Gozo completo

La irresistible promesa de la unidad

A lo largo del Nuevo Testamento, Pablo, Pedro y otros autores pintan imágenes de la iglesia como un cuerpo, una familia, incluso un edificio. En cada imagen, las partes forman una sola entidad. Arranque a cualquier individuo del conjunto, y encontrará todo tipo de características únicas; pero juntos, la iglesia destila un gran sentido de unidad. Al menos así se supone que debe ser.

“Podríamos señalar las miles de denominaciones que existen en todo el mundo como evidencia de los cismas.”
 

Pero en el tiempo que escribieron los apóstoles, la iglesia funcionaba de manera muy diferente, dividida por asuntos como la etnia, la raza, el género, la posición social, la vocación, la riqueza y el estado civil, por nombrar algunas. Hoy en día, la iglesia no se ve diferente, sobre todo si agregamos la afiliación política, la orientación sexual y las distinciones regionales a esta mezcla. Podríamos señalar las miles de denominaciones que existen en todo el mundo como evidencia de los cismas, pero el problema es mucho más profundo. Dentro de las denominaciones e incluso en las iglesias, los cristianos se dividen en muchos de los mismos asuntos que enfrentó la iglesia del Nuevo Testamento, y la unidad se siente más como una fantasía lejana que la promesa que presenta la Biblia.

Dadas estas dos realidades — la unidad sustantiva y la división funcional — he comenzado a imaginar otra alegoría para el pueblo de Dios: la iglesia como una pradera. Conduzca hasta el Parque Estatal de Prophetstown, cerca de mi casa en el centro de Indiana, y se verá deslumbrado por el resplandor omnipresente del extenso paisaje de las praderas, independientemente de la temporada. En primavera y comienzos de verano, la pradera es de un verde claro; en el otoño, hierbas altas flotan en una neblina púrpura. Al llegar el invierno, las plantas se doblan y caen, y la pradera se torna de un color lino apagado, excepto cuando la nieve suaviza la maraña de tallos y troncos. Entonces la pradera es blanca a lo largo de kilómetros, y se ve un horizonte tiznado en el cielo pálido.

“Es como un saludo y apretón de manos secreto que se aprende solo después de la iniciación en un club. ”

A pesar de la apariencia de una sola masa de color, caminar en la pradera es reconocer de inmediato un ecosistema que prospera en la diversidad. Aunque cada una de las plantas –como el pasto varilla, la pequeña cola de zorro, la gran lobelia azul y la flor “maestro de cascabel” (Eryngium yuccifolium)— existe como una obra maestra botánica de color, estructura y tamaño, juntas forman un paisaje sin igual en cuanto a belleza y sustentabilidad. Pero a pesar de toda su belleza, la pradera está cerca de la extinción, por ser el objetivo frecuente de los constructores que aran pastos y flores y drenan las zonas pantanosas para construir centros comerciales y urbanizaciones. Las praderas que sobreviven a las excavaciones luchan contra las especies invasoras, la descolonización de las abejas y la exposición a productos químicos de las granjas cercanas.

Así como de las praderas pinta una imagen de la Iglesia unificada de Dios, como se supone que debe funcionar, las praderas insalubres expuestas a una gran cantidad de amenazas externas e internas revelan la verdadera condición de la unidad de la Iglesia: Está en peligro. Pero ¿qué se puede hacer?

En Efesios 3, Pablo explica que Dios tuvo la intención de que sus adoradores vinieran de todas las naciones del mundo, aunque parecía que solo la nación de Israel sería preservada como su pueblo elegido. Pero no fue solo que Israel no entendió el plan de Dios. Cuando Pablo usa la palabra mustérion (“misterio”), esto implica la necesidad de revelación. Es como un saludo y apretón de manos secreto que se aprende solo después de la iniciación en un club. Y solo en Cristo es que el secreto fue revelado: “El misterio de Cristo… que en otras generaciones no se les dio a conocer a los seres humanos, ahora se les ha revelado por el Espíritu a los santos apóstoles y profetas de Dios; es decir, que los gentiles son, junto con Israel, beneficiarios de la misma herencia, miembros de un mismo cuerpo y participantes igualmente de la promesa en Cristo Jesús” (Efesios 3.4-6 NVI).

Aunque el misterio ha sido revelado, muchos parecemos no entenderlo. Podemos recitar versículos que nos dicen que el amor de Dios por el mundo impulsa su plan para la unidad en la Iglesia, que personas de cada tribu y lengua y nación rodearán el trono de Dios en el cielo algún día. Leemos que “no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaros ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos” (Colosenses 3.11), y alabamos a Dios porque estamos incluidos en la lista. Pero cuando vemos a los creyentes de cada rincón del mundo, a través del tiempo y el espacio, no vemos una sola iglesia. Vemos grupos y agrupaciones, preferencias y opiniones, y diferentes prioridades y límites que separan y dividen.

“No siempre pensé que las praderas eran hermosas.”

Es como mirar una pradera por primera vez. No siempre pensé que las praderas eran hermosas. Cuando conduje por primera vez por ese parque estatal cerca de mi casa, parecía un prado muy crecido que necesitaba atención. Pero con la investigación y las conversaciones con los naturalistas, ahora entiendo el paisaje restaurado de manera diferente. Y aunque su belleza parece una maravilla de la naturaleza, es un paisaje que se conserva a través de tremendos esfuerzos y recursos, el mismo tipo de trabajo que se necesita para preservar la unidad en la Iglesia.

En Efesios 4, Pablo nos presenta la base de nuestra unidad: “Hay un cuerpo y un Espíritu, como fuisteis llamados en una misma esperanza; un Señor, una fe, un bautismo; un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos” (Efesios 4.4-6 NVI). En otras palabras, la unidad existe gracias al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Pero Dios nos invita a participar en el trabajo de mantener, o preservar, la unidad entre nosotros.

Pablo dice que la unidad es parte de nuestro llamamiento como miembros de la familia de Dios (Efesios 4.1). Así como el misterio de Cristo le fue revelado a él, Pablo lo está revelando a los efesios y, en última instancia, a todos los creyentes. También nosotros tenemos ahora la responsabilidad de “aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio” (Efesios 3.9). Luego advierte a los efesios que vivir una vida digna de la vocación requiere humildad, amabilidad, paciencia y tolerancia (Efesios 4.1, 2), acciones de amor necesarias en una comunidad que celebra las diferencias como una cuestión de principios. Pablo quiere hacer comprender el punto al instar a la diligencia, o al esforzarse, en preservar la unidad del Espíritu (Efesios 4.3).

Lo fácil de hacer, tal vez incluso lo natural según la sabiduría del mundo, sería dividirnos, tomar partido por bandos y formar grupitos con las personas que son como nosotros. Pero en Cristo, ya no pertenecemos a ese mundo. Somos parte del cuerpo de Cristo, somos miembros de su única familia, y somos piedras vivas que se están erigiendo en una sola casa espiritual. Y la unidad que compartimos es similar a una pradera que está siendo restaurada a su belleza inherente. Es como un tesoro desenterrado y protegido. O un secreto, uno que debe ser compartido con el mundo entero.

 

Ilustración por Adam Cruft

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