junio 2017

Del corazón del pastor

Servir no es lo que hacemos por Dios, sino lo que Él hace por medio de nosotros.

En el Nuevo Testamento, a los cristianos se les llama con diferentes nombres: hermanos, creyentes, embajadores, discípulos, niños o santos. Por lo general no tenemos ninguna objeción a que nos llamen con estos títulos, pero hay otro que no parece nada atractivo: siervo. Para empeorar las cosas, la palabra griega que a menudo se traduce como siervo o servidumbre, realmente significa esclavo. Y no cualquier esclavo, sino el esclavo más bajo, el que lavaba los pies de la gente que entraba a la casa.

Ahora bien, puede ser que no nos guste pensar que somos esclavos, pero los que ocuparon los puestos más altos de la iglesia primitiva se consideraron esclavos humildes. En sus escritos del Nuevo Testamento, Pablo, Santiago, Pedro, Judas y Juan se identificaron a sí mismos como siervos de Jesucristo. Aun el Señor tomó la forma de siervo cuando fue hecho semejante a los hombres (Fil 2.7). Vino al mundo para vivir en perfecta obediencia al Padre, haciendo solamente lo que se le pidió o lo que se le dijo, incluyendo el morir en la cruz para redimir a la humanidad.

Está muy claro que Dios valora de gran manera el servicio, pero desde la perspectiva del mundo, esta no es una posición muy estimada. Cuando los discípulos discutieron cuál de ellos era el más grande, el Señor les dijo: “Si alguno de ustedes quiere ser importante, tendrá que servir a los demás. Si alguno quiere ser el primero, deberá ser el esclavo de todos” (Mt 20.26 TLA). El camino para recibir el honor de Dios es servir fielmente a Cristo, no mediante el reconocimiento que da el mundo (Jn 12.26).

Pero, ¿cómo vamos a servir a Cristo, cuando Él está en el cielo y nosotros en la tierra? Cuando el Señor quiso enseñar a sus discípulos la importancia de servir, tomó la posición del esclavo más humilde, cogió un recipiente de agua y una toalla, y lavó los pies de sus discípulos. Entonces les dijo: “Si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Jn 13.14, 15). Cuando en el poder del Espíritu Santo, satisfacemos las necesidades temporales y espirituales de los que nos rodean, estamos sirviendo a Cristo.

Sin embargo, hay cuatro verdades importantes que califican nuestro servicio. En primer lugar, servir no es lo que hacemos por Dios, sino lo que Él hace por medio de nosotros. Cuando Cristo ascendió al cielo, dejó a sus seguidores para que realizaran la obra que les encomendó. De hecho, Él dijo que haríamos obras mayores que Él, no en calidad sino en volumen (Jn 14.12). El ministerio de Jesús estaba limitado a la ubicación geográfica, pero Él comisionó a sus discípulos para llevar el evangelio a todas partes, aun a las zonas más remotas de la tierra. Y hoy, tenemos acceso global como nunca antes a través de la internet, la radio, la televisión y los medios impresos.

Segundo, Dios es quien determina cómo debemos servirle. Los siervos no escogen lo que deben hacer; simplemente siguen las instrucciones del amo. Cuando decidimos cómo vamos a servir a Cristo, hemos usurpado su rol de Maestro. Dios dice: “Somos su obra, creados en Cristo Jesús para las buenas obras que Dios preparó de antemano” (Ef 2.10). Nuestra responsabilidad es descubrir cómo Él quiere que le sirvamos y luego ocuparnos de cumplir cada tarea. Incluso nos ha dado dones espirituales que nos permiten hacer exactamente lo que Él ha planeado para cada uno de nosotros (1 Co 12.7).

Los siervos no escogen lo que deben hacer; simplemente siguen las instrucciones del amo.

En tercer lugar, no importa lo que estemos haciendo, en última instancia, estamos sirviendo a Cristo. Llegué a darme cuenta de esta verdad cuando tuve que trabajar en limpieza, mientras estudiaba en el seminario. Mi jefe era un maestro gruñón, que criticaba constantemente mi trabajo. Después de la primera semana, le dije a Dios que debería darme algo mejor que este trabajo. Pero a medida que pasaban las semanas, me di cuenta que necesitaba cambiar mi actitud. Mientras leía Colosenses, me encontré con este versículo: “Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (3.23). Después de darme cuenta de que estaba barriendo y limpiando para Cristo, cambié de actitud e hice mi trabajo lo mejor que podía.

Cuarto, debemos darnos cuenta de que no podemos servir a Dios y a nosotros mismos a la vez. Para llegar a ser un verdadero siervo de Cristo, debemos superar nuestro egoísmo. Por eso Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9.23). Los discípulos de Cristo sirvieron y murieron voluntariamente por Él, y puede llegar el día en que tengamos que hacer lo mismo. Pero, por ahora, debemos simplemente renunciar a nuestros planes y deseos para ponernos a disposición del Señor, y hacer lo que Él disponga.

Dios quiere que seamos más semejantes a Cristo, y como Él no vino para ser servido sino para servir, ese debe ser nuestro anhelo también. ¿Es difícil? Sí. Puede ser sacrificado, inconveniente y agotador. A veces nos sentimos limitados por nuestra salud, recursos financieros, habilidades o edad. Pero el factor más importante es nuestra actitud. Si estamos motivados por el amor y el deseo de honrar al Señor, no tendremos que buscar maneras de servirle, porque Él pondrá las oportunidades de servicio en nuestro camino.

Cada uno de nosotros está llamado a ser un siervo de Cristo dondequiera que estemos; sin embargo, eso no es todo. Este es también nuestro destino eterno. Según Apocalipsis 22.3, pasaremos la eternidad sirviendo a nuestro Señor en el cielo. ¡Qué alta y gloriosa vocación tenemos como siervos de Cristo!

Fraternalmente en Cristo,

Charles F. Stanley

P.D. Una de las razones por las que a veces nos cansamos de servir es porque no podemos ver el resultado que estamos logrando. Pero no se olvide, el Señor ve y conoce nuestro servicio. Él nunca se olvidará del amor que hemos mostrado en su nombre (Heb 6.10). Nuestro trabajo no es en vano.


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