Dar a luz un hijo

Cuando el resultado del nacimiento de nuestro hijo era incierto, encontré fortaleza en el ejemplo de María.

Sostenía la mano de mi esposo mientras estaba en el consultorio del médico, maravillada por la imagen borrosa que teníamos ante nosotros. Después de luchar con problemas de infertilidad, fue una alegría ver a la técnica de ultrasonido escribir en la pantalla “HOLA MAMÁ Y PAPÁ”. Estábamos mirando los videos que habíamos grabado en nuestros teléfonos, cuando la técnica volvió a entrar y nos pidió que la siguiéramos.

 

Sentados en una sala de espera privada, en la parte posterior del consultorio, el temor se apoderó de mí. Mi estómago se revolvía con el mismo dolor ansioso que solía sentir fuera de la oficina del director de la escuela cuando era adolescente.

En su consultorio, el médico giró la pantalla de su computadora hacia nosotros, señalando las medidas y utilizando palabras como anormal, riesgo y trisomía. Miré de reojo a mi esposo, que momentos antes había estado rebosante de emoción —tenía el rostro decaído.

Desde ese momento y durante las semanas que siguieron, mi mente rebosaba de preguntas. Me sentía frustrada conmigo misma y con Dios por dejar que este tipo de ansiedad inquietara lo que debería haber sido un tiempo feliz. Quería saber por qué le estaba pasando esto a mi familia, y le rogué que nos diera respuestas, cualesquiera que fueran; aun con todos los lujos de la tecnología moderna, no podíamos estar seguros de lo que pasaría después.

En mi temor y frustración, recurrí a la Biblia, y el Señor me dio un suave empujoncito para que viera la historia de María. Con ojos nuevos, consideré la experiencia de una joven llamada a una tarea abrumadora, y me encontré con preguntas, incluso para la madre de nuestro Salvador.

Me sentía frustrada conmigo misma y con Dios por dejar que este tipo de ansiedad inquietara lo que debería haber sido un tiempo feliz.

Quería saber si se sintió atribulada cuando Simeón la detuvo en el templo, tomó a su bebé en sus brazos, y mirándola le dijo que su alma sería traspasada. ¿Le creó eso más preocupación, o confirmaría lo que ella ya sabía: que su hijo había sido apartado, destinado para algo que ella no era capaz de comprender?

Nos obsesionaba lo hipotético: si tomar pólizas de seguro de vida y examinar nuestro presupuesto frente a todos los escenarios que podíamos imaginar. Estábamos enlutados por el bienestar de alguien que nunca habíamos conocido, y que no sabíamos si llegaríamos a conocerlo.

María sabía que había sido escogida para esto, apartada para algo magnífico que daría gloria a Dios mismo. Y aunque estaba preparada de manera especial, también estaba equipada con los instintos de todas las madres. Podía ver a esta madre primeriza mimando con gozo a su hijo, dándole esos primeros bocados de comida, acurrucándolo a la hora de dormir e intercambiando dulces sonrisas. Pero aun con su conciencia del propósito de Dios, ¿alguna vez cuestionaría su plan mientras seguía a su Hijo Jesús hacia la cruz? ¿Alguna vez se habrá sentido impotente María?

Pero aun con su conciencia del propósito de Dios, ¿alguna vez cuestionaría su plan mientras seguía a su Hijo Jesús hacia la cruz?

Estuvo al pie de la cruz, rodeada de las otras mujeres que seguían a su Hijo. Arriesgaron sus vidas por estar allí, pero María no huyó ni miró hacia otro lado. Miró el rostro del hombre que había llevado en su vientre durante nueve meses, y que dio a luz en un sucio establo. A lo largo de su experiencia a su lado, ella permaneció firme. Y se mantuvo así, incluso en los momentos en que Él tomó su último aliento terrenal.

Como lo hacen a menudo las madres, las mujeres que habían acompañado a María soportaron también dolor y temor intensos, y habían ido a ungir al Señor en su tumba, manteniéndose alertas, y quizás preguntándose qué vendría después. ¡Qué regalo tan confuso debió haber sido cuando, en esa mañana de domingo, el Señor se les reveló —a estas portadoras de vida— generándoles gozo y aún más preguntas!

Han pasado meses desde que pasé por esos exámenes, y no puedo pensar en una imagen más perfecta de lo que es ser llamada a la maternidad: un gozo abrumador, un poco de miedo, y muchas preguntas. Mi hijo anda por ahí como lo hacen los pequeños, deteniéndose para recoger algo, o para reírse de nuestras mascotas, y es fácil perderse pensando en qué vendrá después. Pero el Señor nos prepara cuando nos llama. Las personas comunes y corrientes son llamadas a cosas extraordinarias conforme a la voluntad de Dios. Incluso en medio del temor más grande, puedo hallar seguridad en eso.

Ilustracion por Jack Richardson

Temas relacionados:  Familia

Artículos relacionados

¿Qué ocurre con mis anotaciones?
Color de fondo:
Claro
Aa
Oscuro
Aa
Tamaño de letra:
A
A
A