Una iglesia como “yo”

No deberíamos tener que crear una comunidad espiritual a nuestra imagen para sentirnos como en casa.

Era un domingo a comienzos de noviembre, y al regresar al estacionamiento después de un servicio de adoración, encontré un panfleto debajo del limpiaparabrisas de mi auto. Examiné el área y vi el mismo panfleto en casi todos los autos, pero ninguna señal de la persona que los había puesto allí.

Tomé el panfleto para encontrar un mensaje de inspiración política. No vote por el candidato X, decía el papel, enumerando una serie de razones. Las personas que voten por el Candidato X no son cristianos de verdad, y se irán al infierno.

Sentí un escalofrío espeluznante. Yo era una votante indecisa; me sentí atacada en lo personal. ¿Cómo puede alguien hacer esto? Me encontraba en el estacionamiento de una iglesia evangélica. En el 2008, la mayoría de las personas iba a votar justo de la manera que el panfleto recomendaba.

Aunque yo estaba segura de que la manera en que votara en la elección del martes no podría determinar mi destino eterno, el malintencionado mensaje me confundió. Mi fe y la forma en que la había vivido, había cambiado a lo largo de los años, en realidad – había crecido. Había conocido a cristianos de otras iglesias y denominaciones, e incluso de otros continentes, cuyas convicciones desafiaban las mías. Me había sumergido de nuevo en las Sagradas Escrituras, reevaluando mis suposiciones anteriores acerca de cómo debían vivir, adorar e incluso votar los “buenos cristianos”.

Mirando el edificio de la iglesia, me pregunté si todavía tenía un lugar allí, con todas mis preguntas y mis dudas, e incluso con mis nuevas convicciones. No voy a irme al infierno por la manera en que vote. Me tranquilicé, y después arrugué el papel, lo tiré sobre el piso del asiento del pasajero, y me fui a casa.

 

Hace poco, una amiga admitió que la iglesia a la que asiste su familia “ya no funciona” más para ellos. No es un cambio en los programas o el enfoque lo que ha creado sus interrogantes. Es, más bien, porque ella y su esposo creen que su fe ha crecido en algunas áreas, y la iglesia no ha avanzado. Por ahora, se quedan. Pero no es fácil. Y su tono señaló que pronto podrían estar buscando una nueva iglesia.

Yo también he sentido la presión sofocante de sentirme como una extraña espiritual, como la persona cuya fe ya no encaja. Me quedé por al menos cuatro años más en esa iglesia después de recibir el panfleto político, a menudo sin decir nada cuando no estaba de acuerdo con algo. No quería que me vieran como una alborotadora, diciendo “cuestiones necias e insensatas, sabiendo que engendran contiendas” (2 Ti 2.23).

Pero no era que ya no creyera en las doctrinas básicas, en las enseñanzas esenciales de la iglesia. Sí las creía, y las sigo creyendo. Era, más bien, la manera en que vivía mi fe en las áreas grises, en los asuntos no esenciales. Era la manera en que todos asumían que mis pasiones, prioridades y convicciones políticas eran exactamente iguales a las de ellos. Era la manera de expresar una diferencia de opinión lo que me hacía sentir como una extraña.

Cuando me casé, formé parte de una nueva congregación con mi esposo y mis hijastros. La nueva iglesia pertenecía a una tradición muy diferente, y al principio sentí alivio al poder expresar mis preguntas y mis dudas, que en realidad parecían ser bien recibidas. Pero la nueva congregación tenía un conjunto diferente de suposiciones sobre los miembros de la iglesia, y mi alivio inicial al poder expresar mis puntos de vista diferentes, dio paso a un nuevo tipo de censura, donde dudaba en expresar mis antiguas creencias.

 

Al poco tiempo, sentí como si estuviera de vuelta donde había empezado. Comencé a preguntarme: ¿Y si el problema no era que no podía expresar mis puntos de vista diferentes en las iglesias de las que había sido parte? ¿Y si el problema era porque yo quería que estas iglesias se parecieran más a mí?

Durante años, he pensado mucho en ese panfleto. Al principio, era un símbolo de todo lo que parecía funcionar mal en el Cuerpo de Cristo: nuestra falta de unidad, nuestra negativa a aceptar las diferencias de conciencia, nuestra incapacidad para amarnos, honrarnos y servirnos unos a otros más allá de todo tipo de diferencias.

Pero, más recientemente, a medida que me he encontrado con más cristianos, tanto en la iglesia universal como en mis propias congregaciones, cuya expresión de fe es diferente a la norma —y en especial diferente a la mía— he comenzado a verla como un recordatorio de todo lo que es bueno en la iglesia: hay lugar para todos los que estamos en Cristo.

Esa es la clave: en Cristo. La iglesia es el Cuerpo de Cristo. Está hecha para reflejar su imagen, no la mía. Es un lugar donde todos estamos cambiando y creciendo juntos, llegando todos a ser más como nuestro Salvador, aunque no siempre como uno al otro en personalidades y preferencias. A veces, somos el hermano o la hermana más débil; y otras veces el o la más fuerte. Tenemos la libertad de funcionar de manera diferente, pero también somos partes de un cuerpo vivo, donde se nos exhorta a tratar a las otras partes con amor. De hecho, el apóstol Pablo dice en Romanos que no somos solo parte del Cuerpo de Cristo; nos pertenecemos los unos a los otros (Ro 12.5). Este no es un simple objetivo por el cual luchar; es una realidad que estamos experimentando en el presente. Cuando los que estamos en Cristo nos dividimos y nos separamos, en realidad estamos desgarrando el Cuerpo de Cristo.

 

Mi esposo y yo somos ahora miembros de otra congregación. Y a pesar de que se parece a otras en las que he estado, también se siente diferente, sobre todo porque yo soy diferente. Llevo conmigo la lección que aprendí de ese panfleto político hace varios años. No es que votar de cierta manera enviará a nadie al infierno. Esa clase de pensamiento es tan equivocado hoy como lo era en el 2008. Más bien, he llegado a entender lo que me irritaba tanto en ese entonces: ¿por qué preocuparse por tratar de convencer a las personas que ya creen lo que uno cree? Piense en que la persona que puso los panfletos en nuestros autos, no dio por sentado que todos en la iglesia creían lo mismo que ella; de lo contrario, no se habría molestado en hacerlo. Para esa persona, una iglesia llena de personas que estaban creciendo y aprendiendo a ritmos diferentes, era un problema que había que resolver. Pero, para mí, eso es lo que hace milagroso al Cuerpo de Cristo. Es lo que me hace sentir que soy parte del mismo.

 

Ilustraciones por Fausto Montanari

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