Mi experiencia de adoración

Hay más de una manera de acercarse al trono de Dios

Todos los asientos de la sala estaban llenos, así que un puñado de personas, entre ellas yo, tuvimos que pararnos contra una pared trasera —una hilera de ventanas que iban del piso al techo, y que bañaban la sala con la brillante luz del sol matutino. De pie en una plataforma un poco elevada había una pareja reconocible para cualquiera que estuviera familiarizado con el mundo moderno de la adoración. Habían venido para guiarnos a un tiempo colectivo de alabanza. Y así lo hicieron, comenzando con una oración que ensalzaba los atributos de Dios, y haciendo después una rápida transición a cantos animados. Entretejido con la letra estaba el testimonio de la oración contestada, y en poco tiempo la mayoría de las personas en la sala estaban levantando las manos y las voces. Pero de repente la música se detuvo. Un miembro del dúo dijo: “Bien, tenemos algunas personas en la parte de atrás tratando de ser demasiado frías esta mañana. Así es, estoy hablando con ustedes. ¡Vamos, junten sus manos y únanse a todos los demás!”. Todas las cabezas de la sala se volvieron para mirar a los que estábamos en la parte de atrás. Y confieso que yo no estaba aplaudiendo, pero no por un intento de ser frío.

“Bien, tenemos algunas personas en la parte de atrás tratando de ser demasiado frías esta mañana. Así es, estoy hablando con ustedes. ¡Vamos, junten sus manos y únanse a todos los demás!”.

En palabras del himno de Ira Stanphill, “Hay lugar en la cruz para ti”. Lo creía en mi niñez. Todavía lo creo. Pero una pregunta ha surgido a medida que he envejecido: ¿Hay espacio en la iglesia para mí? Ese día en la sala iluminada por el sol, sentí el aguijón de esa pregunta, junto con la mirada concentrada de una sala llena de gente. No cuestioné la sinceridad de nadie esa mañana, pero sentí como si la mía estuviera bajo escrutinio, porque no podía unirme a todos los demás ni a esa expresión de fe tan veraniega.

El problema es que tengo un alma invernal.

Una fe veraniega se muestra entusiasta y es natural que se preste a los aplausos, tal vez incluso a algunos golpes con los pies. Esta frase del himno de Robert Loveless lo resume bien: “Cada día con Cristo es más dulce que el día anterior”. Hay algunas personas que conozco y amo, que tienen una fe veraniega, y no descartaré sus expresiones de adoración. Tomo en serio lo que dicen. Pero porque son muy queridos para mí, tengo preguntas en cuanto a lo que sucede el día en que Cristo no sea más dulce que en el anterior. ¿Qué hacer con ese día? ¿O con esa semana? ¿Con ese mes? ¿O con ese año?

Con cada viaje alrededor del sol, me siento cada vez más a gusto con los himnos de David y compañía. Sí, en ese viejo himnario, los Salmos, encontramos frases como: “SEÑOR, escucha mi oración, atiende a mi clamor; no cierres tus oídos a mi llanto. Ante ti soy un extraño, un peregrino, como todos mis antepasados. No me mires con enojo, y volveré a alegrarme antes que me muera y deje de existir”. “SEÑOR, escucha mi oración, atiende a mi clamor; no cierres tus oídos a mi llanto. Ante ti soy un extraño, un peregrino, como todos mis antepasados. No me mires con enojo, y volveré a alegrarme antes que me muera y deje de existir”. Y “los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos”. (Véanse Salmos 39.12, 13; 90.10).

 

Estos no son los versos más indicados para animar a la multitud dominguera. Pero vivimos en el mundo de lunes a viernes por largo tiempo —amamos a personas, lugares y cosas— y tenemos que reconocer que hay días cuando esas frías frases dan en el blanco. Sí, estamos llamados a ser únicos en nuestra devoción y compromiso con el Hombre de Galilea, pero sin duda alguna eso no significa que nuestras expresiones individuales de fe serán siempre idénticas a las de los demás. No estoy tratando de decir que un enfoque sea correcto y que otro sea incorrecto. Pero sí que los adoradores de Dios somos diferentes, lo cual es muy bueno.

Mi ruego es que haya más espacio. Mi súplica es una petición de una adoración más sazonada —de exuberancia cuando el Espíritu esté cerca, pero también de espacio para admitir la ausencia, o mejor dicho, la sensación de ausencia de Dios. Si alguien como David, ese hombre según el corazón de Dios, puede expresar esas proclamaciones invernales, ¿no deberíamos nosotros tratar de vivir y de adorar también teniendo mayor espacio para la adoración?

No descartaré la adoración de las mañanas soleadas. De hecho, la necesito. Si no tengo cuidado, puedo dejar que mi alma invernal haga que me retire de la congregación, y Dios nunca planeó que la vida de fe fuera un esfuerzo en solitario. Pero, a cambio pido que, por favor, no desechen mi afinidad dada por Dios por el invierno; que en lugar de aplaudir, prefiera frotar mis manos en quietud ante las brasas de la fe.

Así como el invierno necesita el verano, el verano necesita el invierno; y, de hecho, lo mismo sucede con la primavera y el otoño. Los dones de un alma invernal al cuerpo de Cristo son un recordatorio muy necesario de que nuestro Dios de gloriosa luz es también el Varón de dolores, muy familiarizado con el frío de la vida. En otras palabras, si vamos a buscar con empeño al Dios que es la fortaleza de nuestros corazones y nuestra porción para siempre, yo necesito a otros y otros me necesitan a mí, también.

Ilustración por MLC

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