La obra de sus manos

Debemos celebrar nuestras diferencias. Después de todo, Dios lo hace.

Me paré en la parte de atrás de la boutique con mi madre, con temor de tocar los elaborados bordados con abalorios que estaban en la mesa que teníamos adelante. La dueña de la tienda se movía alrededor nuestro, con las manos volando entre los bastidores de ropa mientras elogiaba los méritos de cada prenda: una fue bordada a mano y con cuentas, otra era de seda, y otra acababa de llegar de la India.

Mientras destellos de color dorado, rojo y verde captaban la luz, un torrente de pensamientos de ansiedad corrió por mi mente. Tenía que encontrar un vestido de novia, y nuestras opciones eran limitadas a menos que tuviéramos algo especial o que viajáramos a la India. ¿Existía algo en el estado de Georgia que hablara tanto de las tradiciones, tanto indias como occidentales? Anhelaba tanto ponerme algo que honrara el trasfondo de mi familia, así como el de mi futuro esposo. Me encontré viviendo en esta tensión muchas veces mientras planificábamos nuestra boda “intercultural”.

 

Vivir en el equilibrio de culturas diferentes no era nada nuevo para mí. Por haber crecido como hija de inmigrantes en los Estados Unidos, había luchado a menudo con mi identidad y siempre sentía como que no encajaba. Me preguntaban con frecuencia: “¿Qué eres tú?”. Sabía que se referían a mi origen étnico, pero yo les decía: “Soy una niña”, con la esperanza de seguir adelante en la conversación. Mis compañeros de clase, por lo general, no quedaban satisfechos.

Si les decía que mi familia era de la India, la siguiente pregunta tenía que ver a menudo con la “tribu” de mi familia o los estereotipos de los surasiáticos. Acepté que, para conocer a nuevas personas, a veces era necesario distinguir entre estadounidenses nativos e indios asiáticos, o no sentirme bien preparada para hablar en nombre de la vasta diáspora india cuando me hacían preguntas sobre temas como nuestras capacidades académicas o nuestra comida. Intentaba hacer esto con gentileza haciéndome objeto de humor, para así disipar la tensión.

No me daba cuenta del impacto a largo plazo de basar tantas de estas interacciones en el auto desprecio. Quería esconderme de la rica y hermosa historia que llegó con mis padres a este país, y no quería llamar la atención. Pero al evitar la carga de hablar en nombre de esta comunidad mundial, había dejado que los demás creyeran que mi herencia era como un chiste, y nunca he asimilado mis propios temores de no encajar.

Había dejado que los demás creyeran que mi herencia era como un chiste, y nunca he asimilado mis propios temores de no encajar

Cuando me convertí en cristiana en la universidad, fue una conversión reacia. Creía que mi fe me exigiría que renunciara a parte de lo que era, porque no conocía a ningún cristiano que se pareciera a mí. Me preocupaba que esta nueva identidad existiera en conflicto con los otros nombres que yo llevaba: cristiana, india, estadounidense, ¿cómo podrían encajar entre sí?

A medida que crecía en mi comprensión de las Sagradas Escrituras y de la historia de la Iglesia, aumentaba mi confianza en que Dios verdaderamente nos busca a todos. Me enteré de que la Iglesia en la India había existido mucho antes del colonialismo europeo, y de que sus orígenes se remontan a los apóstoles Tomás y Bartolomé. Así como mis compañeros de la infancia me habían mirado a través de un lente muy específico, yo había percibido de manera incorrecta cómo se veía la Iglesia en el mundo.

Años más tarde, cuando mi futuro esposo y yo comenzamos a hablar sobre el matrimonio, me preocupaba la percepción que pudieran tener nuestras familias acerca de las tradiciones de la otra. Su familia era estadounidense, pero también la mía. Era solo que su familia había estado aquí por unas cuantas generaciones, y yo era la primera persona de mi familia nacida en este país.

Una vez más, me daba temor no encajar, basándome en las mismas generalizaciones sobre la cultura, las tradiciones y los idiomas de la India, haciendo caso omiso de los catorce idiomas nacionales y los cientos de otros que se hablan allí. Bromeaba acerca de ser buena en matemáticas y en la comida picante, y desde luego no invitaba al Señor a estas conversaciones.

Pero al pensar en estas diferencias, olvidaba que lo que el mundo piensa de mí no afecta quién es Dios.

Pero actuar de esta manera me hacía sentir inquieta por nuestro futuro como marido y mujer y, algún día, como padres. Si no podía explicarme a mí misma a estos adultos, ¿cómo podría desenvolverme en una familia multicultural? No quería sentirme como si estuviéramos constantemente eligiendo una cultura o una tradición familiar por encima de otra. Pero al pensar en estas diferencias, olvidaba que lo que el mundo piensa de mí no afecta quién es Dios. Las Sagradas Escrituras son claras: el Señor se dio a sí mismo por “toda nación, tribu, pueblo y lengua” (Apocalipsis 7.9). Su sacrificio —su amor— no es condicional.

El Señor celebra nuestras diferencias, porque son la obra de sus manos, y al mismo tiempo nos llama a ser un solo Cuerpo, la esposa de Cristo. La familia de mi esposo me sorprendió al practicar la pronunciación de los nombres de mi familia, al probar nuestra comida por primera vez, y al abrir sus corazones y sus hogares a una nueva experiencia cultural. Y me di cuenta que era más capaz de recibir preguntas con amor, ayudándoles genuinamente a crecer en su comprensión de mi familia, en vez de desviar la conversación con bromas. También aprendí sobre las tradiciones familiares de ellos y de su historia, y valoré la oportunidad de tener conocimiento de los familiares alemanes e italianos que vinieron a este país para crear nuevas vidas para sus familias, allanando el camino para que las generaciones futuras crecieran y lograrán aun más.

Al final, entretejimos Oriente y Occidente de muchas maneras: casándonos vistiendo un lehenga y un sherwani en un antiguo edificio del centro de Atlanta, incluyendo la música que fusionaba los estilos devocionales indios con temas cristianos, y sirviendo pollo al horno junto con pollo tikka masala. El aliento del Señor fue claro cuando celebramos el inicio de nuestro matrimonio de esta manera —trascendiendo las culturas al unirlas, y regocijándonos con las diferencias mientras mirábamos hacia lo nuevo.

 

Ilustraciones por Lokesh Karekar

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