Giovanni disfrutaba de lo mejor de todo. Como hijo de un próspero hombre de negocios, podía impresionar a sus amigos con todo lo que promete una vida de placeres. Pero en el camino, sus encuentros con los pobres despertaron su compasión y misericordia, inspirándolo a vender las pertenencias que había recibido de su familia para ayudar. Enfrentado por la cólera de su padre, el joven renunció a su herencia, intercambiando sus galas por la manera de vivir de un mendigo. Hoy conocemos a Giovanni di Pietro di Bernardone por otro nombre: San Francisco de Asís.
La historia de Francisco puede haber perdido parte de su valor de asombro, pero sigue siendo un intercambio radical de riqueza por pobreza. Sin duda, él confundió y frustró a sus amigos. No deberíamos sorprendernos. Después de todo, estaba siguiendo el ejemplo de Cristo en los evangelios.
La vida del Señor Jesús debió haber sido desconcertante, también. A veces, hablaba como un rey, el tan esperado Mesías, que derrocaría a Roma. Otras veces, parecía un profeta, un nuevo Moisés que llevaría al pueblo de Dios a la libertad. Y a veces sonaba como un sacerdote, al usar el lenguaje de la adoración y el sacrificio. Pero ninguno de esos roles explicaba la muerte del Señor; de hecho, Jesucristo parecía haber cambiado su vida y su futuro ministerio por nada.
Cuando el apóstol Pablo escribió a la iglesia en Filipos, ellos descubrieron que la verdad era aún más sorprendente. El Señor Jesús era igual a Dios, escribe Pablo, lleno de autoridad y poder, con derecho a toda gloria y honor. Pero Él “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo… y se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte” (Filipenses 2.7, 8). Pablo ofrece la vida del Señor Jesús como un ejemplo a seguir por los cristianos, pidiéndonos que adoptemos la actitud de Cristo. En lugar de servirnos a nosotros mismos, la descripción que Pablo hace del Señor sugiere que debemos renunciar a nuestros derechos y reconocer el poder de vivir con humildad.
Aunque el Padre celestial promete perdón, gracia e incluso un lugar de honor para quienes se arrepienten y creen, no tenemos esas promesas por derecho de nacimiento.
Todo esto está muy bien, podríamos decir, pero ¿cómo vivimos esta renuncia y reconocimiento? Después de todo, no tenemos nada que entregar como lo hizo el Señor Jesús. Dios nos creó; no somos sus iguales. Aunque el Padre celestial promete perdón, gracia e incluso un lugar de honor para quienes se arrepienten y creen, no tenemos esas promesas por derecho de nacimiento. Tenemos que reconocer que nuestra renuncia tiene más que ver con nuestros propios reinos que con el de Dios.
La cultura moderna, en forma de tecnología y publicidad y más, nos insta a envanecernos, a exaltarnos en cada oportunidad posible, a acumular todo el dinero, los recursos y la reputación que podamos para defendernos de la inseguridad. Nuestro mundo nos presionará para que seamos los monarcas de nuestro propio imperio. Aunque la idea parece buena, este proceso levanta defensas contra la obra de Dios en nuestras vidas. Por tanto, Él nos llama a dejar de lado todo lo que hemos acumulado para nosotros mismos. Al igual que el Señor Jesús, debemos considerar a no aferrarnos a lo que tenemos (Filipenses 2.6), porque lo que tenemos son regalos que van más allá de nuestros intereses personales.
Junto con este desapego, Dios nos invita a reconocer y tomar posesión de toda nuestra humanidad. El Señor Jesús no apareció así de simple del desierto como un adulto ya formado, habiendo perdido importantes experiencias en el camino. No, Él nació de María y vivió desde la infancia hasta la edad adulta trabajando junto a su padre adoptivo, abrazando una existencia humana. El Señor asumió la carne y la responsabilidad humanas, el mismo lugar de servicio en el reino de Dios que nos concierne a nosotros.
En términos prácticos, este abrazo de la condición humana tiene implicaciones no solo para nosotros, sino también para los demás. Los seguidores de Cristo deben vivir con humildad, “estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Filipenses 2.3). En Gálatas, Pablo lo expresa de otra manera, diciendo que debemos evitar pensar demasiado en nosotros mismos. Eso suena difícil para nuestros oídos, sobre todo porque se nos anima a atender nuestras propias necesidades y deseos, primero y principal. Pero el camino del Señor Jesús es claro. Él antepuso las necesidades del mundo entero a sus propios deseos, tomando la copa del sufrimiento en obediencia.
Nosotros, sin embargo, hemos sido formados para pensar en el sacrificio en términos de beneficio personal. En los términos más burdos, podríamos preguntar: ¿Valdrá la pena vivir con humildad? Tomemos de nuevo al Señor Jesús como nuestro ejemplo. Dios cumplió sus propósitos a través de la obediencia del Señor. Del mismo modo, vivir con humildad —dejando de lado nuestro sentido de derecho para abrazar nuestra humanidad— nos pone en el camino de la obra de Dios. Si tenemos oídos para escuchar el llamado a una vida de humildad, a renunciar a nuestros propios planes y a abrazar el tipo de vida que nuestro Salvador modeló, encontraremos que Él obra en nosotros “el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2.13). En las manos del Maestro, nuestra humildad se convertirá en una herramienta para santificar nuestras vidas.