La gloria que no vemos

Una observación detenida de destellos de Dios en acción a nuestro alrededor.

Cada semana me encontraba con un traficante de drogas, con un empresario corrupto y con un apostador profesional. Solo que a nadie le parecerían como tales, pues sentados junto a mí, se veían como personas comunes y corriente de la iglesia.

De clase media. De buena presencia. Religiosos. Pero aquí estaban, trofeos de la gracia, la evidencia de una extraña y misteriosa redención. Son destellos de otro mundo donde los pecadores se convierten en santos, pero de ninguna manera por sus propios esfuerzos.

Es probable que esta también sea su experiencia si va a la iglesia con regularidad. Puede parecer que el domingo, todos los que se reúnen vienen de su misma comunidad, bien vestidos y con un aire de espiritualidad. Pero hasta que usted llegue a conocer a algunos de estos hermanos en Cristo, y a escuchar sus historias, no tendrá la menor idea de la gran redención que está teniendo lugar a su alrededor.

 

Debido a que el reino de Cristo está presente, pero no plenamente consumado, vivimos en la tensión de las victorias ya ganadas y de las victorias por venir. Debemos anhelar que se produzcan cambios en esta vida, sin esperar demasiado. Debemos creer en los milagros, pero no exigirlos. Nos sometemos a la paciente labor del Espíritu Santo en la regeneración de nuestros corazones, pero necesitamos confiar en su tiempo imprevisible.

Tal vez el apóstol Juan sabía algo en cuanto a este misterio. Como joven discípulo de Cristo, había sido testigo de su paradójico ministerio: un milagro tras otro, seguido por traición, muerte y resurrección. Juan estuvo presente en la cruz, en la tumba vacía y en Pentecostés. Vio la expansión de la iglesia por todas partes en su tiempo, creciendo en medio de la persecución y dando origen a un gigantesco movimiento mundial.

Pero Juan vio también íntimamente lo que es el cristianismo. La iglesia del primer siglo era, al mismo tiempo, transformadora y complicada, obediente y rebelde, filadélfica y corintia. Es por esto que, en una de sus últimas cartas, el anciano apóstol escribió acerca de la naturaleza de la redención ya consumada pero todavía por perfeccionarse: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3.2).

Ahora somos hijos de Dios; sin embargo, no somos todavía lo que seremos. Estamos cambiando, pero no tenemos la menor idea de cuán plena será algún día nuestra santificación.

Quienes han sido cristianos por mucho tiempo como yo, con frecuencia nos vemos atascados en el “aún no”. Las décadas de ministerio pueden formar una costra de cinismo alrededor de nuestro corazón. Muchas veces, por estar atrapados en la tristeza del crecimiento lento, de las situaciones adversas y de los santos pecaminosos, cerramos nuestros ojos al pequeño pero milagroso cambio que está teniendo lugar en los bancos de la iglesia. Exprostitutas, exestafadores y exchismosos están a nuestro alrededor, y no vemos lo que está sucediendo. Y lo que es peor, no nos damos cuenta de los destellos de cielo en nuestra propia vida. No somos lo que debemos ser, pero tampoco somos lo que fuimos una vez.

Hasta que usted llegue a conocer a estas personas y a escuchar sus historias, no tendrá la menor idea de la gran redención que está teniendo lugar a su alrededor.

Pero existe un remedio para nuestra ceguera: involucrarnos en las historias de nuestros hermanos y hermanas, haciéndoles pregunta en cuanto a sus peregrinajes de fe y rindiendo adoración a un Dios que sigue, en el siglo XXI, ocupado y transformando a un pueblo para Él.

A estas alturas sabemos que nuestras iglesias distan mucho de ser perfectas. Sabemos a estas alturas qué clase de pecado y de desesperanza siguen haciendo daño al testimonio del evangelio. Conocemos las frustraciones de vivir entre pecadores. Pero lo que podemos ganar de nuevo, por el esfuerzo deliberado de contar nuestras propias historias y de escuchar las de los demás, es una fe renovada en el poder de Dios para transformar vidas. Así entenderemos mejor la lucha contra el pecado que sostienen algunos de los miembros de nuestra familia de la fe. Tendremos información espiritual para reforzar nuestra fe en el poder transformador del evangelio.

Y la próxima vez que nos sintamos desanimados o nos preguntemos si toda esta actividad de la iglesia importa, podremos apuntar hacia nuestros semejantes, y decir: “Dios puede hacerlo. Dios lo está haciendo. Dios lo ha hecho”.

Y también podremos mirarnos en el espejo y saber que Dios llevará a cabo sus actos de restauración gradual en nosotros, en los rincones más profundo y más pecaminosos del corazón que mejor conocemos —el nuestro. Esta gracia no hará que desaparezcan las tormentas, pero sí nos recordará a Aquél que nos guía en medio de ellas. No hará que la lucha contra la muerte sea más fácil, pero sí da un poco más de luz a nuestro camino. No veremos el máximo esplendor de nuestra santificación, pero sí podemos encontrar esperanza en estos pequeños momentos de gloria.

Hay redención alrededor de nosotros. Eche una mirada. ¿Puede verla?

 

Ilustración por Cristina Couceiro

Artículos relacionados

Amados tal como somos

Fingimos estar muy bien, pero a menudo estamos viviendo una falsa apariencia. No desperdicie su tiempo buscando la perfección, cuando puede buscar a Cristo quien le perdona y acepta ...

por
¿Qué ocurre con mis anotaciones?
Color de fondo:
Claro
Aa
Oscuro
Aa
Tamaño de letra:
A
A
A