Entrada libre

La hospitalidad es algo que debemos tanto practicar como desear.

La mayoría de las reuniones en nuestra casa son parecidas: un montón de zapatos junto a la puerta principal, chaquetas y bolsos dondequiera que haya espacio. Un niño disfrazado de superhéroe sale de su habitación para volar en círculos por toda la casa. Los invitados novatos tropiezan con legos y trenes de madera regados por todas partes —restos de una lucha de último minuto para que el lugar parezca presentable. Un grupo se congrega en la cocina, probando bocadillos de diferentes bandejas y ollas, y productos comprados de panadería. Usar platos es opcional, y la mayoría de los que no estamos sentados, nos inclinamos sobre la encimera mientras probamos la comida.

Como padres de tres niños varones pequeños, mi esposa y yo dependemos de nuestra propia casa como un lugar de reuniones con el fin de mantener la apariencia de una vida social. La verdad sea dicha, tener varios hijos significa que mantener un hogar perfecto rara vez es posible para nosotros. Si bien nuestro enfoque a la hospitalidad puede parecerse al de resignación —de sucumbir a las fuerzas de la entropía que nos rodean— es más bien algo que hemos elegido aceptar.

Invitamos a nuestros amigos a ser participantes activos en nuestra casa, a involucrarse en nuestro desorden y a descansar cómodamente en el de ellos al mismo tiempo. Establecer una actitud y un ambiente de autenticidad permite, ­­—y esperamos que incluso anime— a otros a ser más espontáneos. Sentirse como en casa lo suficiente como para examinar nuestras estanterías o hurgar en nuestra nevera. Traer comida para compartir o para cocinar con nosotros, o simplemente venir con el estómago vacío, listos para comer.

Pero eso no quiere decir que la actitud casual sea sin esfuerzo. Incluso la apariencia de estar relajados requiere un poco de intencionalidad. A menudo lucho contra la voz interior que me dice que ser anfitrión requiere mostrar nuestro mejor lado. La idea de quedarme sin comida me pone ansioso (y con una despensa llena, eso todavía no ha sucedido). O a veces, mantengo a mis hijos fuera de ciertas áreas por un día entero para asegurarme de que esas habitaciones permanezcan impecables. Durante la reunión, podría darme cuenta de que no estoy interactuando con los invitados, sino revisando sus “signos vitales” como si fueran mis pacientes durante un chequeo médico. ¿Tienen suficiente para comer? ¿Están cómodos? ¿Me quieren?

Mi objetivo de ser un anfitrión perfecto a menudo tiene poco que ver con los invitados, y más con mi propio deseo de aprobación. ¿Cómo puedo impresionarlos mejor?

A menudo lucho contra la voz interior que me dice que ser anfitrión requiere mostrar nuestro mejor lado.

La manera en que presentamos y ofrecemos nuestra casa es la manera en que queremos que los demás se sientan en ella. Nuestro deseo de que “vengan como estén” es un esfuerzo con el propósito de asegurarnos de que quienes pasen por nuestra puerta se sientan como parte de la familia, incluyendo toda la simpatía y el caos que eso conlleva. En esos momentos en que los invitados se sienten como en casa, nuestras máscaras e imagen pública quedan en su mayoría descartadas. El objetivo ya no es impresionar, sino descansar juntos.

Pero los momentos más cruciales en los que la hospitalidad es necesaria, son aquellas ocasiones en las que menos lo esperamos o incluso lo deseamos. Hace un par de años, durante varios meses un buen amigo mío se quedaba en nuestra casa de forma periódica y aleatoria. Durante un capítulo muy difícil en su vida, mientras luchaba con depresión severa, ansiedad y ataques de pánico, se sentía inseguro viviendo solo. La mayoría de los episodios eran imprevistos, incluso para él. A veces recibíamos una llamada o un mensaje de texto por adelantado; otras veces llamaba a la puerta de la casa a altas horas de la noche.

Cuando nuestro amigo pasaba por nuestra casa, se sentía lo suficientemente bienvenido como para unirse en cualquier cosa que estuviéramos haciendo, ya fuera una noche de cine en familia, o trabajando en silencio juntos en la mesa de la cocina. En los momentos más difíciles, nos quedábamos despiertos para hacerle compañía o hacíamos un viaje nocturno a un Waffle House para cambiar de ambiente. Durante este tiempo, llegamos a una conclusión: la verdadera hospitalidad es mucho más que estar preparados para los invitados.

Puedo tratar de dar la bienvenida con mis persistentes palabras de invitación o abriendo nuestro hogar a las reuniones. Pero lo más importante es: ¿Están mis amigos y vecinos, en realidad, aceptando mi ofrecimiento? Es socialmente aceptable tener una actitud de bienvenida, pero ¿piensan mis amigos en mí a las 2:00 de la madrugada, en medio de un ataque de pánico? ¿Los niños de mis vecinos entran a nuestra casa sin llamar a la puerta, preguntando si nuestros hijos están libres para jugar afuera?

Los momentos más cruciales en los que la hospitalidad es necesaria, son aquellas ocasiones en las que menos lo esperamos o incluso lo deseamos.

Uno de mis pasajes favoritos sobre la hospitalidad está en Romanos, donde Pablo anima a los creyentes a “[preferirse] los unos a los otros con amor fraternal… practicando (o deseando) la hospitalidad” (Romanos 12.10-13). Tiene algo encantador la idea de “practicar” y “desear” la hospitalidad. Son palabras que significan una especie de generosidad que es a la vez continua e incompleta. La palabra practicar en sí nos libera de la presión de tenerlo todo resuelto. También nos permite cometer errores en el proceso. Más que una simple actividad en la que participo el viernes por la noche, la verdadera hospitalidad consiste en amar a Dios bien, al aprender la mejor manera de amar y cuidar a los de mi comunidad. A través de la hospitalidad, sus preocupaciones se convierten en mis preocupaciones. Sus luchas se convierten en mis luchas. Su liberación se convierte en mi liberación.

Así que, no nos preparemos demasiado para los invitados. Es posible que tengamos que sacar sillas de otras habitaciones y quitar libros y papeles de la mesa. La comida quizás no sea gourmet o servida en múltiples platos. Y dependiendo del nivel de estrés al comienzo del día, podríamos pedir una pizza o unos tacos; pero todo esto lo compartimos con entusiasmo.

 

Ilustración por Jason Ford

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