El valor de la bienvenida

La importancia del dinero en nuestra vida cotidiana influye en la manera en que vemos todo, hasta la hospitalidad.

El tiempo es oro, dice el refrán, pero también todo lo demás. En nuestra época moderna, nuestras vidas (relaciones, trabajo, iglesia y agendas) pasan por el tamiz del mercado. Es el medio en donde vivimos, nos movemos e involucramos. Medimos el valor del tiempo por lo que se ha logrado; a la iglesia, por lo que los programas pueden hacer por nosotros; y a las amistades, por cuánto aumentarán nuestro capital cultural y social.

Pesamos las personas, los lugares y las cosas en una escala de ganancias y pérdidas. Y no siempre sabemos que lo estamos haciendo.

Cuando dejé mi trabajo como profesora de literatura para mudarme a otra ciudad, por la pasantía ministerial de mi esposo, supuse que después de un tiempo reingresaría al mercado laboral. Pero más mudanzas y más bebés en rápida sucesión significaron que el reingreso no era posible para nuestra vida familiar en el momento. Y así ha permanecido. Esos primeros años fueron años de enojo. No sabía muy bien quién era yo, aparte del trabajo remunerado que había hecho, el título que había obtenido, y la deuda que había acumulado y que tenía que pagar. ¿Cómo podría ser alguien, si el mercado laboral no me consideraba valiosa?

Mi esposo siempre ha dicho que está agradecido por mi doctorado, incluso cuando opino lo contrario, porque no lo estoy usando. Mi idea detrás de “usar” es esta: Si mi título de posgrado no da como resultado una compensación, entonces el tiempo de preparación y las experiencias asociadas con el grado parecen un desperdicio. Necesito proclamar una mejor manera: encontrar una nueva forma de pensar y hablar sobre el valor.

El valor de la bienvenida

El asunto es este: Si “valoramos” a los demás solo por lo que aportan en términos financieros, y si seguimos enfocados en ganar, ahorrar y gastar, tendemos a ignorar a los marginados, a los pobres, a los vulnerables, a los ancianos y a los niños (precisamente las personas por quienes el Señor Jesús se detuvo, para tocarlas, sanarlas e invitarlas a venir a Él). Si vemos el trabajo como “valioso” solo para la posición social y el beneficio económico, no somos diferentes a los publicanos o recaudadores de impuestos del día del Señor Jesús. Si elegimos una iglesia solo por cómo nos hagan ver o sentir sus programas (que a menudo se presentan como productos), somos los sepulcros blanqueados que se ven bien por fuera, pero que albergan cadáveres.

¿No deberíamos ver a las personas como dignas de nuestra energía y atención, dignas de nuestros corazones, porque fueron creadas a imagen de Dios, y no por lo que hacen? ¿Y no deberíamos valorar al trabajo, remunerado y no, porque es parte de nuestra adoración a Dios?

Una manera de avanzar en este aspecto podría ser comenzar con las palabras que utilizamos. En vez de gastar y ahorrar tiempo y recursos, un vocabulario de hospitalidad podría ayudar. Hacemos espacio en nuestra agenda (así como en nuestras casas) para participar en la comunidad. Planificamos y hacemos preparativos. Invitamos. Somos anfitriones. Servimos y festejamos. En vez de la utilidad personal, de lo que alguien puede hacer por usted, hágase estas preguntas cómo árbitro final en cuanto al valor: ¿A quién estoy dando la bienvenida? ¿Con quiénes me detengo para hablar y prestarles atención (son las mismas personas en las que el Señor Jesús se fijó?)? ¿Con quién me siento a comer? Y, ¿de qué manera me acerco a mostrar amor abnegado por mi prójimo?

Necesitamos ver a los demás, no como depósitos en nuestras cuentas bancarias sociales, sino como criaturas hermosas y quebrantadas que necesitan un hogar. La hospitalidad, entonces, es una manera natural de comenzar.

Necesitamos un vocabulario en cuanto al valor por estima, en vez de un vocabulario en cuanto al valor por utilidad. La palabra utilidad parece estar vinculada al lenguaje monetario, como “el precio unido al valor de algo”, mientras que valor (aunque también tiene connotaciones financieras) transmite algo de un sentido intrínseco. Uno puede ser de valor, aparte de las ganancias o las pérdidas, o incluso del mérito. Aparte del estatus socioeconómico, del potencial de ingresos, o de la clase social, los seres humanos tienen valor como criaturas creadas a la imagen de Dios.

¿Cómo podemos poner esto en práctica en nuestra vida? Necesitamos ver a los demás, no como depósitos en nuestras cuentas bancarias sociales, sino como criaturas hermosas y quebrantadas que necesitan un hogar. La hospitalidad, entonces, es una manera natural de comenzar. En última instancia, si hemos sido abrigados y reunidos bajo las alas de Dios (Lucas 13.34), nos esforzaremos para hacer lo mismo por los demás.

Hacemos espacio en nuestras agendas, en nuestras cuentas bancarias y en nuestros valores para lo que amamos. Cuando abrimos nuestros hogares, gastamos nuestro dinero en una comida para otra persona, dejamos que otros entren en nuestras emociones caóticas, elegimos mostrar que el evangelio es importante en la vida real. Elegir el valor por encima de la utilidad podría ser inconveniente en el momento, pero en el plan de Dios nada se desperdicia. Así como notamos las palabras que escogemos, también practicamos nuestra propia liberación y la de los demás de una interminable escalera mecánica en la que debemos estar moviéndonos todo el tiempo hacia arriba para encontrar significado y valor. Cuando somos capaces de dejar de luchar por nuestro valor, cosechamos y ofrecemos un espacio de alma donde los viajeros cansados pueden encontrar un hogar.

En la práctica, ¿por dónde podemos empezar? Un pequeño comienzo sería crear y programar un “margen”, una palabra que en el siglo XIV significaba “borde” o “frontera”; luego se transformó para incluir el espacio en blanco junto al texto impreso, y que ahora tiene una connotación financiera. Aún así, necesitamos tener un espacio en blanco, un respiro —un margen— para empezar a ver bien. Comience aquí: Ponga un espacio de 30 minutos libres en su calendario, sin ningún plan. Espere ser sorprendido. Empiece a notar la belleza, y mire otras caras que no sean la suya. Y cuando se vaya a dormir por la noche, bajo la atenta mirada de nuestro Dios infinito que no se adormece ni se duerme, descanse en el abrazo del Padre que ve el valor que usted tiene a través del prisma de su Hijo: perfecto, amado, intachable —un valor que no depende de lo productivo que usted sea. Ese es el descanso y el hogar que podemos ofrecer.

 

Fotografía e Ilustración por Mataleap Creative

Temas relacionados:  Mayordomía

Artículos relacionados

¿Qué ocurre con mis anotaciones?
Color de fondo:
Claro
Aa
Oscuro
Aa
Tamaño de letra:
A
A
A