Los ídolos que nos roban la atención

Cómo buscar la vida abundante en una época de distracciones

Los domingos por la tarde me gusta hacerle preguntas a mi hijo adolescente sobre el sermón que escuchó en la iglesia en la mañana. “¿Qué te pareció?” le digo, y espero la inevitable respuesta de una sola palabra: “Bien”. Por lo general, presiono un poco, pidiendo más detalles, solo para descubrir que no puede recordar nada sustancial de lo que se dijo. En mis días mejores, sonrío y no digo más nada. Pero, en los peores, le pregunto por qué no puede recordar, dejando que mi frustración matice mi voz. Su respuesta es, con frecuencia, la misma: “Quiero escuchar, pero es muy difícil prestar atención”.

Mi hijo tiene razón. Prestar atención es difícil, y en los últimos tiempos pareciera ser más difícil. Después de todo, vivimos en lo que Alan Jacobs llama “una era de distracción”, en la que tantas exigencias piden nuestra atención, que tenemos cada vez menos para dar. Los típicos acaparadores de nuestra atención —la televisión y otros medios, los deportes, la política, la cultura popular, incluso el trabajo— se han acrecentado al migrar a la Internet, donde se han convertido en tentaciones permanentes y siempre disponibles. Y lo que es peor, sacrificar a estos dioses codiciosos se ha convertido no solo en algo común, sino además en un estilo de vida normal. Los lugares que antes fomentaban la interacción social, ahora ofrecen otro espacio para distraerse aun rodeados de otras personas.

Hablar así me consuela, porque me permite señalar con el dedo a alguien o algo que no sea yo. Quiero culpar a las corporaciones que usan cada plataforma disponible para sus anuncios publicitarios; a los restaurantes que cubren sus paredes con televisores; a las empresas de tecnología por bombardear mi teléfono con más y más ofertas mediáticas. Quisiera atacar a cualquiera que haga menguar mi atención a Dios, su Palabra o su pueblo. Y, como Adán, llego incluso a culpar a las dádivas buenas de Dios, por mi debilidad y mi pecado: “Estos dones de la gracia común me distrajeron”.

En realidad, tengo que enfrentar un hecho preocupante: soy yo quien entrega mi valiosa atención. La derrocho de forma tan frívola como derrochó su herencia el hijo pródigo en el capítulo 15 del Evangelio de Lucas. Entonces me encuentro arrodillado en el comedero con los cerdos, en vez de disfrutar de una vida abundante en la casa de mi Padre.

En realidad, tengo que enfrentar un hecho preocupante: soy yo quien entrega mi valiosa atención.

Y justo ese es el problema. Jesucristo prometió vida abundante (Juan 10.10), pero ¿cómo podemos tener vida abundante si ignoramos la forma en que derrochamos nuestra claridad mental? ¿Y cómo podemos escapar de ese país lejano de distracción para cultivar no solo una vida abundante, sino también una vida generosa? En la parábola, el hijo pródigo encontró su camino a casa otra vez, y su historia puede servir como una luz para el camino oscuro que tenemos por delante. Nosotros también podemos regresar a casa, con lo que me refiero a una vida más consciente.

Nuestro viaje comienza, como el del hijo pródigo, cuando somos capaces de reconocer dónde estamos y cómo llegamos allí. Nuestra tarea más difícil puede ser la primera: ver dónde estamos, porque nuestro brillante mundo nubla nuestra visión y oculta la pocilga. Necesitamos que las luces se atenúen un poco para entender qué tan lejos nos hemos desviado de lo verdadero, lo bueno y lo bello —para ver que nuestra vida distraída no cumple sus promesas de más y mejor. En otras palabras, tenemos que encontrar el botón de “apagado”. Eso podría significar literalmente apagar un dispositivo, pero también podría significar decir no a otro compromiso; o salir al mundo natural; o tan solo quedarnos un poco más para tomarnos esa taza extra de café en el porche. Podemos llamar a esto atención de primera etapa, porque es lo que revela nuestra necesidad, y prepara el camino para una vida más atenta.

Después de este reconocimiento viene la oportunidad de ser dueños de nuestra condición; en otras palabras, de reconocer que fuimos nosotros quienes tomamos las decisiones que nos llevaron a nuestra situación. El hijo prodigo ve su hambre por lo que es en realidad: el fruto de su derroche. Nosotros también tenemos que recuperar la cordura y reconocer el costo elevado de desviar nuestra atención. Señalar con el dedo a la tecnología o algún otro chivo expiatorio, rechaza nuestra propia culpabilidad; en cambio, aceptar nuestra responsabilidad nos libera para caminar a nuestro hogar.

Luego podemos utilizar nuestro conocimiento y voluntad para elegir de forma distinta —para atender de manera diferente a como lo hemos hecho. “Atender en realidad”, como escribe Alan Jacobs, “es dar de uno mismo con intención”. Esa determinación es evidente en la decisión del hijo pródigo de regresar a su padre, incluso a costa de su propia libertad. Cuando atendemos de esta manera, abrimos los ojos con determinación y enfocamos nuestra mente en el objeto de nuestra atención. Y, al igual que el hijo pródigo, encontramos el objeto más digno en nuestro Padre. Al menos en ese momento, nada más interfiere. Esto equivale a vivir no solo para Dios, sino también con Él.

Este es un trabajo difícil. Las distracciones que encontramos a diario prometen diversión y deleite, pero estas son imitaciones falsas de la vida eterna. Dios, en cambio, nos promete salvación, ahora y por la eternidad. E incluso más importante, Dios se ofrece a sí mismo con el amable recordatorio: Atención, por favor.

Illustraciones por Jon Ham

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