Callada valentía

Somos una generación de personas idealistas, dinámicas, ambiciosas y emprendedoras, pero el ajetreo dista mucho de ser un comportamiento piadoso.

El Señor dijo muchas cosas que olvidamos en medio de las presiones de la vida diaria. También se dice que Él expresó varias cosas que no puedo encontrar en mi Biblia. En una rueda de prensa, antes de ser llevado a la cárcel, Marion Barry, el humillado alcalde de Washington, D. C, dijo a la multitud reunida que la Biblia dice: “Sé fiel a ti mismo” —un sentir con el que probablemente están de acuerdo muchas personas, pero que fue aconsejado por un personaje del Hamlet de Shakespeare, no por el Dios todopoderoso.

Pero de primero en cualquier lista de conceptos atribuidos erróneamente a Dios está “Ayúdate que yo te ayudaré”. El cual es un sentimiento propio de las personas que apelan a la actitud de salir adelante por sí mismas. Para ellas no hay siestas ni vacaciones, pues han llegado a donde están con mucho esfuerzo.

Soy propenso a tomar acción, no porque confíe en Dios, sino porque la mayoría de las veces no confío en Él.

Nuestra generación aplaude a quien dice lo que piensa, y le hace frente a los intimidadores. Esta era una meta personal para mí. Y a pesar de que no he dado la talla siempre, he tratado de vivir siendo valiente y responsable. He aceptado todo el trabajo que puedo para mantener a mi familia. Me he esforzado por estudiar más la Biblia, orar con mayor fidelidad y defender con valentía mi fe. He estado en marchas de protesta y he orado en las aceras de clínicas abortistas. He reprendido a personas por sus pecados, de la misma manera en que algunas veces he sido reprendido por ellas. Pero, aun cuando no actuaba con coraje, estaba seguro de que valentía es, en esencia, tomar acción. No obstante, ahora ya no estoy tan seguro de eso.

El problema con mi concepto de valentía —que hay que ser un héroe y actuar— es que me impulsa a querer tomar el control en las situaciones en las que estoy menos inclinado a confiar en Dios. Trato de convertirme en mi propio héroe porque, en el fondo de mi corazón, temo a no contar con Dios para que me dé una mano. Trabajo muchas horas por miedo a que, si no aprovecho cada oportunidad de ganar más dinero, mis hijos no podrán recibir la educación que necesitan. Me dejo obsesionar por los defectos de mis hijos, y los corrijo sin discreción ni miramiento porque tiendo a pensar que la salvación de ellos depende totalmente de mí. Cuando tengo hambre y sed de Dios, me inclino a leer un libro de teología, porque pienso en Él como una entidad que debe ser estudiada, no como una persona con la que puedo relacionarme.

No se me ocurre asociar la espera con la valentía, pero luego recuerdo cómo tenía David que recordarse a sí mismo que Dios —como lo había hecho antes— vendría en su defensa. “Espera al SEÑOR; esfuérzate y aliéntese tu corazón. Sí, espera al SEÑOR” (Sal 27.14 LBLA).

Pero si Dios va a aparecer y hacerse cargo de todo, ¿dónde estaba la oportunidad de David de ser valiente —de esforzarse? ¿No sería más valiente salir a enfrentar a sus enemigos de inmediato? Imagino que David —que no era ajeno al combate—tuvo la tentación de hacer precisamente eso. Pero él había apostado su vida a obedecer a Dios, y por eso sabía que no podía abandonar esa senda. Tenía que esperar en el Señor, aunque eso significara dejar que sus enemigos se le acercaran.

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Nunca he estado cercado por ejércitos enemigos, pero sí me he sentido rodeado de enemigos que deseaban causarme daño, ya fuera mediante chismes, descréditos o calumnias. No soy bueno para esperar frente a ataques así. Me gusta creer que mi impaciencia es una forma de virtud. Sin embargo, muchas veces lo que me motiva no es la confianza en el propósito de Dios para mi vida, sino lo contrario —el temor a que si no resuelvo el problema, Él tampoco lo hará.

En otras palabras, soy propenso a tomar acción, no porque confíe en Dios, sino porque la mayoría de las veces no confío en Él. Soy peor que aquel que cree que “ayúdate que yo te ayudaré” es realmente un versículo de la Biblia.

Parte de mi preocupación, por supuesto, no es que Dios vaya a abandonarme, sino que sus propósitos sean diferentes a los míos. Pienso en los numerosos mártires que fueron sacrificados. Pienso en Pedro, animando a las mujeres cristianas a ganar a sus pecadores esposos para Cristo, no con sermones, sino mediante una “conducta casta y respetuosa”, y “un espíritu afable y apacible” (1 P 3.2-4). Pienso en Cristo, en la víspera de su crucifixión, diciéndole a sus discípulos que el mundo no les conocería por la efectividad de sus sermones o por la certeza de su dogma, sino por el amor de unos a otros (Jn 13.35).

La acción más valiente —y obediente— sería esperar, aun cuando la espera no tenga ningún sentido práctico.

Parece que, por lo general, lo que Dios espera de nosotros no son palabras o acciones valientes, sino todo lo contrario: paciencia, tranquilidad y amor persistente que “todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13.7). ¿Pudiera ser que, al menos en algunos de esos momentos cuando arremeto con confianza, la acción más valiente —y obediente— sería esperar, aun cuando la espera no tenga ningún sentido práctico?

Siempre pensé que forjarse uno su propio camino y anteponer la verdad al poder eran acciones valientes —y normalmente lo son. La Biblia está llena de historias de personas fieles que tomaron acción, a pesar de sus temores, porque Dios se los ordenó. Pero la espera, y cultivar un amor que “todo lo soporta”, puede exigir tanta valentía como desafiar a Faraón.

Y esto me hace entender que a mi alrededor hay personas valientes y calmadas. Su actitud que “todo lo sufre” es poner la otra mejilla a una persona mala o dura de corazón cada día, o preocuparse por cuidar fielmente de alguien indefenso e incapaz de corresponder de la misma manera; o seguir en un trabajo, un matrimonio, o una comunidad, porque creen que servir al propósito de Dios para su vida es más importante que triunfar por medio del esfuerzo personal.

He tratado de triunfar con mis propias fuerzas, y lo único que he hecho es volverme un caos. He tratado de ser valiente de acuerdo con el patrón del mundo, y he demostrado ser un cobarde. Necesito la valentía que viene del Señor. Una valentía que confíe en Él, que me guíe a donde Él quiere que yo vaya, que me dé las palabras que deba decir, y me ayude a guardar silencio cuando las palabras no sean necesarias. Una valentía que pierda esta vida para que Él la salve.

 

Ilustraciones por Jeff Gregory
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