De quebrantador a beneficiario del día de reposo

Cada uno de nosotros tiene 52 días en el año dados por Dios para descansar. ¿Cómo está usted usando los suyos?

Tengo un nuevo héroe de la Biblia: Lázaro. La mayor parte de su historia está narrada en Juan 11, la cual termina con la orden de Jesús a un cadáver: “¡Lázaro, ven fuera”. Lo que sigue es un milagro portentoso de poder en la que un hombre que había estado muerto por cuatro días, fétido por la descomposición, despierta a la voz. La muerte tuvo que aflojar su agarre y soltar su presa.

Esa es la historia que la mayoría conocemos. Pero lo que ocurre después es lo que hizo de ese hombre mi héroe. En la siguiente visita de Jesús, la familia de Lázaro da un banquete en su honor. Es un evento de gala y un recuento interminable y dramático de la historia de la resurrección de Lázaro. Imagine esta fiesta, todo el mundo quiere estar allí, y no solamente para ver a Jesús, sino también para ver a Lázaro.

Hasta el filósofo ateo Federico Nietzsche dijo que los cristianos debemos parecer más renovados si queremos que los demás crean en nuestro Redentor. Bien, Lázaro se ve aquí muy renovado, lo cual tiene tres efectos:

Lázaro es tan interesante como Jesús.
Lázaro es tan peligroso como Jesús.
Lázaro es efectivo al atraer a otros a Jesús.

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Algunas personas quieren ver a Lázaro tanto como quieren ver a Jesús; algunos quieren confiar en Jesús tanto como Lázaro confía en Él; y algunos quieren matar a Lázaro tanto como quieren matar a Jesús (Vea Juan 12.9-11). Lázaro se ha convertido en un imán del reino, en un fogoso evangelista y en una amenaza santa. Es por eso que es mi héroe, pero lo más impresionante de todo es que Lázaro hace todo eso sin hacer nada.

Seis días a ntes de la Pascua, Jesús fue a Betania, donde vivía Lázaro, y a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Aquí se dio una cena en honor a Jesús. Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban reclinados en la mesa con Jesús (cp Juan 12.1, 2).

Interesante, peligroso y efectivo —todo por estar reclinado junto a Jesús.

Hace algunos años, escribí un libro sobre el descanso. En el camino, hice varios descubrimientos, tanto teológicos como personales, pero lo principal fue que la observancia del día de reposo está arraigada en —y da lugar a— la convicción de que Dios es soberano. O Dios tiene el control, o no lo tiene. Si Él no lo tiene —si lo tengo yo, o usted, o Barack Obama, o si son la ONU y el Banco Mundial quienes lo tienen —entonces ¿quién puede descansar? Tenemos entonces que estar preocupados y muy ocupados. Si las cosas están en las manos de cualquier otro que no sea Dios, entonces no hallaremos descanso. La única cosa sensata en un mundo así es correr y correr, trabajar y trabajar.

Pero si Dios es Dios, entonces hay tiempo suficiente. Si Dios es Dios, entonces hay salvación en el arrepentimiento y en el descanso; y en la quietud y en la confianza hay fortaleza (Is 30.15). Philip Melanchthon dijo una vez a su amigo Martín Lutero: “Hoy, tú y yo hablaremos del gobierno del universo”, a lo que Lutero respondió: “No, amigo mío. Tú y yo iremos a pescar. Dejaremos el gobierno del universo a Dios”. Si Dios es Dios, entonces lo mejor y más efectivo que podemos hacer es reclinarnos con Jesús.

Pero ¿cómo podemos lograrlo? He descubierto dos prácticas que han sido revolucionarias para mí: el Día de Nieve y el Día Sano.

La idea del Día de Nieve me la dio el libro de Peter Scazzero: Emotionally Healthy Spirituality (Espiritualidad emocionalmente sana). Un día de nieve sigue a una noche de tormenta, en el que uno se despierta para ver al mundo enterrado bajo una espesa blancura, con calles bloqueadas, escuelas sin electricidad, negocios cerrados y gente que no puede ir a trabajar. Donde el paisaje se llena de gente paseando, esquiando y haciendo muñecos de nieve.

La observancia del día de reposo está arraigada en –y da lugar a– la convicción de que Dios es soberano.

Tal vez, al mirar lo extendida que está la blancura, usted se llene de pánico porque debe asistir a una reunión al otro lado de la ciudad, para luego caer en cuenta de que la reunión, por decreto divino, ha sido cancelada, así que el día no será como los de siempre. Ahora piense en lo siguiente, usted tiene 52 días al año que el Señor le ha dado para dedicárselos a Él y descansar, al mismo tiempo. Vea al día de reposo como el Día de Nieve, el regalo de todo un día para salir de la rutina.

La idea del Día Sano me la dio un amigo. Es lo opuesto al Día de Enfermedad. Llamamos al trabajo para decir que estamos enfermos, pues no tenemos fuerzas para estar de pie. Así que nos tomamos un día libre por enfermedad. Sin embargo, algunos días, este amigo mío se despierta tan lleno de vida, de energías y de curiosidad, que decide llamar por teléfono para decir que aunque está bien, no irá a trabajar. Se toma el día para pasar tiempo en la playa, ir de excursión a las montañas, o sentarse junto a un fuego resplandeciente para escribir cartas a sus nietos. Pero usted no tiene que llamar al trabajo para avisar que no irá, pues Dios lo hace por usted una vez a la semana al darle el día de reposo. Éste es un regalo que Dios le da para que se vea, se sienta y viva más renovado, el cual jamás debemos rechazar.

¿Qué clase de Dios ven sus vecinos cuando le ven a usted? ¿Un Dios que descansa? ¿Un Dios que invita a sus hijos a descansar? ¿O ven a un Dios que nunca le permite detenerse? Si queremos que crean en Jesús, tendremos que lucir más renovados. Y tal vez la mejor manera de lograrlo sea reclinándonos más con Él.

 

Con esto concluye la serie de dos partes acerca del descanso. Si se perdió el artículo anterior, lo puede leer aquí.
Temas relacionados:  Escuchar a Dios  |  Soberanía

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