Un llamamiento a la torcida conducta carnal

Cuando la comunidad de nuestra iglesia se vino abajo, pensé que nada podría volver a restaurarla. Pero luego Mac murió.

Caminé con cautela hacia las puertas delanteras de nuestra antigua iglesia. Era el último día de mayo, y yo estaba utilizando una plancha de vapor para desarrugar mi chaqueta deportiva cuando tomé la mano de mi esposa y avancé. El estacionamiento estaba lleno, el corte del césped tenía una semana de retraso. En la puerta, me incliné para abrazar a Keith, buscando palabras de condolencia más profundas que el “lo siento”. Después de un largo debilitamiento de su salud, su padre ya estaba descansando.

Desde hacía cuatro años mi familia no pasaba por esas puertas. No fuimos los primeros en marcharnos, ni tampoco los últimos. Ahora, mientras nos dirigíamos al santuario iluminado por el sol para el funeral de Mac, veíamos sonrisas en rostros familiares, y en todas partes había brazos extendidos mientras la iglesia se reunía de nuevo.

Cuando recuerdo lo que éramos, y con dolor pienso en lo que nos convertimos, veo que no fue el escándalo lo que nos separó, sino sus consecuencias. Cada iglesia debe lidiar con el pecado (y demasiadas con las fallas de sus líderes), pero nada de esto es insuperable. Tenemos al Espíritu del Señor, el amor de Cristo y la sabiduría del Padre para purificarnos y unirnos. Sin embargo, con qué facilidad somos destruidos cuando la carne gobierna nuestros corazones.

La iglesia corintia del primer siglo sabía de divisiones. Desde el comienzo de su primera carta, el apóstol Pablo se refiere a las disputas que estallaron en la congregación: desacuerdos sobre cuál maestro preferían los miembros. Establecieron pequeños bandos: el Equipo de Pablo, el Equipo de Apolos, el Equipo de Cefas, e incluso el Equipo de Cristo. Por eso, Pablo les aconsejó que “[estuviesen] perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer” (1 Co 1.10). Él quería que armonizaran en cuanto a palabras y pensamientos, que predicaran a Cristo crucificado, y se gloriaran solo en el Señor.

Mi iglesia local también había sido desgarrada por la división. Nuestro pastor fue arrestado, provocando una serie de especulaciones. Por un tiempo, estuvimos unidos en nuestro dolor, esperando un resultado. Pero cuando el pastor renunció, dejando muchas preguntas aún sin respuesta, nos encontramos formando pequeños bandos. Aumentaron ciertas opiniones en un sentido, al igual que opiniones contrarias; ambas se propagaron como levadura, los grupos se dividieron y se multiplicaron de manera exponencial.

Cuando recuerdo lo que éramos, y con dolor pienso en lo que nos convertimos, veo que no fue el escándalo lo que nos separó, sino sus consecuencias.

No obstante, con la revelación del Señor, el apóstol Pablo estableció la norma para la imagen y la forma del Cuerpo de Cristo. Sean cuales sean nuestras circunstancias, nos dice el apóstol, la Iglesia mantiene una cierta identidad. En las primeras líneas del apóstol Pablo a los corintios, escribe: “A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (1 Co 1.2, 3). Esta dedicatoria introduce varios principios que Pablo repite y desarrolla a lo largo de su carta.

En primer lugar, como miembros de la Iglesia y santos por llamamiento, pertenecemos a Dios. El apóstol Pablo tiene muy claro que las personas no merecen ser seguidas al extremo. Es correcto y bueno que busquemos buenos consejos y formemos opiniones, pero estas perspectivas nunca deben reemplazar nuestra identidad en Cristo.

El apóstol Pablo también identifica a la Iglesia como los santificados en Cristo. A lo largo de las Sagradas Escrituras, Dios se refiere a lo santificado como alguien o algo para un propósito santo —al igual que el séptimo día en la creación, su nombre, los sacerdotes y el primogénito de Israel, y el mismo Cristo. Así pues, ¡qué llamamiento santo es que nosotros también seamos identificados de igual manera! Sin duda alguna, toda nuestra ambición debería estar orientada a agradar a Dios, no a los demás. Y así debemos vivir, disfrutando del favor del Señor, en vez de conseguir el favor de otros, o menospreciando y destruyendo a nuestros hermanos creyentes.

No es que nuestras luchas no sean importantes, pero en medio de ellas, debemos reflexionar sobre algo más grande que nuestros bandos divididos.

Luego, el apóstol Pablo une a la iglesia local con la iglesia universal, recordándonos que estamos unidos en todo lugar por todos los que invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Esto nos da una imagen increíblemente grande de la familia terrenal de Dios, y tiende a hacer que nuestras controversias y murmuraciones particulares sean pequeñas, y a veces incluso tontas. No es que nuestras luchas no sean importantes, pero en medio de ellas, debemos reflexionar sobre algo más grande que nuestros bandos divididos. Debido a que Dios nos unifica en el nombre de su Hijo a una escala tan grande, sin duda Él es capaz de unificarnos a una mucho más pequeña. Y esto debería darnos una gran esperanza, incluso cuando enderece nuestra torcida conducta.

Entonces, ¿qué me enseña esta receta para la identidad, la pureza y la unidad en cuanto a los problemas de mi última iglesia? Bueno, para empezar, las olas de opinión son tan difíciles de dominar como lo es contener el mar. Yo era uno de los líderes en esa congregación, una persona informada y tomadora de decisiones, un influenciador que prestaba más atención a mi perspectiva que a la oración o a la unidad y pureza de la Iglesia. La dura verdad es que la imagen y la forma del Cuerpo de Cristo comienzan conmigo. Era necesario que me mostrara comedido en cuanto a mi llamamiento, honrado de ser considerado un santo, humilde de que Dios me hubiera consagrado, y ansioso por trabajar por la unidad. Esto significa que debería haber evitado que los rumores llegaran a mis oídos, e impedido que las teorías y las evaluaciones de los bandos llegaran a mis labios. Mi rostro, como el de todos los demás, debería haberse puesto en el Hijo del Hombre, por encima de todo aquello. Desde allí, podríamos haber avanzado, con paciencia, con la sabiduría de Dios en lo alto.

Mi esposa y yo tuvimos nuestras razones para marcharnos, al igual que los que nos precedieron y los que nos siguieron. Pero nos fuimos, sobre todo, por la salud espiritual de nuestros hijos, para que pudieran crecer en su amor por la Iglesia y no amargarse por su experiencia. Pero qué bien se sintió estar de vuelta en ese santuario ese último día de mayo, reunidos de todas partes para celebrar la vida de nuestro hermano Mac. Por primera vez en muchos años, sentí de nuevo como si este pequeño grupo fuera la Iglesia que desde hace mucho tiempo pertenece a Dios —santificada y unificada en Cristo.

Ilustracion por Dan Page

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