El gran ecualizador

Todos estamos dando tumbos hacia la eternidad, pero eso no significa que al llegar allí nos veremos iguales.

Ese es un sombrero fantástico”.

Estaba en el proceso de deslizar mi tarjeta de débito en el lector cuando levanté la mirada.

Jacob, un nuevo camarero en mi cafetería favorita, estaba haciendo un gesto afirmativo con la cabeza. Me tomó un momento darme cuenta de que me estaba hablando. Cubierto de tatuajes en la cara, el cuello y los nudillos, no parecía del tipo de los conversadores.

Cubierto de tatuajes en la cara, el cuello y los nudillos, no parecía del tipo de los conversadores.

Sin embargo, nuestra amistad comenzó así: con breves charlas, alimentadas por mi necesidad de cafeína, sus observaciones sobre el día, mi vestimenta o la última controversia en las redes sociales. Y durante los dos años siguientes, estos fragmentos de conversaciónes se volvieron más largos y más significativos. Una tarde, cuando servía el café, se quedó junto a mí.

“Tú oras, ¿verdad?”, me preguntó.

Para una persona que ha participado en varios debates espirituales, preguntas como esta tienen la tendencia a desencadenar una cierta mentalidad socrática en mí antes de responder.

“Sí”, contesté despacio.

Un tanto nervioso limpió mi mesa con su muy usado trapo de cocina, y comenzó a hablar de su lucha para ver a sus niños desde su divorcio. De cómo siguió a su familia deshecha desde Los Ángeles hasta Spokane, solo para verlos mudarse a Alaska. Mientras yo escuchaba, todas las cosas impresionantes pero en última instancia superficiales acerca de Jacob —las cosas que nos ponían en extremos opuestos del espectro social— se desvanecieron. Los tatuajes, la ropa exagerada de tamaño y los agujeros de aretes de gran tamaño dejaron de desviar mi atención, y vi a una persona. A un padre, como yo, que ansiaba ver a sus hijos de la manera que yo lo haría si estuviera separado de ellos.

“Quizás pueda a ver a mi hijo mayor en su cumpleaños. Así que, si piensas en esto, recuerda al muchacho cuando ores la próxima vez”.

 

*

 

Luego, esa misma semana, mientras compartía peticiones de oración con el grupo pequeño de mi iglesia, mencioné la situación de Jacob.

“Quiero que Jacob vea lo real que es Dios”, les dije. Por tanto, oramos para que Jacob pudiera ver a sus hijos, y yo tener más conversaciones con él. Y que llegara a conocer a Jesucristo.

No me sorprende el hecho de que Jacob haya podido ver a sus hijos, o de que se haya formado una amistad profunda y duradera entre los dos, al parecer contra todo pronóstico. No. Lo que más me sorprende es mi suposición inicial de que Jacob no conocía a Jesucristo.

 

Sí lo conocía. De hecho, Jacob tuvo una relación profunda con Jesucristo, que comenzó a una edad temprana. A medida que florecía nuestra amistad, el Señor se convirtió en el común denominador más importante, aunque nuestros numeradores se veían muy diferentes. Al principio, sentí curiosidad cuando le oía citar las Sagradas Escrituras o hacer referencia a un pastor popular; incluso si la estructura de las palabras no me resultaba familiar, la percepción sonaba cierta.

En una conversación sobre dones espirituales, mencionó un momento muy oscuro en su vida. Como modelo de moda que era, asistía a fiestas donde consumían drogas, y luchaba contra la abrumadora influencia de la sensualidad que impregnaba la escena. “El hombre espiritual en mí no se sentía bien con esas cosas. Pero cuando uno está en eso, siempre está luchando contra algún tipo de fuerza controladora”. Me tomó un poco entender que estaba hablando del don del discernimiento.

 

*

 

“No sé cómo hacer esto”, dijo hace poco mientras cenábamos.

“¿Comer?” bromeé.

