Extraños en una tierra extraña

Todos somos forasteros de este lado de la eternidad.

¿Alguna vez se ha sentido fuera de lugar? ¿Como si no encajara, y prefiriera más bien estar en su casa? Eso es lo que sienten muchas personas cuando entran a nuestras iglesias por primera vez. Puede ser como visitar una tierra lejana, donde la gente habla un idioma extraño y practica costumbres raras nunca antes vistas.

Queremos mostrar hospitalidad como iglesias y brindar atención a los visitantes. ¿Cómo podemos hacer esto bien? Un buen punto de inicio es ver cómo trata Dios a los extranjeros. La palabra hebrea ger, traducida como “extranjero”, aparece noventa y dos veces en el Antiguo Testamento, y también se traduce a menudo como “inmigrante”, “forastero”, “foráneo” o “extraño”. A lo largo de la historia bíblica, Dios muestra especial cuidado y preocupación por estos forasteros.

 

El pueblo nómada de Dios

Dios llama a su pueblo a amar a los extranjeros; esto es cierto, importante y con frecuencia discutido. Pero un tema fundamental que a menudo se subestima, es cuán a menudo en la historia bíblica el pueblo de Dios es extranjero.

“Así que carga los camellos y se dirige hacia el oeste, como un peregrino que termina instalándose en Canaán y se encarga de tareas domésticas como un extranjero residente.”

Abraham es llamado por Dios a dejar su país y emigrar a una nueva tierra (Génesis 12.10; 20.1; 23.4). Así que carga los camellos y se dirige hacia el oeste, como un peregrino que termina instalándose en Canaán y se encarga de tareas domésticas como un extranjero residente. Y no es el único. Los patriarcas estaban desarraigados: las historias de Jacob, Judá y José fueron moldeadas por la migración. Al final de Génesis, la única parcela de tierra prometida propiedad del pueblo de Dios, era una tumba para Sara, la esposa de Abraham (Génesis 23.2-20). Este pequeño y macabro puesto de avanzada era más que una tumba: era una colonia en medio del país que con el tiempo se convertiría en el reino de ellos.

Israel sabía lo que era ser maltratado por países anfitriones hostiles durante sus años como un pueblo errante. Por lo tanto, no es ninguna sorpresa que cuando Israel por fin heredó la tierra, los extranjeros residentes recibieran protección legal especial. El pueblo de Dios sabía por experiencia propia lo que era estar en el lugar de ellos. De hecho, Israel todavía se reconocía a sí misma como una nación de “extranjeros” (ger) residiendo en una tierra que en última instancia pertenecía a Dios (Levítico 19.33, 34).

En el Nuevo Testamento, este tema continúa. La Iglesia reside como extranjera en la Tierra, con nuestra verdadera ciudadanía en el cielo ( Pedro 1.17; 2.11). Siendo extranjeros y peregrinos en esta era pasajera, nos caracterizamos, como los patriarcas de la antigüedad, por una existencia nómada mientras esperamos la herencia prometida de la tierra que está debajo de nuestros pies (Hebreos 11.9-16). El reino venidero de Dios traerá el cielo a la Tierra: Él derribará las instituciones de nuestro exilio y las reemplazará con nuestro nuevo hogar en la ciudad santa, donde moraremos con Él para siempre (Apocalipsis 21-22).

 

Amar al extranjero

Entonces, el pueblo de Dios es, a menudo, forastero, y también estamos llamados a amar a los forasteros que están entre nosotros. Cuando a Israel se le dio la ley en el monte Sinaí, los extranjeros recibieron atención especial y protección legal (Éxodo 22.21; 23.9). Esto era importante porque los inmigrantes carecían de familiares y de vínculos sociales, las cuales eran importantes para la supervivencia en el mundo antiguo.

Así como Cristo nos ha dado la bienvenida a su hogar con el Padre, nosotros, como su Iglesia, debemos dar la bienvenida, aceptar y amar a los extraños que se encuentran en medio de nosotros.

