No glamorosa, pero llena de gloria

Sobre la hermosura de ser una congregación poco impresionante

Era el año 2007. El primer iPhone fue lanzado, los Medias Rojas ganaron la Serie Mundial, y Britney Spears (pobrecita) se afeitó la cabeza. Pero en medio de todo ese alboroto, mi familia y yo dejamos una de las iglesias más increíbles que hemos experimentado hasta la fecha. Nuestra salida no se debió a un escándalo pastoral, ni a un problema de relaciones personales, ni al viaje de treinta minutos por trayecto cada domingo. No, nos fuimos por nuestra propia voluntad, porque habíamos tomado la decisión de tener nuestra adoración local, es decir, en la misma área donde vivíamos, muy de acuerdo con el sabio consejo de Eugene Peterson. Durante varios años, al pastor y poeta se le ha preguntado qué diría a los cristianos más jóvenes que buscan un discipulado más profundo y auténtico. Nunca dudó en esto: “Vayan a la iglesia más pequeña más cercana, y comprométanse a estar allí por seis meses. Si no funciona, busquen otra. Pero no busquen programas, no busquen entretenimiento y no busquen un gran predicador. Una congregación cristiana no es un lugar glamoroso, no es un lugar romántico…”.

Mi familia y yo dejamos una de las iglesias más increíbles que hemos experimentado hasta la fecha.

No es justo la respuesta que esperaría, ¿verdad?

En cuanto a nosotros, fuimos a parar a una congregación luterana a cuatro minutos de nuestra casa. Y más de una década después, seguimos allí. Ahora bien, adorar en una congregación local no es una opción para todos, y de ninguna manera es una regla esencial de la fe. Pero encontrar una iglesia más cercana, más pequeña y poco romántica, me ha enseñado mucho sobre qué es y qué no es la Iglesia.

La Iglesia no es

En Teaching a Stone to Talk (Cómo enseñar a hablar a una piedra), la autora Annie Dillard describe una experiencia que tuvo en una iglesia congregacional. “Semana tras semana me sentía conmovida... por el horrible canto que yo tanto amaba, por las letárgicas lecturas de la Biblia... por la horrible vacuidad del sermón, y por la lúgubre niebla de falta de sentido que invadía a todo el lugar”.

Válgame Dios, ¿por qué se sometió Dillard a esa deprimente experiencia de adoración? Ella reconoce con rapidez que era la iglesia más cercana a su casa, “la que tenía más a mano”. ¿Sabe algo? Algunos domingos, el canto en nuestra conveniente iglesia luterana es triste. No siempre estamos familiarizados con algunas de las alabanzas más nuevas, o las pantallas del ministro de audiovisual (o como se llame esa labor) se ponen borrosas. Es posible que los ángeles se horroricen un poco. Por otra parte, hay momentos en que todos conocemos la alabanza, tal como la Oración de la noche de Holden que se ha cantado durante el Adviento por años, y le digo que algo se eleva en las voces de los reunidos que solo puede ser descrito por la dulce frase: dulce, dulce espíritu.

¿Y los sermones? Mire, algunos domingos la chispa del pastor funciona bien, y sentimos nuestros corazones reconfortados de una manera extraña. En cambio, hay otros domingos —y digo esto como expastor y buen amigo de nuestro pastor actual— cuando esa chispa simplemente no se da. En esos domingos entra en juego uno de los frutos del Espíritu: la paciencia.

 

Mi punto es que la realidad que conocemos como iglesia nunca tuvo la intención de ser un espectáculo y, sin duda alguna, no fue diseñada para ser incluida en la categoría de “entretenimiento”. Sin embargo, aquí hay una verdad que sabemos, pero de la que no siempre nos damos cuenta: un mundo de espectáculos y de entretenimiento es donde la mayoría de nosotros vivimos durante la semana, y si no tenemos cuidado, vendremos los domingos por la mañana o los sábados por la noche, o cuando sea, esperando algo parecido. Que haya un mes “terrible” o “triste” de domingos, y proclamaremos: “La nube de Dios se ha movido, y debemos seguir”. Bueno, quizás la nube se movió. Pero quizás no.

La Iglesia es

Gran parte de lo que es la Iglesia es que se trata de una familia. Considere las palabras de Pablo en Efesios 2.19: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios”. Cuidado, no malinterprete esto. De lo que el apóstol Pablo y yo estamos hablando, es de personas unidas entre sí por el amor, una palabra cuya fuente es el Padre nuestro que estás en los cielos. Además, si usted está hablando de una “familia”, entonces está hablando de personas que se encuentran cerca unas de otras. En mi caso, eso es como mis amigos luteranos Patsy y Howard, a quienes veo con frecuencia en el supermercado y en los juegos de lacrosse. Ellos me ven con mi mejor ropa de domingo, y también me ven con mi ropa sudada después de haberme quedado sin gasolina a mitad de camino de cortar el césped. Cualquier variación sincera sobre el tema de la familia, es que nunca es glamorosa el ciento por ciento de las veces. Puede que ni siquiera sea el cincuenta por ciento. Pero la devoción a Dios y el amor a los demás, nos hace regresar, apareciendo una y otra vez, sin importar “si” —si los sermones son grandiosos o no, si la música es celestial o no, si preferimos la versión de la Biblia Reina-Valera 1960, o si el pastor utiliza la Nueva Versión Internacional, o incluso si tenemos ganas o no de ir. La iglesia es una familia: nos mantiene cerca, y cuidamos unos de otros.

“Solo quería que supiera que siempre me siento alentado cuando lo veo aquí. No sé bien por qué, pero lo siento”.

Sí, algunas familias pueden ser peligrosas. Es irresponsable pasar por alto los problemas grandes y, a veces, los pecados graves presentes en algunas iglesias. Esas realidades, sobre todo a la luz de nuestra cultura, deben abordarse de manera transparente y deliberada. Enfocarnos solo en lo positivo para ver la iglesia, no ayuda a nadie. Somos salvos, sí, pero estoy seguro de que usted habrá notado que los salvos todavía se enfurecen y chismean, tienen aventuras extramaritales y malversan bienes. Por lo general, solo el amor y el perdón de Cristo expresados por una familia local comprometida con el Señor, pueden cubrir una multitud de pecados de una manera que se siente real.

Unos seis meses después de unirme a nuestra conveniente iglesia luterana, pensé: Por Dios, ¿qué estoy haciendo aquí? Era uno de esos domingos poco románticos. Cuando salí de la iglesia esa mañana, un pastor joven, que nunca me había dicho nada antes, se me acercó con cierto incomodo: “Solo quería que supiera que siempre me siento alentado cuando lo veo aquí. No sé bien por qué, pero lo siento”. En ese momento me acordé de una cita que Kathleen Norris compartió en su libro Amazing Grace: “Vamos a la iglesia por otras personas... porque alguien puede necesitarnos allí”. Tomé la decisión de volver el domingo siguiente, y el siguiente, y el siguiente. Alguien puede necesitarme allí, y tal vez yo, también, pueda necesitar a alguien.

Eugene Peterson tiene razón: Una congregación cristiana no es un lugar glamoroso. Pero he llegado a darme cuenta de que puede ser un lugar muy hermoso.

Fotografía por Ryan Hayslip

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