El peso del prejuicio

Nos gustaría pensar que no tenemos prejuicios, pero tan solo un encuentro puede poner la verdad al descubierto.

Absorta por completo en el libro que leía, di un salto cuando mi hija Sheridan apenas me tocó el hombro. Ya era un poco tarde, y sus lágrimas me asustaron.

"Mamá, ha vuelto a pasar. Abdul acaba de enviarme un mensaje de texto, diciéndome que hay misiles volando sobre su apartamento”. Su amigo se había acostumbrado a estas amenazas en Arabia Saudita, pero a Sheridan y a mí nos desconcertaban.

 

Hoy en día, al recordar cómo casi no acepté a Abdul por mis temores y prejuicios, se me llenan los ojos de lágrimas.

Nuestra hija asistía a una universidad que tenía un alumnado cosmopolita, y con facilidad se hizo amiga de estudiantes de otros países. Como típica especialista en carrera humanística, llegó a esta reflexión: "Mamá, la iglesia de Cristo es un mosaico de todos los pueblos y naciones". Sheridan particularmente quería que yo conociera a un joven musulmán de Arabia Saudita. Siempre me había encantado conocer a sus amigos, pero fui muy cautelosa con él. En lugar de invitarlo a nuestra casa (como lo habría hecho normalmente), propuse que nos reuniéramos en un restaurante para cenar.

Como cristiana evangélica de tez blanca, tenía miedo de comunicarme con ese “otro" — alguien de otra raza que hablaba un idioma "extraño" y que defendía ideologías religiosas "radicales". Le temía al terrorismo perpetrado por los conversos islámicos, por las sombras amenazantes del 11 de septiembre que todavía oscurecían mi pensamiento. En los últimos años, había escuchado en los medios de comunicación cristianos y de personas influyentes, constantes noticias condenatorias sobre musulmanes. Asimismo, el flujo continuo de comentarios suspicaces de mis amigos evangélicos, ya fuera en nuestras conversaciones personales o en sus memes acusatorios en Facebook.

En vista de las circunstancias, temía por la seguridad de Sheridan. Confié más en puntos de vista exagerados y en los peores escenarios que en el buen criterio de mi hija y su conocimiento personal de este joven. Intencionalmente también estaba olvidando que Dios es el Creador de todas las personas, hechas a su imagen y merecedoras de dignidad y respeto.

Le temía al terrorismo perpetrado por los conversos islámicos, por las sombras amenazantes del 11 de septiembre que todavía oscurecían mi pensamiento.

Esa noche, mientras charlábamos durante la cena, me sentía cada vez más relajada y cautivada por ese joven encantador, y descubrí que no había nada remotamente radical en Abdul. Era amable y simpático, locuaz e interesante, y nos compartió en un inglés perfecto y fluido su vida en su país, y de lo mucho que extrañaba a su madre. Incluso la llamó durante nuestra cena, abundando en elogios sobre nuestra familia en su idioma árabe nativo.

Teníamos más en común de lo que podría habernos separado: nuestra afición a la risa, nuestro amor por la familia, nuestro respeto por las personas mayores, nuestro aprecio por el atuendo modesto, nuestro placer por la buena literatura, nuestra devoción a la oración. En un momento de espontaneidad, nos dijo que su tía, quien vivía en Yemen, un país en medio de una guerra civil, estaba en peligro constante de perder la vida.

Lo invité a nuestra casa para continuar nuestra conversación durante el postre. Después de picar un pastel de almendras, nos retiramos a la sala de música donde él cantó una exquisita canción a capela. A medida que su lirismo amenizaba el ambiente en su lengua materna, nuestros corazones se elevaron en la intrincada belleza de la melodía, una belleza que trascendía las diferencias de nacionalidad y cultura.

Después de esa noche, invité a Abdul a nuestra casa en varias ocasiones. Nos entreteníamos con juegos de mesa. Cantábamos. Nos reíamos. Hacíamos bromas. Hablábamos de asuntos serios. Abdul me confesó que tuvo miedo de vivir en los Estados Unidos por el odio que percibió se le tenía a los musulmanes. Me dejó perpleja. Él también había tenido temor de la gente —¡de personas como yo!

Abdul me confesó que tuvo miedo de vivir en los Estados Unidos por el odio que percibió se le tenía a los musulmanes.

Compartíamos la mesa, y antes de comer, Abdul inclinaba respetuosamente su rostro con nosotros, mientras orábamos a Dios Padre en el nombre del Señor Jesús. Después de una cena, me quedé en la mesa de la cocina con Abdul y Sheridan. Ella sabía que Abdul era devoto de la oración, y honraba al patriarca Abraham como lo hacemos los cristianos. Con su Biblia abierta en Génesis, ella le explicó que Abraham adoraba al único Dios verdadero, quien, al evitar que Abraham matara a su hijo Isaac, más tarde sacrificaría a su único Hijo, Jesús, para salvar a los pecadores. Aunque Abdul no oró para recibir a Cristo, la escuchó con atención.

Desde entonces, Abdul regresó a su hogar en Arabia Saudita, aunque nos mantenemos en contacto por mensajes de texto y actualizaciones frecuentes, además de llamadas telefónicas esporádicas. Recuerdo la última vez que vi a Abdul en nuestra casa antes de que regresara a su país con su familia. Después de repetidos abrazos en la puerta, y reacia a decirle un último adiós, lo acompañé hasta su auto como una madre que enviaba a su hijo a la universidad. Seguimos hablando, prometiendo mantenernos en contacto, y al final hicimos una pausa en silencio, aprovechando al máximo ese último momento juntos tan significativo. Cayó una lluvia ligera, como si algo sagrado descendiera como bautismo, como purificación, como unción. Sentí que Dios me confirmaba que Él había eliminado el insidioso prejuicio del que ni siquiera yo estaba consciente de haber albergado bochornosamente durante años.

En ese momento, me di cuenta de que la lluvia de Dios bendice los rostros de cristianos y musulmanes por igual, ambos preciosos y creados a su imagen. Dios ama a Abdul y anhela darle a conocer a su Hijo. Mientras Abdul se alejaba, oré para que se convirtiera en un rostro resplandeciente en el mosaico de la iglesia de Cristo; que un día esté unido a otros creyentes por la gracia de Dios a través de la fe, por haber recibido a Cristo como su Salvador y Señor, reflejándolo al mundo. Esa sigue siendo mi oración.

 

Ilustración por Metaleap Creative

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