Sanidad por la fe

Historias de perdón

Mi madre y yo entramos al santuario de la iglesia, donde un predicador hablaba de la sanidad por fe y repartía milagros: era la última oportunidad de encontrar alivio para mi asma severa de la infancia. Donde todos los demás habían fracasado (especialistas en pediatría, alergólogos, quiroprácticos, iridólogos y hippies raros que balanceaban cristales), él podría tener éxito, dijo mi madre, y ambos llevamos esa esperanza por las puertas laterales.

Si no me había sanado, era porque no había tenido suficiente fe. Y si no podía conjurar suficiente fe, ¿era mi enfermedad culpa mía?

Fue un servicio largo, al menos en la medida en que los niños cuentan el tiempo; y después de lo que parecieron horas de cantos, gritos y sanidad, llegó a su fin. Fue entonces cuando mi madre me tomó de la mano y me llevó por la alfombra azul al frente, donde esperaba el predicador. Me preguntó por qué había venido, y le dije que quería deshacerme de mi asma. Sonrió y dijo: “Con suficiente fe, todo es posible”. Me marcó la frente con una cruz de aceite de oliva y oró para que se abrieran mis pulmones. Declaró mi sanidad por la sangre preciosa de Cristo. Me aseguró que, si creía lo suficiente, experimentaría un milagro, lo que me pareció extraño, porque a pesar de la enormidad de mi fe de primer grado de escuela, no sentí que había sucedido nada milagroso.

En menos de una semana, tuve otro ataque de asma, la del tipo en que hay que utilizar un inhalador de polvo seco, y supe la verdad. No había sido sanado. Y si no me había sanado, era porque no había tenido suficiente fe. Y si no podía conjurar suficiente fe, ¿era mi enfermedad culpa mía? ¿Era mi respiración jadeante evidencia de mi duda?

Los detalles de este momento aún me causan mucho dolor. Yo era niño. El predicador era adulto. Puso la carga de la sanidad en el tamaño de mi fe, y a lo largo de los años, mientras reflexionaba sobre ese momento, quedaba con una serie de conclusiones: O Dios fue caprichoso en su fracaso en sanar a un niño creyente, o estuvo ausente. Tomé los huesos de mi historia, los envolví con estas conclusiones, formé un cuerpo de duda, donde entré. Entonces mantuve a Dios –el Dios que no me había sanado– a distancia.

Pasaron los años e hice lo que cualquier buen cristiano hace con un cuerpo de duda. Lo cubrí con capas de buenas obras. Estudiaba la Biblia, asistía a reuniones de oración y hacía visitas al hospital. Pasaron los años, e hice todo lo posible por hacer retroceder la voz del predicador, ignorar el dolor de la duda, y me las arreglé muy bien.

Me las arreglé, o sea, hasta que no pude más. Una nueva temporada de enfermedad había surgido –la enfermedad de mi hijo menor. En esa enfermedad, cuando más necesitaba a Dios, cuando Él no hizo un milagro médico, no pude evitar escuchar la voz de aquel predicador; creía todavía que era mi falta la razón de la inacción de Dios. Pensé que Él me había maldecido con la duda, y lo odié por eso. No podía ponerle fin al dolor de ese odio, al dolor de mi falta. Así que bebía. Mucho.

La vida hace lo que hace: golpea nuestros puntos dolorosos. Pero la misericordia de Dios hace lo que ella hace: revela la sanidad para esos puntos dolorosos, nos saca de más que solo el alcohol. Y cuando la misericordia de Dios me visitó, Él me mostró la sanidad para mi dolor nacido del odio y del resentimiento –el perdón. También me mostró esto: el perdón es una práctica casi imposible. De hecho, Jesucristo nos mostró que, sin empatía y comprensión, el perdón no es posible en absoluto.

Si un hombre debería haber albergado resentimientos por los abusadores espirituales o físicos, ese hombre era Jesucristo. Los poderes religiosos de la época lo entregaron a los poderes políticos del momento. Esos poderes políticos –los soldados romanos– lo azotaron, lo coronaron con espinas y lo clavaron en una viga de madero. Y después de soportar el peor castigo que los hombres podían imponer, el Creador miró a su creación, tanto a los líderes religiosos como a los romanos, y oró diciendo: “Padre, perdónalos; porque no saben lo que hacen” (Lc 23.34).

Cuando comencé a experimentar en verdad la misericordia de Dios, aprendí la práctica del perdón al examinar la cruz; y cuando lo hice, vi mi vida bajo una nueva luz. Aprendí a extender el beneficio de la duda al hombre que me había robado la fe de mi niñez. ¿Era un colaborador equivocado, alguien que pensaba que tenía el don de sanar? ¿Era un hombre de fe alocada, alguien que podía haber manejado su teología al azar con la mejor de las intenciones? ¡Quién sabe! Ver el corazón del hombre es un privilegio reservado a Dios. Extender el perdón de Cristo es el llamado de las Sagradas Escrituras. A medida que aprendía más sobre ese llamado cada día, la práctica del perdón me llevó a la comprensión de cómo yo había sido perdonado.

La práctica del perdón no deshizo el dolor introducido en mi vida por un predicador que hablaba de la sanidad por fe. Tampoco me quitó la duda. En vez de eso, me dio un lenguaje específico: Padre, perdona al predicador que hablaba de la sanidad por fe, porque él no sabía lo que estaba haciendo. Al ofrecer esa oración día tras día, comencé a sentir que algunas cosas estaban echando raíces: como la empatía, la sanidad y la sobriedad.

Ilustraciones por Jeff Östberg

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