Paredes invisibles

Al principio, no podía ver por qué no encajaba en la iglesia, pero podía sentirlo.

Mi familia estaba encantada de tener un supermercado de la cadena Costco en nuestra parte de la ciudad, en particular mi padre. Sin embargo, al caminar por la tienda un fin de semana después de la inauguración, él estaba más emocionado por algo más: habían pasado semanas desde su última convulsión, y no dejaba de hablar de ello. Luego, a mitad de nuestro recorrido de compras, notamos que él parecía diferente. Tuvo un indicio —una señal de que estaba a punto de tener una convulsión— a veces haciendo un chasquido con los labios o mirando a lo lejos.

 

Milagrosamente, estábamos al lado de una exhibición de colchones cuando eso sucedió. Lo ayudamos a sentarse y, después de un rato, a acostarse mientras su cuerpo temblaba sobre la cubierta de plástico. Una mujer se detuvo y se ofreció a orar. Mi madre no aceptó —teníamos que ocuparnos de la convulsión y llevarlo a casa. Pero nuestra nueva amiga de Costco insistió, sugiriendo que la sanidad de mi padre vendría solo a través de Jesucristo.

“Así no funciona”, replicó mi madre mientras conducía a mi padre hacia la salida.

 

Como la mayoría de las chicas, yo tenía enfrentamientos con mi madre. Y a medida que las enfermedades de mi padre avanzaban, nuestras discusiones aumentaban. Las dos, junto con mi hermana, teníamos miedo de perderlo. Tal vez, incluso, nos sentíamos molestas por el hecho de que él estuviera enfermo, lo que complicaba aun más una vida ya de por sí compleja, atrapada entre dos culturas.

Mi rebeldía en la adolescencia era la típica: resistencia a regresar a casa por las noches a cierta hora, comprar cerveza con la identificación falsa de un amigo, maquillarme después de llegar a la escuela. Pero también iba a la iglesia, solo para enfurecer a mi madre hindú.

Por esa misma razón, había estado “asistiendo” a un grupo de jóvenes durante semanas por invitación de una amiga, aunque nunca entraba. Al principio, llegaba, y luego simplemente me sentaba en el patio de la iglesia mientras duraba el servicio, esperando que me llevaran a casa. Pero con el tiempo empecé a unirme al grupo. Cantaba con timidez y escuchaba a los pastores hablar de este Jesucristo que todos ellos amaban tanto.

Había estado “asistiendo” a un grupo de jóvenes durante semanas por invitación de una amiga, aunque nunca entraba.

Entonces, una noche, sentí como si algo dentro de mí se abriera. Me eché a llorar.

Con el rostro humedecido y la voz temblorosa, traté de decirles que sabía que necesitaba estar allí. Formaron un círculo a mi alrededor, impusieron manos sobre mi espalda y mis hombros, y alguien dijo: “Repite después de mí”. Otro puso una pesada Biblia en mis manos.

 

La condición de mi padre empeoró, y yo buscaba un escape a través del trabajo, la escuela y los amigos. Después de eso, nunca aflojé la marcha. Mi padre falleció cuando yo estaba en el segundo año de la universidad.

En el siguiente Día de Acción de Gracias, mamá y yo tuvimos una pelea durante horas por algo que yo había olvidado.

Esa noche, me senté en la cama sintiéndome abrumada —enojada porque el mundo no se detuvo cuando murió mi padre, y desesperada por tener paz. Mi dolor finalmente me había alcanzado. Miré el techo astillado sobre mi cama, y oré sin mucho entusiasmo: “Dios, si eres real, ahora sería un buen momento para que te hicieras presente”.

“Dios, si eres real, ahora sería un buen momento para que te hicieras presente”.

El semestre terminó bien, con calificaciones excelentes, las cuentas pagadas, y algunos momentos de tranquilidad con mi familia. Tuve la sospecha de que Dios tuvo algo que ver con eso. Deseosa de saber más de Él, volvía con frecuencia a ese lugar en mi cama con la Biblia que había recibido en la escuela secundaria. También me acerqué a una antigua compañera de clase, y le pregunté si todavía iba a la iglesia, y si podía ir con ella.

Visitaba su iglesia y también varias otras. Pero cada vez, era lo mismo: no me sentía aceptada. Las comunidades no se parecían a mí; y rodeada de personas que habían asistido a la iglesia toda su vida, me sentía sola, muy dejada atrás en un viaje que acababa de comenzar.

 

Un domingo, me senté en la última fila de una iglesia, pensando en salir antes de que comenzara el servicio. Luego el pastor se acercó y se presentó: Su familia tendría una fiesta por la inauguración de su casa después del servicio, y me invitó a asistir. Con escepticismo, anoté su dirección.

Fui la primera en llegar. Entré, y me encontré con una mujer en la cocina: la madre del pastor. “¿Sabes cómo hacer macarrones con queso?”, me preguntó, mientras me entregaba una caja de pasta seca y una barra de queso Velveeta.

Cuando todos los demás llegaron, la esposa del pastor se me acercó y se echó a reír: “¡Te ves tan en casa en mi cocina! Ven cuando quieras”. Y en los meses siguientes, lo hice, compartía comidas con ellos y asistía al pequeño grupo de estudio bíblico que organizaron.

Las comunidades no se parecían a mí; y rodeada de personas que habían asistido a la iglesia toda su vida, me sentía sola.

Mis amigos pensaron que yo estaba loca. Mientras hacía un esfuerzo por cambiar mi estilo de vida y daba prioridad a mi fe, varios tomaron esto como un desafío personal para ayudarme a ver que yo estaba en el camino equivocado; algunos me acusaron de unirme a una secta, mientras que otros hicieron apuestas para ver cuánto tiempo duraría como cristiana. La pequeña casa que compartía con una amiga era a menudo el centro de fiestas de este grupo, que no encajaba con lo que yo me estaba convirtiendo

Después de algunas semanas de la situación, llamé a la esposa de mi pastor y le pregunté si podía irme a su casa. Me ofreció una llave de su casa: “Por si acaso”, dijo. Me acostaba en el sofá con regularidad, y despertaba a menudo con su hija subiéndose al cojín, armada de libros y juguetes. “¡Sunita!”, exclamaba ella cada vez. “¡No sabía que era una pijamada!”.

Luego de pasado algún tiempo, después de muchos meses de recibir tanta amabilidad, estaba conversando con gente de mi nueva iglesia en una cena entre amigos”. Alguien mencionó que los días festivos son difíciles, y algunos de nosotros susurramos nuestro acuerdo. Me di cuenta de que éramos tres en el grupo que habíamos perdido a padres o seres queridos —éramos miembros de un club al que ninguno había pedido afiliarse.

En los meses siguientes, los tres nos reuníamos o nos enviábamos mensajes de texto para vernos en los días festivos, cumpleaños y aniversarios. Con el tiempo, decidimos crear un espacio más permanente para compartir historias, orar y recordarnos unos a otros que no estamos solos en el proceso del luto.

A primera vista, yo no tenía mucho en común con este grupo. Sin embargo, en el enrevesado lío de la fe y de las pérdidas, de seguir viviendo y creando nuevos recuerdos sin olvidar los de antes, nos pertenecemos unos a otros. Y en eso, me sentía como en casa.

 

Ilustración por Eleni Debo

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