, le pregunté. “¿Por qué dijeron que este era un libro malo? Entonces acepté a Cristo en mi corazón, y por la sed tan grande que tenía, leí la Biblia tres veces”.

Una semilla es plantada

En 1991, cuando la Unión Soviética comenzó a desmoronarse, Valeri fue llamado a ayudar a los extranjeros que habían venido a hacer negocios en Rusia. Pasaron dos años, pero todo cambió con un grupo de empresarios estadounidenses. El gobierno pensó que estaban allí para enseñar clases de negocios, pero habían venido para predicar el evangelio.

Los Seleznev fueron invitados a asistir a un retiro donde los estadounidenses hablaban de la fe, oraban y adoraban a Dios, lo que para Valeri era especialmente inspirador. “Cantaban himnos” dijo, “incluso los hombres. Era algo que yo nunca había visto ni escuchado antes. Creo que mi corazón sabía algo acerca de Dios, pero mi cabeza no quería aceptarlo”.

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Pero Dios dejó una pareja allí para regar la semilla que había sido plantada. Jim y Penny Tilton, los cuales habían venido con el grupo, se quedaron. Su disposición puso a pensar a Valeri. En Rusia, solamente los ancianos, los enfermos y los moribundos iban a la iglesia. ¿Por qué personas jóvenes y educadas creían en Dios? Ellos no necesitaban nada de Él.

Sus preguntas los llevaron a hacerse amigos, y ambas parejas pasaban mucho tiempo juntas —pero Valeri no informó nada de esto a sus superiores. “Esto los convirtió en sospechosos”, dijo. “¿Por qué no nos dijeron que esos estadounidenses visitaban su casa?”, me preguntaron. Yo les dije que se trataba de mi vida personal, no de mi trabajo. Ellos me dijeron: “Nada es personal”. Poco después, mientras Valeri y Valentina estaban en su trabajo, unos hombres vinieron a “arreglar un problema eléctrico” en su casa. Eso solo podía significar que estaban bajo vigilancia de la KGB.

La venida a Estados Unidos

Aunque Valeri sabía que había llegado la hora de marcharse, no estaba seguro de poder salir del país. Pero su esposa sí podía, por lo que la envió a Moscú a solicitar una visa de turista para visitar a Natalia, que había logrado establecerse en Nueva York con su esposo. Valentina contrató a un mediador, una persona que, por dinero, le consiguió los papeles que necesitaba. Pero se las arreglaron para conseguir no una, sino dos visas. Así que, después de decirle a todo el mundo que se iban de vacaciones, Valeri y Valentina se quedaron con lo que podían cargar en unas pocas maletas —inseguros de lo que les esperaba, pero también bien seguros de las represalias que les esperaba si se quedaban en su país.

En la aduana de Estados Unidos, cuando se les preguntó cuánto tiempo pensaban quedarse, los Seleznev respondieron: “Para siempre”. El funcionario los miró de una manera extraña “pero solamente dijo: ‘Puedo autorizar hasta seis meses. Un estadía más larga requiere una autorización de la oficina de inmigración’”. El día siguiente, solicitaron asilo político.

Pero el hecho de que estuvieran a salvo en un nuevo país no significaba que la vida fuera perfecta. Valeri no hablaba inglés con fluidez, y los trabajos bien remunerados eran difíciles de conseguir. Para empeorar las cosas, no podían encontrar una iglesia. Una noche, Valentina se arrodilló en el balcón de su apartamento, y oró diciendo: “Señor, yo sé que nos trajiste a los Estados Unidos para que pudiéramos adorarte. Ayúdanos”.

“Sentimos la mano del Señor sobre nosotros. Así que miramos un mapa para ver dónde estaba Georgia, y decidimos ir allá”.

Afortunadamente, todavía mantenían contacto con los Tilton, que habían vuelto a Estados Unidos para el nacimiento de su primer hijo. Les hablaron a los Seleznev de la Iglesia Bautista Ferry, una congregación cuyos miembros habían estado orando por la salvación de personas en Kirguistán, y que les ofrecieron ayuda para mudarse al sur. “No podíamos creerlo”, dijo Valentina. “Sentimos la mano del Señor sobre nosotros. Así que miramos un mapa para ver dónde estaba Georgia, y decidimos ir allá”. “Fue una decisión providencial. Los Seleznev encontraron una iglesia a la que podían llamar su hogar, que los apoyó espiritual y económicamente. No mucho tiempo después, Valeri —convencido en su cabeza y en su corazón— puso su fe en Cristo como su Salvador.

Pero las bendiciones no se detuvieron allí. Una amiga de la iglesia que trabajaba en Ministerio En Contacto, invitó a Valentina a conocer el ministerio, y la animó a solicitar empleo allí. Varias semanas después, Valentina se unió al Departamento de Orientación Cristiana, donde trabajaría durante los siguientes diecinueve años. Actualmente, ella se desempeña como Asistente ejecutiva del Dr. Stanley —algo que ella nunca imaginó que estaría haciendo. “Creo que el Señor me quería aquí en este momento específico de la vida del Dr. Stanley,” afirma, “y estoy disfrutando cada minuto”.

Valeri se unió al equipo de En Contacto en el 2003, y aunque lo que hace hoy es muy diferente a la importante posición que tuvo una vez, eso no le importa en absoluto. “Si alguien necesita un piso trapeado, lo hago con alegría”, dijo. “Me encanta estar aquí, porque puedo hacer lo que quiero, creer lo que quiero, y decir lo que quiero. Aquí, soy libre.

 

Fotografía de Ben Rollins
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