Una de las razones de esta legislación –recordó Dios a su pueblo- era que ellos mismos estuvieron una vez en la misma situación: “No maltrates ni oprimas a los extranjeros, pues también tú y tu pueblo fueron extranjeros en Egipto” (Éxodo 22.21 NVI). Israel no debía repetir los errores de Egipto. Se les ordenó amar a los extranjeros como a sí mismos (Levítico 19.34). Los países que rodeaban a Israel tenían a menudo leyes que protegían a las viudas y los huérfanos, pero Israel era único en el cuidado de los extranjeros.

Las leyes de recolección son un ejemplo conmovedor de este decreto. “Cuando llegue el tiempo de cosechar, no recojas hasta el último grano de tu campo ni rebusques las espigas que se hayan quedado. Déjalas para los pobres y los extranjeros” (Levítico 23.22). Esto era como dejar dinero alrededor de nuestra casa para que personas pobres vengan a recogerlo. Aun así, ellas tenían que trabajar para ello, recogiendo la comida que llevarían a sus casas para ponerla en la mesa. Pero si alguien era extranjero, eso era como una red de seguridad social contra el desempleo y el hambre.

En el Nuevo Testamento, los seguidores del Señor Jesús también son llamados a amar a los extranjeros y ayudar a los extraños practicando la “hospitalidad”. La palabra aquí es philoxenos, que significa literalmente “amar a los extranjeros” (1 Pedro 4.9; Romanos 12.13). Así como Cristo nos ha dado la bienvenida a su hogar con el Padre, nosotros, como su Iglesia, debemos dar la bienvenida, aceptar y amar a los extraños que se encuentran en medio de nosotros. Cuando usted ama al extranjero puede sorprenderse de lo que ellos pueden resultar ser, en realidad. El autor de Hebreos nos recuerda: “No se olviden de practicar la hospitalidad, pues gracias a ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles.” (Hebreos 13.2 NVI). El Señor Jesús mismo dice que, ya sea que lo sepamos o no, cuando amamos a un extranjero vulnerable, en realidad lo estamos amando a Él (Mateo 25.31-46).

 

Un Mesías que nos acoge

El Señor Jesús practicaba lo que predicaba; vemos este tema claramente en su vida y ministerio. Extranjeros llegaron de tierras lejanas para celebrar su nacimiento, una señal del rey mesiánico prometido cuyo gobierno sería para todas las naciones (Mateo 2.1-12; Isaías 60.3). El Salvador pasó tiempo hablando con una mujer samaritana, expulsó a un demonio de la hija de una mujer cananea, y sanó al hijo de un oficial real y a un grupo de leprosos (Mateo 15.21-28; Lucas 17.11-21; Juan 4.1-26, 46-54).

A través de su muerte expiatoria, Él abrió la abundancia de Dios a todos nosotros los extranjeros en todas partes.

Aunque el Señor vino “al judío primeramente, y luego al gentil” (Romanos 1.16), a través de su muerte expiatoria, Él abrió la abundancia de Dios a todos nosotros los extranjeros en todas partes. La promesa original de Dios a Abraham, de bendecir a todas las naciones a través de sus descendientes (Génesis 12.2; 18.18; 22.18), se cumple en Cristo. Por lo tanto, es apropiado que un soldado gentil fuera el heraldo que proclamó primero en una actitud de alabanza, la muerte de Cristo (Lucas 23.47).

La muerte del Señor Jesús derribó el muro de división que mantenía a los gentiles separados de su pueblo (Efesios 2.14-18). Y ahora, a través del poder de su resurrección, Él da la bienvenida a todos los que deseen venir, ofreciendo la ciudadanía en su poderoso reino a cualquiera que se postre ante Él. Entonces, como seguidores del Señor Jesús, debemos, con los brazos abiertos, dar la bienvenida a nuestras vidas a aquellos que están fuera de la fe y de la Iglesia. Es cierto, a veces sus vecinos incrédulos, sus colegas agnósticos y sus amigos de otras religiones pueden actuar de maneras que parecen extrañas; pueden tener antecedentes que le sorprendan; y pueden decir cosas extrañas que suenen como un idioma interestelar. Usted podría sentirse tentado a evitarlos, o a distanciarse de ellos y tratarlos como si fueran de otro planeta. Pero cuando eso suceda, es útil recordar esta verdad perdurable: Dios ama a los extranjeros. Y si nosotros amamos a Dios, debemos también hacer lo mismo que Él.

 

Ilustración por Adam Cruft

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