El verdadero objetivo

La Biblia es una espada de doble filo, pero eso no significa que sea un arma.

Veinte años después, todavía recuerdo a mi esposo Michael de niño saltando en un salón lleno de estudiantes y gritando: “¡Entendido!”. Momentos antes de su grito triunfal, el maestro había gritado: “¡Espadas en alto!”, y entonces todos levantábamos nuestras Biblias hacia el techo, con los brazos ligeramente doblados por el peso del Buen Libro. La habitación se transformaba en una ola de Biblias y de brazos alzados. Cuando todas las “espadas” estaban desenvainadas, el maestro gritaba el nombre de un libro, un capítulo y un versículo, y entonces dejábamos caer nuestras Biblias sobre nuestras piernas en una carrera para ser el primer niño en encontrar la cita. Yo era una chica tímida, así que fingía que participaba en los ejercicios bíblicos, mientras que a Michael le encantaba, sin duda, la idea de ganar. Ahora me río del recuerdo, pero también me doy cuenta de la naturaleza formativa de esta experiencia temprana con la Palabra de Dios: de cómo, en cierto modo, se nos enseñaba a ver nuestra Biblia como un arma.

 

Hay precedentes bíblicos para esto. Hebreos 4.12 dice: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. Pablo usa este lenguaje de guerra y armamentos en Efesios 6.16, 17 cuando escribe sobre ponerse toda la armadura de Dios: “En todo, tomando el escudo de la fe con el que podréis apagar todos los dardos encendidos del maligno. Tomad también el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu que es la palabra de Dios” (LBLA). La mayoría de los cristianos que conocen la Biblia están familiarizados con estas imágenes y con las palabras de Pablo, pero no siempre nos detenemos a pensar cómo puede esta descripción afectar con sutileza la manera en que abordamos las Sagradas Escrituras. El uso bélico de la Biblia contra otras personas es una tentación con siglos de antigüedad.

A lo largo de la historia, la Biblia se ha usado para justificar todo tipo de maldades, incluyendo la esclavitud, el genocidio y la subyugación de las minorías y de las mujeres. Se han sacado de contexto versículos para acomodarlos a un objetivo o propósito particular, sin pensar mucho en la naturaleza del texto, la audiencia a la cual se dirige, o el trasfondo histórico. Me gustaría creer que este ya no es el caso en la sociedad moderna, pero los noticiarios de la noche a menudo cuentan una historia diferente.

Durante siglos, hermanos y hermanas en Cristo han usado la Palabra de Dios para fomentar una cultura de luchas internas y división.

En el ambiente politizado de hoy, donde guerras culturales agresivas arrecian año tras año, vemos con tristeza que la Palabra de Dios se usa como una herramienta para división. Varios grupos con diferentes convicciones religiosas se arrogan para sí las páginas de la Biblia, usándolas para justificar su posición y condenar a sus opositores. Me pregunto cómo podemos evitar más divisiones. Como creyentes, ¿cómo podemos usar las Sagradas Escrituras para sembrar la paz?

Debemos reconocer que este uso bélico de las Sagradas Escrituras no es algo que hacemos solo a los no cristianos, sino que también nos lo hacemos unos a los otros. Durante siglos, hermanos y hermanas en Cristo han usado la Palabra de Dios para fomentar una cultura de luchas internas y división. Nuestras grietas proyectan una sombra sobre la Biblia y la Iglesia por igual, ocultando las buenas nuevas como si éstas estuvieran en una densa niebla. ¿Cómo, por el contrario, podemos dar testimonio de estas buenas nuevas en vez de enterrarlas? ¿A esta esperanza evangélica que es nuestra ofrenda a un mundo desesperado que mira a distancia y observa?

Es lamentable que sea fácil olvidar o pasar por alto que cuando la Biblia habla de ser espada, el objetivo no son los demás seres humanos. Pablo nos recuerda que “nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales” (Efesios 6.12). Según Pablo, luchamos contra el mal en el reino del espíritu. La Sagrada Escritura es una espada destinada a ser usada en nuestras rodillas en oración. El enemigo es Satanás.

La difícil verdad es que cuando sentimos como si estuviéramos luchando contra carne y sangre, es por lo general contra nosotros mismos que nos enfrentamos. Luchamos contra nuestra carne y sus impulsos pecaminosos a diario. En esos momentos, la espada del Espíritu debe estar dirigida, no lejos, sino hacia la oscuridad de nuestro propio corazón. La Palabra de Dios es nuestro medio de renovación, el regalo de Dios mediante el cual tanto el corazón como la mente son recalibrados para dar forma al pensamiento correcto y a la vida de santidad, transformándonos en instrumentos de redención y paz.

La Sagrada Escritura es una espada destinada a ser usada en nuestras rodillas en oración. El enemigo es Satanás.

En Isaías 2.4, el profeta nos da una visión de un reino de paz cuando escribe: “Y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra”. Estas imágenes son de peso cuando se aplican a nuestro uso de las Sagradas Escrituras como un arma. Una espada mal utilizada es una herramienta de destrucción, mientras que una reja de arado es una herramienta de creación, un imperativo para el crecimiento y el cultivo del reino preconizado.

El poeta israelí Yehuda Amichai transforma aún más estas imágenes en su poema “Un apéndice a la visión de la paz”:

“¡No te detengas después de transformar las espadas
en rejas de arado, no te detengas! Sigue transformando, y haz instrumentos musicales con ellas. Quien quiera volver a hacer la guerra
tendrá que convertirlas primero en rejas de arado”.

Al reexaminar mi percepción tan arraigada de la Biblia, me acuerdo de que la primera vez que Dios habla en las Sagradas Escrituras es a través de un acto de creación. Su lenguaje es generativo, dando luz y vida. Para aquellos de nosotros que seguimos a Cristo, estamos llamados a ser sus instrumentos en la esfera física, trabajando para lograr un mundo donde la búsqueda de la justicia y la construcción de la paz sean el distintivo de su reino. Un mundo redimido surgirá, no por medio del uso bélico de la Palabra de Dios de unos contra otros, sino a través del cultivo creativo y del compromiso con el dulce canto de la paz.

 

Ilustración por Sr. Garcia

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