Evangelización fallida

Pensé que Dios me necesitaba, pero estaba equivocado.

El salón de banquetes en el primer piso del restaurante Emmett’s estaba sombríamente vacío y callado. Habíamos pasado seis meses haciendo planes para llenar una sala de personas curiosas o con interés espiritual, o incluso de objetantes. Para que vinieran los no convencidos, los escépticos y los cínicos, decíamos. Pero nuestro grupo de líderes de la iglesia logró atraer solo a un no creyente esa primera noche: la madre espiritualmente apática de un miembro del equipo. El sentimiento era de una colosal evangelización fallida.

En agosto de 2018, comencé a trabajar en el mi más grande, amplio y audaz alcance de evangelización.

Pero no comenzó de esa manera. En agosto de 2018, comencé a trabajar en el mi más grande, amplio y audaz alcance de evangelización. Nos unimos a más de 900 iglesias de toda la zona metropolitana de Chicago para una creativa iniciativa de siete semanas, en una ciudad a la vez, llamada Exploremos a Dios. Muchos de los miembros de nuestra iglesia luchan por compartir su fe, pero Exploremos a Dios, una combinación de grupos pequeños y de series de mensajes enfocados en las personas con interés espiritual, parecía la receta perfecta para compartir el evangelio con nuestros amigos escépticos. Así pues, cuando me llegó la invitación para participar en ese esfuerzo de las ciudades, me involucré con entusiasmo.

Antes del lanzamiento de Exploremos a Dios a finales de enero de 2019, pusimos cuidadosamente en marcha la visión y la estrategia. Entrenamos a líderes. Encontramos lugares originales para los grupos pequeños, planificamos la serie de mensajes, y luego convocamos a toda la iglesia para un día de oración y ayuno. Más de 250 personas muy esperanzadas se presentaron por la noche para orar durante dos horas, suplicando a Dios por el avance del evangelio.

No dejaba de pensar: ¡Dios está en esto! Estábamos en la cúspide de algo especial. Sentíamos el favor del Señor al formar pequeños grupos para casi todas las noches de la semana. Esperé el “éxito”, como lo definen los “resultados” estadísticamente impresionantes: pequeños grupos colmados de asistentes, que llevaban a asombrosas conversaciones espirituales y producían numerosas conversiones sinceras a Cristo. Le dije a Dan, el gerente nocturno de Emmett´s: “Tengamos un Plan B en caso de que no quepamos todos en el comedor del sótano”.

Entonces mis planes colapsaron.

 

Una peligrosa tormenta de hielo que abarcó toda la ciudad paralizó a nuestros pequeños grupos durante la primera semana. La situación empeoró en la segunda semana: un vórtice polar el miércoles 30 de enero hizo que Chicago estuviera más fría que algunas partes del polo norte. El río Chicago estaba tan frío que, en realidad, humeaba como si estuviera ardiendo. ¿La semana tres? Bueno, sorpresa, sorpresa, otra tormenta de hielo en Chicago.

No hay nada como las capas de hielo y un vórtice polar para acabar con toda la alegría de unos planes de evangelización bien preparados. ¿Las impresionantes “estadísticas” de la primera semana? Nada. Los invitados a los grupos pequeños perdieron interés. El grupo de los lunes por la noche estaba en terapia intensiva. El grupo de los martes por la noche se marchitó y murió. El grupo de los viernes nunca cobró vida. Así pues, durante las primeras tres semanas tuvimos un chasco, seguido de un fracaso y rematado con un fiasco.

Me convertí en el evangelista más triste y contrariado de Chicago. Podía identificarme con la mujer de oración del siglo XVI, Teresa de Ávila, quien después de resbalar bajo la lluvia y quedar cubierta de lodo, supuestamente le dijo a Dios: “Si es así como tratas a tus amigos, Señor, no es extrañar que tengas tan pocos de ellos”. Claro, a veces el tiempo se pone malo. Pero ¿por tres semanas seguidas? Basándome solo en la evidencia que podía ver, mi sentir era que me importaba más la evangelización a mí que al Señor Jesús.

