Vigilantes como un niño

Sobre la oración como expectativa

La mayoría trancamos nuestras puertas por la noche. Algunos activamos alarmas. Pero ya no aseguramos una noche de sueño tranquilo con centinelas caminando por muros altos. Nadie patrulla los bordes exteriores de nuestro campamento. Nadie camina por las murallas, lanza en mano, mientras soñamos. Nadie nos tira del hombro y nos susurra: “¡Despierta! Es tu turno de vigilar”. Nuestras paredes de piedra son decorativas. Nuestros lugares altos son lugares de recreo para picnics y caminatas de día. Pero los centinelas de antaño no solo estaban a la expectativa de amenazas. También estudiaban la línea distante del horizonte. Observaban y esperaban que el mercader trajera cosas buenas, que el mensajero anunciara buenas noticias, y que el exiliado al fin regresara a casa.

 

Las historias que les leo a mis hijos cada noche están llenas de centinelas —encaramados en árboles, paseando por los muros del castillo, mirando a través de catalejos. Tal vez por eso mis hijos practican todavía el arte perdido de vigilar. Mi hija se sienta por largos ratos en el asiento de la ventana que da a la entrada a nuestra casa. Mientras la lluvia chorrea sobre la ventana, ella presiona su frente contra el frío vidrio y espera. Será la primera en decirnos cuando papá ha vuelto a casa. A veces, cuando corto flores en el jardín que está al otro lado de la ventana del cuarto de mis hijos, escucho un golpeteo. Mis hijos están apretujados en la litera de arriba, observando el mundo que se extiende bajo su ventana, y golpeando para llamar mi atención. Me saludan con la mano, y yo les devuelvo el saludo.

Pensaba que los centinelas de antaño solo habitaban en los cuentos de hadas y en las fantasías de mis hijos, pero hace poco los encontré mientras leía Isaías: “Jerusalén, sobre tus muros he puesto centinelas que nunca callarán, ni de día ni de noche. Ustedes, los que invocan al SEÑOR, no se den descanso; ni tampoco lo dejen descansar, hasta que establezca a Jerusalén y la convierta en la alabanza de la tierra” (Is 62.6, 7 NVI). Sin embargo, estos no son los centinelas silenciosos de nuestros cuentos para dormir. Cerré mi Biblia e incliné el rostro, pero antes de que pudiera comenzar a orar, surgió una pregunta en mi mente: ¿Y si la oración no es algo que hacemos, sino un lugar donde nos paramos?

¿Y si la oración no es algo que hacemos, sino un lugar donde nos paramos?

Sabemos que los lugares son importantes por lo menos para la práctica de la oración. El Señor Jesús se retiraba a menudo, buscando un lugar tranquilo para orar. En una parábola elogió al recaudador de impuestos que no se alabó sí mismo, como el fariseo, sino que se mantuvo a distancia, orando con humildad (Lc 18.13). También les dijo a sus seguidores que oraran en “su aposento” en vez de hacerlo en público (Mt 6.6). Por supuesto, estos lugares de oración son importantes, más que todo, por la postura interior que sostienen. Buscamos un lugar tranquilo porque, al igual que el Señor Jesús, anhelamos escuchar el susurro de nuestro Padre. Oramos en lugares privados, porque sabemos que la oración no debe convertirse en una herramienta para elevar nuestro estatus a los ojos de los demás. Pero ¿qué hay de esos centinelas en Isaías? ¿Qué hay de los que caminan por los altos muros, recordando a Dios sus promesas? Arriba, en un muro, la postura de la oración es de espera y observación. Esta es la oración como expectativa.

Cuando vemos la oración ante todo como algo que hacemos y no como somos, es difícil comprender el mandamiento bíblico de “orad sin cesar”, ni qué decir de ponerlo en práctica (1 Ts 5.17). Incluso si acaso fuera posible, nos decimos a nosotros mismos: ¡Qué carga tan pesada sería eso! Si cerrara el libro de cuentos de la noche y le dijera a mi hija: “Por favor, ora sin cesar”, ella podría preguntarme frunciendo el ceño: “¿También debo lavarme los dientes sin cesar?”. Si la oración es algo por hacer, algo que debo marcar en alguna lista, entonces podría parecer tan atractiva como cepillarnos los dientes durante toda la noche.

Si nuestro Dios ha hecho tantas buenas promesas, y si creemos que Él ha cumplido y mantendrá cada una de ellas, ¿qué nos impide orar?

Pero la oración como expectativa es algo del todo diferente. No solo es posible tener una expectativa sin cesar; es algo que mis hijos hacen con toda naturalidad en los días previos a las vacaciones de verano o al día de Navidad; y la expectativa de un día especial es una delicia que compartimos. En diciembre escribo muchas listas de tareas pendientes, pero nunca he necesitado un recordatorio: “Anticipa el 25 de diciembre con gozo”. Si estoy inmersa en la temporada, la expectativa gozosa es fácil.

Tal vez por eso es que la Biblia resuena con un toque de clarín: “¡Despiértate!”. En Efesios, leemos: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos y te alumbrará Cristo” (Ef 5.14). En el mismo capítulo donde se nos dice que “oremos sin cesar”, también leemos: “No durmamos como los demás” (1 Ts 5.6, 17). Y una de las bendiciones finales ofrecidas en toda la Biblia es esta: “Bienaventurado el que vela” (Ap 16.15).

El Señor Jesús nos enseñó que no podemos recibir el reino de Dios a menos que lo recibamos como niños (Mt 18.3). Ser como un niño es ser humilde y estar consciente de nuestra gran necesidad, pero tal vez la comparación del Señor también nos invita a volver a habitar el mundo de vigilancia y de expectativa del niño. Si la oración es un lugar, es uno espacioso donde pueden vislumbrarse cosas buenas desde muy lejos.

Bienaventurados los que vigilan y esperan, con rostros pegados al vidrio de la ventana.

Bienaventurados los que mantienen los ojos bien abiertos, porque ellos verán a Dios.

 

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Ilustracion por Eleni Debo

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