Ambición por el reino

Cuando se trata de nuestras carreras, no hay nada “más grande que” la Gran Comisión.

Su empresa de consultoría, con sede en una gran ciudad de los Estados Unidos, le ofreció un lucrativo ascenso: debía mudarse a Sudamérica como encargado de operaciones. Pero ante la disyuntiva de ir a Brasil como hombre de negocios, o de ir “con Cristo”, este hombre (como cuenta su historia) eligió con nobleza la “mejor inversión en el reino de Dios”. Renunció a su empleo, y se dedicó tiempo completo al trabajo en el ministerio.

Fue en este punto que dejé de leer el libro y lo aventé.

Mitos misioneros

Es fácil imaginar que Dios, con el ceño fruncido y un lápiz afilado, tiene un enorme libro de contabilidad en el cielo, un libro donde lleva las cuentas minuciosas de su pueblo, sopesando el valor eterno del trabajo que hacen. Como es de esperar, en las cuentas de pastores y trabajadores voluntarios se hacen abonos de acuerdo con su servicio y su sacrificio. Una maestra abnegada también podría disfrutar de una medida del deleite de Dios, sobre todo si su escuela es bastante pobre. Pero ¿cómo valora Dios el trabajo de banqueros, abogados y ejecutivos? Quizás supongamos que con la misma rapidez que el dinero fluye hacia ellos, el favor de Dios huye lejos de ellos.

¿Cómo valora Dios el trabajo de banqueros, abogados y ejecutivos?

A los 16 años, entregué mi vida a Cristo, y decidí darle nada menos que mi todo. Al principio, por supuesto, imaginé que “todo” me llevaría a una vida de soltería y de servicio. Al leer las biografías de misioneros famosos, me sentía inspirada por su devoción pura y por su resuelto sacrificio que los llevó a lugares remotos como la India y la República Democrática del Congo. Envidiaba su heroísmo y su nivel de singularidad en el reino de Dios.

Quería entregarme de lleno en el altar, ver todo lo material como “basura” en comparación con el valor infinito de conocer a Cristo, y darlo a conocer a los demás (vea Filipenses 3.8). En aquellos primeros años de fe y adolescencia, estaba consciente de esa ferviente posibilidad. Pensaba que la vida se dividía a la perfección en dos categorías: Tierra y cielo. En la primera estaban las vanidades del dinero y las hipotecas, trabajos y pagos de automóvil; en la segunda, la realidad eterna de las almas y la salvación. Así que, cumpliendo con mi voto de darlo todo a Cristo, a la edad de 21 años me fui a África por un verano, preguntándome si no sería ese el primer paso a toda una vida de trabajo misionero.

Ninguna concesión

Uno de mis compañeros de equipo durante el viaje de ocho semanas a una aldea remota en el norte de Malí, era un melenudo especializado en finanzas y matemáticas. Tenía los ojos de color azul marino, y su presencia era seria y taciturna. “No quiero ser pastor o misionero”, me dijo desde el principio de nuestra amistad. Pero me enamoré de él de todos modos, “bajo la luna africana”, como le gustaba decir en broma al médico misionero con el que vivimos y trabajamos durante ese verano. Comenzamos a salir, y como la relación se enserió tras regresar a nuestro país, comenzaron a desvanecerse las líneas perfectas que me había trazado para el discipulado. Estaba con un hombre dedicado a Cristo y también a una carrera de negocios. ¿Podría casarme con él? Y si lo hacía, ¿sería esa una concesión al “todo” que le había prometido a Dios?

Finalmente nos casamos. Comencé a entender que Dios nos llama, no solo al trabajo, sino también a una relación. Aunque no nos comprometimos al ministerio tiempo completo, nos casamos bajo la bandera de Salmo 67: "Dios tenga misericordia de nosotros, y nos bendiga; haga resplandecer su rostro sobre nosotros; Selah. Para que sea conocido en la tierra tu camino, en todas las naciones tu salvación”. Prometimos ir adondequiera que Dios nos enviara, para hacer lo que fuera que nos ordenara.

 

Más de veinte años después, sigo casada con ese hombre de ojos color azul marino. Hace seis años, su compañía le ofreció un traslado internacional, no muy diferente a la historia del hombre de quien hablé al principio. Aceptamos, creyendo que fue el Señor Jesucristo quien nos abrió el camino, y que los cristianos serios pueden lanzarse a los negocios —e incluso “ir con Cristo”.

Una ambición santa

Sin duda, cada uno de nosotros ha sido llamado a buscar primeramente el reino de Dios (Mateo 6.33). Al igual que María de Betania, debemos elegir la mejor parte del aprendizaje y la adoración a los pies del Señor. Pero, a semejanza de Marta, podemos afanarnos y turbarnos con muchas cosas (Lucas 10.38-42). Sin embargo, nunca se nos dice que buscar primero el reino de Dios nos imponga la obligación de dejar la abogacía, la medicina, los negocios o la vida académica. Ser pastor o misionero es, sin duda, un llamamiento elevado, pero no es el único llamado para el cristiano “serio”. No obstante, ese trabajo no es siempre la inversión más grande que hacemos en el reino de Dios. Por el contrario, el llamado a cada cristiano es el de hacer todo sin reservas para la gloria de Dios (1 Corintios 10.31), ya sea desde un cubículo, un atril, el campo o el lavaplatos. La obediencia es lo que cuenta, incluso más que los sacrificios (1 Samuel 15.22).

F.O.R.M.A.

En su libro Una vida con propósito, Rick Warren ofrece un acrónimo útil para entender lo que podríamos ofrecer al reino de Dios: F.O.R.M.A. Warren nos desafía a identificar los dones espirituales que Dios nos ha dado (Formación espiritual), pero también insiste en que nuestro corazón determina lo que sentimos o hacemos (Oportunidades); y que debemos considerar nuestros talentos naturales (Recursos); nuestra personalidad (Mi personalidad); y nuestras experiencias (Antecedentes). La amplitud del acrónimo F.O.R.M.A. nos permite aceptar la diversidad de roles que desempeñamos, y las muchas formas diferentes para dar gloria a Dios.

La obediencia es lo que cuenta, incluso más que los sacrificios

La ambición por el reino pertenece a todos. Esa fue la verdad que los reformadores protestantes defendieron en el siglo XVI. Al rechazar la jerarquía que había existido durante mucho tiempo en la iglesia —donde monjes y monjas se ocupaban de los asuntos del cielo, mientras que todos los demás hacían el trabajo ordinario— Lutero y otros reformadores comenzaron a hacer afirmaciones como: “El trabajo que hacen los monjes y sacerdotes, por muy santo y arduo que sea, no difiere ni un ápice en importancia, a los ojos de Dios, del trabajo que hace el labriego, o el que realiza la mujer que se ocupa de sus tareas domésticas”. William Tyndale escribió que “si nuestro deseo es agradar a Dios, verter agua, lavar platos, remendar zapatos o predicar la Palabra, todos ellos son uno solo para Dios”.

Dios está edificando su reino por medio de pastores y misioneros, como también de contadores y notarios; de maestros y taxistas; de empleados asalariados; y de obreros mal pagados. Entre los creyentes, dicho en otras palabras, no hay santos y personas comunes; solo hay santos. No hay trabajo del reino y trabajo que paga facturas; solo hay trabajo del reino.

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