Un toque humano

Por qué el contacto físico es parte esencial del amor al cuerpo de Cristo

Es domingo en Nueva Creación, una iglesia de habla hispana en los suburbios de Chicago. Si la visitara por primera vez, podría quedar desconcertado, como yo, por el saludo habitual.

Después de un cálido apretón de manos, la otra persona se inclina para abrazar a uno e intercambiar un beso en la mejilla. Casi todas las personas le saludarán de esa manera. Al final del servicio, las despedidas son de la misma manera. En un domingo cualquiera, uno puede recibir un total de más de sesenta abrazos y besos en esta pequeña congregación.

 

Me tomó un tiempo para que esta práctica me gustara cuando comenzamos a asistir a Nueva Creación. Por haber crecido en la sociedad estadounidense, me parecía bien un simple apretón de manos y un abrazo ocasional. Pero ¿besar a adultos que a penas conocía? No tanto.

Con cierta rigidez, me inclinaba hacia adelante y acercaba mi mejilla a la de la otra persona, haciendo el sonido apropiado de un beso, pero con cuidado de no hacer ningún contacto entre labios y piel. La mayoría de los miembros de la congregación se acercaba a mí sin reservas. Los ancianos me honraban con palmadas en la mejilla y besos sonoros. Las mujeres mayores me abrazaban por mucho más tiempo de lo que creía necesario. A menudo me inclinaba hacia el lado contrario, dando lugar a cabezazos y disculpas.

Aunque quizás pude haberme resistido, expresando con mi lenguaje corporal que prefería solo un apretón de manos, seguí con los abrazos y los besos, queriendo cumplir con la práctica e integrarme al grupo. Después de unos meses, noté que siempre salía de la iglesia con el olor de una mezcla de perfumes, pero también noté algo más: Me sentía amada de una manera que rara vez había experimentado en otras iglesias a las que había asistido.

Si bien la calidez común de las personas en la cultura latina podría explicar parcialmente esto, que hay algo poderoso en cuanto al toque humano.

Investigaciones han demostrado que el toque es una manera muy eficaz de comunicar emociones y afecto.

Investigaciones han demostrado que el toque es una manera muy eficaz de comunicar emociones y afecto. En un estudio, se pidió a los participantes que comunicaran diversas emociones a una persona totalmente extraña, al tocar su brazo por un segundo de duración. Asombrosamente, la persona que recibió el toque sintió que había empatía de parte de la otra en casi el 60 por ciento de los casos. También sintieron gratitud, ira, amor y temor más del 50 por ciento de las veces.

Otro estudio demostró que los bebés prematuros que recibieron apenas tres sesiones de tacto de quince minutos cada día, durante diez días, ganaron entre 21 y 47 por ciento más de peso que los prematuros que solo recibieron el tratamiento médico estándar.

Tiene sentido que cuanto más toque recibamos de una manera respetuosa y cariñosa, más amados nos sentiremos.

Sin embargo, en muchas situaciones sociales en Norteamérica, incluyendo a algunas iglesias a las que he asistido, evitamos tocarnos más allá de un breve apretón de manos. Nos preocupa que cualquier situación se vuelva incómoda si la otra persona o quienes nos observen interpretan mal nuestra intención. Nuestra preocupación está enraizada en el temor que le tenemos al cuerpo, y a un malentendido de su papel en nuestra vida.

“¿Para qué son los cuerpos?”, pregunta Elizabeth Lewis Hall en un artículo con ese título. El pensamiento moderno no da al cuerpo ningún objetivo principal: es solo para ser controlado y exhibido, mientras que la posmodernidad convierte al cuerpo en una mercancía para ser comercializada, vendida y consumida. Ambos enfoques crean una división entre nuestros cuerpos y nuestras almas. En realidad, no somos nuestros cuerpos, según esta mentalidad, así que tratamos de escapar de sus límites y de sus desordenes, o hacemos lo que nos dé la gana con ellos, porque lo que suceda en nuestros cuerpos no tiene importancia al final.

El hecho de que Dios resucitó el cuerpo de Jesús, no solo su espíritu, apunta a la verdad de que nuestros cuerpos son parte de nuestro ser eterno.

Los cristianos han perpetuado y, a veces, agravado, este concepto de una división entre el cuerpo y el alma, que ha existido desde antes que comenzara la iglesia. Los gnósticos del siglo II, identificados más tarde por los concilios como una secta cristiana herética, adoptaron la idea platónica de que el mundo material es una sombra impura del mundo perfecto de las ideas, y consideraban que el cuerpo era una trampa maligna de la que el espíritu debía esforzarse por escapar.

Desde entonces, nuevas versiones del gnosticismo han acosado a la iglesia. Puesto que el cuerpo puede meternos en muchos problemas, es mejor, pensamos a menudo, no prestarle gran atención. Incluso si nuestras necesidades y deseos corporales no nos llevan al pecado, nos distraen de actividades más santas, más “espirituales”.

La Biblia nos da muchas razones para rechazar esta división entre cuerpo y alma. La encarnación de Jesucristo como el Dios-hombre unió para siempre a cuerpo y espíritu. El hecho de que Dios resucitó el cuerpo de Jesús, no solo su espíritu, apunta a nuestra propia esperanza de resurrección corporal, y a la verdad de que nuestros cuerpos son parte de nuestro ser eterno, no solo un caparazón temporal del que nos liberaremos un día.

Lejos de ser una carga para nuestra vida espiritual, nuestro cuerpo en verdad puede ayudarnos a conectarnos con Dios y con los demás. Hall analiza esta idea al leer 1 Corintios 6.13-20, donde Pablo habla de nuestros cuerpos como parte del cuerpo de Cristo, entre otras metáforas. Puesto que nuestros cuerpos están unidos a Cristo y a los otros miembros de su cuerpo, lo que hacemos con nuestros cuerpos individuales afecta todo. Cuando los usamos fuera de la intención de Dios (uniéndonos con una prostituta, según el ejemplo de Pablo), esto nos aleja de Cristo y de su pueblo. Cuando los usamos según la intención de Dios —para amar e interesarnos por los demás, servir, adorar— esto glorifica a Dios y fortalece el vínculo entre los creyentes.

En Nueva Creación, esta verdad es muy evidente. Por medio de cada abrazo y de cada beso, me viene a la mente que el cuerpo de Cristo no es una esencia efímera por ahí, sino esta mujer delante de mí con sus cálidas y brillantes mejillas, y este hombre corpulento con su minúsculo bigote y sus fuertes abrazos. Juntos, estamos unidos el uno al otro como el propio cuerpo de Cristo, no solo por credos y doctrinas, sino también por medio del roce de brazos, piel y labios; por medio de la recepción del pan y el vino.

Con cada toque, este conocimiento más se siembra en lo profundo de mis huesos: No soy una persona aislada, desconectada, sino unida a otros. Soy amada. Soy abrazada. Soy parte de un misterio más grande que yo –el misterio de Dios en carne y hueso. Cuando me acerco a besar a Lupe, o a Alma, o a Óscar, estoy tocando el cuerpo de Cristo.

 

Fotografía por Ryan Hayslip

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