Basándome solo en la evidencia que podía ver, mi sentir era que me importaba más la evangelización a mí que al Señor Jesús.

Luego, de una manera lenta y silenciosa, vi destellos de la presencia de Dios. Comenzó con una lectura del evangelio asignada como parte de mi plan de lectura bíblica. Por enésima vez en mi vida, leí la historia del Señor dormido en la barca (cómodamente “durmiendo sobre un cabezal”, señala Marcos), mientras los discípulos gritaban aterrorizados: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?” (Marcos 4.38). Por supuesto, sabemos cómo termina la historia: El Señor se levanta, reprende a la tormenta y todo está bien. Mientras leía esa familiar historia, escuché al Señor susurrar: “Yo me encargo, Matt. Yo soy el Señor de tu fracaso en la evangelización, también. ¿Y todas esas personas desconocidas que pensaste que alcanzarías con el evangelio? Las conozco a todas por su nombre. Las vi formarse en el vientre de sus madres. Y yo las amo más de lo que pudieras imaginarte”.

Después de esa suave reprimenda, vimos todo el tiempo lo que un teólogo llama “una conspiración de coincidencias” – una “buena racha” que aumentaba. Por ejemplo, una pareja de ancianos sin una iglesia vio un letrero de “Exploremos a Dios” en el patio de un vecino. Se pusieron en contacto con uno de los miembros de nuestra iglesia, y le preguntaron si sabía algo sobre Exploremos a Dios. Cuando Chris mencionó a la ligera la participación de nuestra iglesia y la próxima noche de oración, ayunaron todo el día y estuvieron en todo el servicio. Ellos todavía están examinando el cristianismo.

Era evidente que el grupo del martes por la noche no estaba muerto aún. Michael, el codirector del grupo, describió así la inesperada resurrección de su grupo: “Después de la calamidad climática de Chicago, cinco personas se presentaron a nuestra primera reunión (en realidad ya era nuestra quinta semana de Exploremos a Dios). El grupo se mantuvo pequeño, pero el intercambio fue profundo. La falta de vivienda, la enfermedad debilitante, la maternidad soltera, el divorcio — nuestro variopinto grupo de creyentes y de indagadores compartieron unos con otros su quebrantamiento y con el Señor”. Michael me dijo que el grupo sigue reuniéndose todavía.

“Y yo las amo más de lo que pudieras imaginarte”.

Al grupo de la noche de los lunes se añadieron algunos indagadores, incluyendo a dos misioneros mormones que luchaban en verdad con la doctrina cristiana ortodoxa. El grupo de Emmett’s aumentó de repente con una mezcolanza de entusiastas conversadores, incluyendo a un hindú, a un joven técnico que se autodenominaba “ex hindú”, a algunos agnósticos, a ateos y a un completo desconocido que un miembro de la iglesia había conocido en el tren, y que había invitado para que echara un vistazo a la reunión. Las conversaciones nunca se desarrollaron según el plan, pero los participantes fueron siempre muy receptivos y sinceros, interesados de verdad en las aseveraciones de Cristo.

Todavía no estoy seguro de cómo interpretar este fracaso casi convertido en éxito. No conseguimos conversiones masivas. Pero sucedió algo poderoso. Dios se movió. Parecía decir: “Estoy llegando a la gente, pero lo hago con mis métodos y en mi tiempo”. Sí, yo tenía una estrategia de evangelización grande, amplia y audaz. Pero, evidentemente, Dios no quería eso: Él quería mi fidelidad, incluso si los resultados parecían pequeños y llenos de fracasos.

Todavía hay lugar para los planes grandes de evangelización, pero me pregunto si el éxito verdadero depende de lo que el autor y granjero Wendell Berry llamó “millones de pequeños actos... condicionados por pequeñas fidelidades”. Todo cristiano puede dar fe de eso. Todos podemos preguntarnos: ¿Cuál es mi próximo pequeño acto para mostrar a alguien el amor de Cristo?

 

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Ilustración por R.Fresson

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