Lo que está juego es su cerebro

La realidad científica subyacente en el desarrollo de una mente sana.

Los días de verano en mi vecindario estaban llenos de los elementos típicos de la niñez: montar en bicicleta, comer paletas y nadar en piscinas. Pero nuestra calle tenía algo especial: un gigantesco roble con ramas fuertes, vigorosas y firmes. Cada día, nuestra pandilla pasaba horas subiendo y bajando de ese árbol, atreviéndonos a ir más alto que el día anterior. Y mientras trepábamos, escribíamos una historia juntos, en la que cada uno añadía detalles y giros de la trama mientras nos esforzábamos por llegar a la rama siguiente. Pasé muchos días calurosos y coloridos en ese árbol, con mis dedos tocando la áspera corteza y las hojas aterciopeladas, disfrutando de la brisa y sintiéndome a kilómetros de distancia de la tierra.

 

Pensaba que simplemente estábamos jugando, pero algo importante estaba ocurriendo durante esa larga y lenta temporada. Mi cerebro estaba siendo moldeado y estimulado de maneras que aún no logro entender por completo. Según los investigadores del Centro de Desarrollo de la Niñez y la Familia de la Universidad de Missouri-Kansas City, “muchas de las tareas fundamentales que los niños deben llevar a cabo (...) pueden ser aprendidas más eficazmente por medio del juego al aire libre. Por ejemplo, cuando los niños se mueven por encima, por debajo, a través, al lado y cerca de los objetos y de otras personas, entienden mejor el significado de las preposiciones y los conceptos geométricos”. Asimismo, “cuando se da a los niños la oportunidad de demostrar físicamente (...) palabras descriptivas como fuerte (...) o enorme, la comprensión de la palabra es inmediata y duradera”. De este modo, aprender mediante juegos “crea más redes neuronales en el cerebro y en todo el cuerpo, haciendo que todo el cuerpo sea una herramienta para el aprendizaje”.

Jaak Panskepp, investigador de la Universidad Estatal de Washington (until his death in 2017), afirma que “el juego activa toda la neocórtex”, o corteza nueva, la capa superior de los hemisferios cerebrales donde se llevan a cabo funciones neuronales de orden superior. Unos treinta minutos de diversión cambian significativamente alrededor de 400 genes en ese magnífico y misterioso órgano. Pero, a pesar de lo interesantes que son estos descubrimientos, los científicos están apenas creando una terminología compleja para algo que la Biblia deja claro: hemos sido creados de una manera admirable, maravillosa (cf. Salmo 139.14).

No fuimos creados solamente para el trabajo agotador y las adversidades.

Eso significa que no fuimos creados solamente para el trabajo agotador y las adversidades. Por el contrario, nuestro Padre celestial “nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos” (1 Timoteo 6.17). Cristo vino para que tengamos vida “abundante”, y el juego es una de las cosas que hace posible la vida abundante (Juan 10.10). De hecho, según Thomas Hendricks, profesor de sociología de la Universidad de Elon, el juego es “un proceso dinámico y siempre cambiante lleno de ambigüedad y sorpresas”.

Nos hemos mentalizado de que el juego es frívolo, una pérdida de tiempo, y quizás hasta pecaminoso, pero eso no podría estar más lejos de la verdad. Hay una razón por la cual nuestros cuerpos y cerebros, hechos ambos por la mano de un Dios amoroso, florecen cuando jugamos: porque fuimos creados para ello. El juego es una forma esencial de entender al mundo y de encontrar nuestro lugar en él. Por medio del juego se crean relaciones, se enciende el amor, y se fortalece la confianza. Si interactuamos jovialmente con nuestro entorno, descubriremos que seremos más alegres y creativos en todo lo que hagamos, incluso en las tareas cotidianas que, de otro modo, pudieran amenazar con agotarnos.

Consideremos a Marlow y Frances Cowan, la pareja de ancianos que se inmortalizó en internet hace unos años cuando fueron filmados tocando juntos en el piano “Put On Your Old Gray Bonnet” (Ponte el viejo gorro gris) en un vestíbulo de la Clínica Mayo. Ambos tocaban la alegre melodía, moviéndose al compás de ella, y dándose palmaditas cariñosas en sus traseros cuando cambiaban de posición en el piano, sonriendo y riendo como locos todo el tiempo. En un lugar donde reina la enfermedad, y el juego puede ser rechazado como absolutamente absurdo, estos dos tortolitos levantaron el ánimo de los presentes, y alegraron a millones en línea. Si eso es lo que sucede al final de un juego, cuenten conmigo.

Hay una razón por la cual nuestros cuerpos y cerebros florecen cuando jugamos: porque fuimos creados para ello

Pensemos en la historia que le conté al principio, la de los días arbóreos de mi niñez. En ese tiempo, no pensaba que trepar ese árbol me ofrecería algo práctico. Era solo un reto divertido que me enseñó a confiar en mi cuerpo y a tomar los riesgos apropiados. Logré tener una comprensión del mundo creado por Dios al pasar tiempo en su creación. Y al mismo tiempo que añadía mis pedacitos a la narrativa que mis amigos y yo creábamos, mis habilidades de cuentacuentos mejoraron. Jugar con palabras y entretejer frases se convirtió en un motivo de alegría para mí, por lo que comencé a llevar un diario, lo que nunca podría haber hecho si no hubiera estado expuesta a la creación literaria de una manera tan positiva. Todo eso, que parecía insignificante y una absurda pérdida de tiempo, me llevó a algo maravilloso.

Claro, esto no quiere decir que la vida sea toda alegría y color de rosas. Como toda persona que está aprendiendo lo que significa morir a sí misma, mi vida se parece mucho a la suya. Está llena de mil y una cosas poco deseables, tales como visitas al médico, preparar comidas, trabajar en el jardín, preparar proyectos científicos, prácticas de béisbol, plazos de entrega y horas interminables de tráfico. Pero el juego nos recuerda que nuestros días no están hechos para ser soportados hasta que venga algo mejor. Cada juego tiene una parte de misterio y de alegría, si uno quiere que sea así. Los días en que trepábamos el árbol pueden haber quedado atrás, pero eso no significa que no pueda haber siempre una temporada veraniega en nuestras almas.

   

Ilustraciones por Lisk Feng

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