Más hambrientos de lo que creemos

Ansiamos las cosas de este mundo, a pesar de que ellas nunca nos podrán saciar. Sin embargo, hay algo que sí puede lograrlo.

Es posible que mi esposa no esté de acuerdo, pero no me considero muy exigente con la comida. Una vez me senté a comer cascabel frito y ostras de las Montañas Rocallosas. Si no recuerdo mal, la única comida que no puedo soportar son las coles de bruselas. Cuando era niño, mi mamá me obligaba a practicar los buenos modales y a terminar lo que había sido servido en mi plato. Esta exigencia de comerme las coles sucedió solamente una vez; el trauma que siguió convenció a mi mamá de no darme otra vez de esos diminutos globos que parecen repollo.

Tengo una amiga que es chef, y ella me aseguró que podía hacer coles de bruselas de una manera tan tentadora, que se me derretirían en la boca. “Es que no te las han cocinado como debe ser”, dice. “Necesitas desarrollar tu sentido del gusto, y después te morirás de ganas de comerlas”.

Cuando se trata de nuestra vida, y también de nuestro paladar, la experiencia y el conocimiento inicial son, por lo general, demasiado escasos. Quizás no sabemos realmente lo que es bueno. Gran parte del tiempo, no sabemos de lo que en realidad tenemos hambre.

La primera descarga de Satanás cuando tentó al Hijo de Dios, fue, literalmente, como un golpe en el estómago para el Señor Jesús. Él había estado andando por el desierto durante cuarenta días y cuarenta noches, expuesto al sol en el día, y al frío en la noche, sin siquiera un bocado para comer. Había ayunado todos esos cuarenta días, y las Sagradas Escrituras señalan lo que es obvio: Jesús “tuvo hambre” (Lc 4.2). El diablo se ensañó contra ese vientre vacío y hambriento, apuntando a las piedras cuando le dijo a Jesús: “Di a esta piedra que se convierta en pan” (v. 3).

La respuesta del Señor Jesús fue rápida y terminante: “Escrito está: No solo de pan vivirá el hombre” (v. 4). Aunque sabemos que uno no vive de pan, debemos tener claro que el énfasis de las palabras de Jesús está en que nosolamente de pan vivimos. En efecto, al profundizar en estas palabras del pasaje del Antiguo Testamento que Jesús estaba citando (“No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios que sale de la boca de Dios”), es claro que Él rechazó la clase particular de pan que le ofreció Satanás —cualquier pan que hagamos nosotros, cualquier pan que no venga a nosotros de parte de Dios.

Es importante notar que Jesús no le dijo al tentador: “Realmente no tengo tanta hambre, gracias”. Lo que le respondió fue: Satanás, puedo estar muriéndome de hambre, pero lo que ofreces no puede darme el pan quenecesito desesperadamente. Jesús estaba firmemente seguro de lo que Él necesitaba para vivir, y lo que le ofrecía el diablo estaba muy lejos de serlo.

Deuteronomio 8 describe los preparativos que hizo el pueblo de Israel para llegar al lugar largamente prometido después de vagar cuarenta años por el desierto. Mientras el pueblo recogía sus pertenencias y se llenaba de valor para acometer esa difícil y decisiva jornada, Moisés les recordó el porqué habían morado en el desierto por tantos años:

“Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos. Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre” (vv. 2, 3).

El pueblo de Israel necesitaba los largos y duros años —los años cuando sus estómagos les dolían y su esperanza se debilitaba— para entender de qué tenían hambre realmente, y para que entendieran lo que necesitaban para vivir de verdad.

Lo que Israel necesitaba era a Dios. Sin su Palabra dadora de vida, ellos se secarían y morirían. Para comunicar esta realidad, los alimentó con el maná, esa extraña comida caída del cielo, una comida que solamente Dios podía enviar. La verdad más evidente de nuestra existencia, es una que dejamos de ver fácilmente —que tenemos hambre de Dios, y por tanto, tenemos necesidad de Dios para vivir.

Hay preguntas cruciales a las que debemos hacer frente: ¿Qué otros panes creemos que calmarán nuestra hambre? ¿Qué otros panes creemos que debemos tener para vivir? ¿Hay alguna relación, título universitario, expectativa profesional, objetivo egocéntrico, meta financiera, que deseamos fervientemente? ¿Hemos creído la mentira de que algunas de las cosas anteriores son nuestra hambre más profunda, nuestras necesidades más grandes?

Cuando Jesús rechazó la oferta del diablo, su obediencia no fue simplemente un compromiso con un ideal abstracto o con un principio religioso. En vez de eso, Jesús rechazó a Satanás porque éste no podía dar lo que Jesús requería para su supervivencia. La amonestación del Señor fue totalmente literal —uno no puede vivir sólo de pan. Era una elección entre la vida y la muerte: Escuchemos a Satanás y moriremos, o escuchemos al Señor y viviremos.

Uno de los regalos que las décadas en el desierto proporcionaron al pueblo de Israel, fue la revelación de cuán necesario había sido Dios para su existencia. Necesitaban comida, pero más necesitaban a Dios. Les hacía falta la comida que solamente Dios podía darles. Dios era su hambre profunda, su única provisión, su verdadera vida. Como dijo Teresa de Ávila: “Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta”.

Para todos nosotros, uno de los regalos que nos da nuestro desierto (y pordesierto quiero decir esos momentos cuando estamos aislados, necesitados, agotados o enojados —o incluso los trechos áridos donde fingimos que no nos interesan en lo mínimo Dios o la fe), es la revelación de cuán hambrientos estamos de Dios. Y la buena, muy buena noticia, es que Dios está listo para llenarnos.

A principios de este año, en las semanas previas a la Semana Santa, nuestra congregación tuvo un ayuno de azúcar. La noche antes de que comenzara el ayuno, me encontré hurgando en la cocina con un deseo repentino e inexplicable de atiborrarme de dulces. Estaba inquieto y desconectado, pero en vez de hacer frente a este antojo, fui en busca de un suculento dulce. Cuando finalmente llegué al refrigerador, encontré una vieja caja de helado. A mí no me gusta mucho el helado, y esta particular provisión había estado puesta al lado de unas arvejas congeladas durante mucho tiempo, ya sin su lozanía y a punto de ser quemadas por la congelación. Este helado no era de ninguna manera apetitoso, pero a los quince minutos me había comido la mitad de la caja, no me sentía bien conmigo mismo, y a mi nivel de azúcar en la sangre de ninguna manera le gustó la subida. No tenía una buena excusa; ni siquiera que tenía un poquito de hambre. Me tragué todo ese helado, no porque estuviera consciente de una necesidad que tenía, sino porque no estaba prestando atención a mi hambre más profunda.

Parte del trabajo de la iglesia es ayudarnos a descubrir cuán hambrientos estamos en realidad. El servicio de adoración lo terminamos normalmente con la Cena del Señor. Quizás la razón para dejarlo hasta el final, sea la necesidad que tenemos del tiempo de la predicación para comenzar a aceptar el hambre que tenemos de gracia, y cuán desesperadamente hambrientos estamos de la vida que solamente Dios puede dar.

Las bien citadas palabras de San Agustín son muy ciertas: “Nuestros corazones estarán inquietos hasta que descansen en ti”. Esta es otra manera de decir: “Nuestros corazones estarán muertos de hambre hasta que encuentren su banquete en ti”.

Tenemos hambre, y Dios está listo para darnos de comer.

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