“Ser tu amigo”, dijo, girando poco a poco sus dedos alrededor de su vaso. “No me duran las amistades cristianas”.

“No me duran las amistades cristianas”.

“¿Por qué crees que es eso?” le pregunté.

Se sonrió, haciendo que los tatuajes alrededor de sus ojos se arrugaran. “Las personas que conocen mi pasado piensan que necesito una rienda corta. Quienes acaban de conocerme ven la oportunidad de transformarme en Cristo. Pero cuando tiro de la rienda, o no me visto como ellos, piensan que su reacción inicial fue correcta o pierden el interés”.

Me quedé callado por un momento, recordando mi primera suposición después de su petición de oración para ver a su hijo. Me pregunté cómo debe ser que alguien me pese y me mida de inmediato solo por mi piel o mi vocabulario.

“¿Sabes lo que es curioso?” dijo. “Todos estamos igual de molestos. ¿Cuál es la diferencia? Que tú ves mi desastre enseguida. ¿Y los demás? Esconden el suyo como si fuera un tesoro”.

 

*

 

La manera como algunos cristianos han tratado a Jacob a lo largo de su vida ha sido perjudicial. Quizás por eso nos llevó más de dos años alcanzar un nivel más profundo de amistad. Y como cualquier otra herida, esas luchas, junto con otras, siguen estando presentes en algunas de sus reacciones y decisiones. Hay veces que actúa de ciertas maneras o toma ciertas decisiones que me desconciertan. Pero es importante para mí recordar que el mismo Espíritu Santo que me guía, me recuerda y me obliga (a menudo de una manera mucho más suave de lo que merezco) hace lo mismo en Jacob. Y cuando él está luchando, vuelvo a la pregunta más vital que puedo hacer: “¿Cómo te está yendo con Cristo?”.

Ese es el gran ecualizador, ¿no? Cuando el Señor Jesús preguntó a los discípulos: “¿Quién decís que soy yo?” (Mt 16.15), y el apóstol Pedro proclamó que era el “Cristo, el Hijo del Dios viviente”, el Señor estaba eliminando toda desviación, filosofía, idea popular y suposición, para lograr el objetivo más esencial.

¿Cómo podemos alentar a los quebrantados si escondemos nuestras propias enyesaduras detrás de nuestras espaldas?

Cuando enfocamos nuestras relaciones en el poder del Señor (con los creyentes o con aquellos que no conocen a Jesucristo), podemos dejar de preocuparnos por las cosas equivocadas —cuestiones superficiales como la pertenencia, las preferencias o el aspecto. Cuando eso sucede, la raíz que afianza nuestra confianza se vuelve mucho más fuerte porque podemos confiar en las promesas de nuestro Creador, en vez de preocuparnos por el proceder de seres humanos imperfectos.

Los creyentes dicen cosas como: “Cristo pasaba tiempo con los pecadores, no con los religiosos”. Pero eso es caminar sobre una cuerda floja, ¿no es así? Como dijo el apóstol Pablo en Romanos 7, no nos gusta recordar lo que fuimos una vez, y deseamos con desesperación una renovación continua. Sin embargo, si perdemos de vista nuestra renovación y pensamos (o al menos comunicamos) que tal como somos ahora es como siempre hemos sido, ¿a quién dejamos atrás? ¿Cómo podemos alentar a los quebrantados si escondemos nuestras propias enyesaduras detrás de nuestras espaldas?

Si el proceso de santificación se ve de cierta manera en mi vida, es natural pensar que se vea igual para otros. Recordemos, sin embargo, que el mismo Dios creó tanto la selva amazónica como el Sahara. ¿Por qué iba a limitar su creatividad cuando se trata de su cuerpo de creyentes? Y si su creatividad se aplica a la manera en que Él santifica, debemos aceptar la verdad de que su poder redentor se aplica a todos, no solo a quienes, basados en los prejuicios culturales que tenemos, parecen como si ya estuvieran al borde de convertirse en una nueva creación.

Ilustraciones por Paul Blow

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