Razonemos juntos

Por qué debemos hacer el arduo trabajo de poner a prueba nuestra fe

Cuando mi esposo y yo nos enteramos de que lo iban a trasladar al centro de Londres por su trabajo, nos sentimos abrumados por la perspectiva de elegir una casa en el lugar adecuado. Siendo una veinteañera y anglófila de proporciones ridículas, me interesaba la belleza de los pueblos, los salones de té y los museos de los alrededores. Michael, el más sensato de los dos, determinó que nuestra necesidad más inmediata, más que la proximidad a los bizcochitos ingleses y a una tetera de Earl Grey, era una iglesia.

Poco después de nuestra llegada, visitamos una congregación local y de inmediato nos sentimos como en casa. El culto nos conmovió y la gente, a diferencia del clima británico, era cálida y acogedora. Sin embargo, tuve la impresión inmediata de que la predicación superaba mi intelecto. Nuestro pastor, John, egresado de universidades teológicas como St. Andrew y Ridley Hall en Cambridge, enseñaba con un intelecto feroz. Hacía accesibles sus mensajes al congregante promedio, pero estaba claro que su conocimiento superaba al de muchos pastores que yo había escuchado antes.

 

Uno de los primeros sermones que escuchamos predicar a John causó una impresión duradera en nosotros, y me ayudó a asentarme en el ritmo semanal de expandir y ampliar mi razonamiento y mis convicciones. En el sermón, dijo que ser cristiano no requiere que uno “deje el cerebro en la puerta”, sino que, más bien, la fe supone reflexión, lucha y examen cuidadosos. La fe verdadera puede resistir el rigor intelectual. Aunque yo no había hecho nada de eso hasta entonces, John me dio una idea de cómo podía ser mi fe.

Su sermón fue una invitación a utilizar todas las partes de mi ser, incluso mi intelecto, como un medio para adorar y conocer a Dios. Fue una invitación a la exploración, el pensamiento crítico y a una fe basada en algo más que generalizaciones y buenos sentimientos. Comencé a examinar mis creencias escuchando las voces de quienes no estaban de acuerdo conmigo, comenzando con los miembros de uno de los grupos de estudio bíblico mi iglesia, quienes me dieron la oportunidad de poner esto en práctica.

Por primera vez en mi vida, me encontré rodeada de creyentes que practicaban su fe de manera diferente a como practicaba la mía. Daban la bienvenida a los no cristianos a experiencias personales de fe, tenían estudios bíblicos en restaurantes y oraban por los desconocidos. Algunos de ellos se habían divorciado, otros estaban en período de recuperación, y algunos caminaban por una delgada línea entre la duda y la fe. Cuando me di cuenta de que tenían algo que enseñarme acerca de la fidelidad en virtud de sus vidas fieles, comencé a aceptar otras voces: las de los marginados, las de quienes provenían de tradiciones diferentes, y las de los nuevos en la fe. En mis amigos, vi un ejemplo de cómo calmar el corazón y escuchar sin una agenda o una refutación instantánea: cómo llevar mis preguntas a la Biblia y a Dios en oración.

Su sermón fue una invitación a la exploración, el pensamiento crítico y a una fe basada en algo más que generalizaciones y buenos sentimientos.

Uno de los problemas de ser cristianos desde niños, es que podemos quedar atascados en la fase de desarrollo y en las particularidades de la cultura de la iglesia en la cual llegamos a conocer a Cristo. A menudo adoptamos los principios de nuestros padres o de nuestra denominación sin debatir, lo cual es bueno y correcto cuando somos infantiles en nuestro razonamiento. Memorizamos pasajes bíblicos y aprendemos historias, pero muchos de nosotros no llevamos esto más allá. Permitimos que un pastor o maestro piense por nosotros, y nos sentamos como si fuéramos vasijas vacías esperando ser llenas de conocimiento un domingo por la mañana.

Los cristianos necesitan llegar a ser cuestionadores, aprendices de por vida, personas de mente abierta y bien razonados que entran en una conversación con nuestra fe. Necesitamos mantener el matiz en una mano y los absolutos morales en la otra, preguntándonos cómo se equilibran. Estudiar la Palabra de Dios a través del lente de la historia, la tradición de la iglesia, las comunidades de color, los teólogos y los no creyentes, puede llevarnos a una mayor comprensión de la fuente verdadera.

Después de escuchar las voces dentro de la iglesia, me expandí a áreas más allá de la experiencia cristiana. Recurrí a científicos, doctores y artistas y les preguntaba qué podía aprender de sus trabajos con relación a Dios. Entendemos mejor la Biblia cuando estudiamos cómo interactúan otros con ella, incluso quienes no tienen las mismas creencias que nosotros.

Hacer eso, es decir, “examina[dlo todo] cuidadosamente” y “retene[d] lo bueno” (1 Ts 5.21), me ha ayudado a darme cuenta de cuando quieren convencerme de una versión del cristianismo que no tiene nada que ver con Cristo. Hacer preguntas sobre nuestras tradiciones religiosas no cambia la naturaleza de Dios, pero sí nos cambia a nosotros. Dada la situación política y social actual, necesitamos cristianos de pensamientos profundos, y curiosos, personas bien estudiadas, imaginativas e intuitivas.

Acercarme a la fe de una manera más sólida ha hecho más que solo aumentar mi empatía y compasión; ha eliminado el temor de que mi fe se derrumbe bajo el escrutinio. Cuando me acerco a la puerta de la iglesia, lo hago con cada parte de mí. Ya no soy una vasija vacía que espera ser llenada, sino una que entra en un misterio glorioso con esperanza.

Ilustraciones por Peter Greenwood

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