agosto 2017

Del corazón del pastor

¿Quién es usted?

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¿Quién es usted? Esta pregunta le puede parecer extraña, pero la realidad es que muchos cristianos no conocen su verdadera identidad. Como resultado, luchan por tener vidas de obediencia al Señor y no entienden el porqué se sienten derrotados. Las tentaciones y los hábitos pecaminosos les parecen abrumadores e imposibles de superar. A medida que entran y salen de este ciclo de fracaso, se preguntan: “¿Es así la vida cristiana?”.

Mucha de esta confusión y sentido de derrota proviene de no entender quienes somos en Cristo. De manera que consideremos lo que la Palabra de Dios dice acerca de nosotros. Nuestra experiencia de salvación es un acontecimiento maravilloso que cambia todo en nuestra vida, aunque no siempre lo sintamos así. Ya no somos lo que éramos y nunca volveremos a esa vieja condición. Según 2 Corintios 5.17: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.

Este mismo concepto de “nuevo” se encuentra a lo largo del Nuevo Testamento. Hay frases como el nuevo pacto, una nueva manera de vivir, nueva vida, nuevo yo y nacido de nuevo. Esto no es únicamente una reparación de nuestra vida antes de Cristo. Dios no remienda lo viejo para que sea mejor que antes. Nuestra vieja naturaleza pecaminosa nunca podría ser reformada ni renovada.

Entonces, ¿qué es exactamente lo que se ha hecho nuevo? Obviamente, no son nuestros cuerpos. Cada año envejecemos, y los signos del envejecimiento se vuelven más obvios con cada cumpleaños. Jesús le dijo a Nicodemo que uno debe “nacer de nuevo” para ver el reino de Dios (Jn 3.3). Luego, en el versículo 6, aclara que este es un nacimiento espiritual, diciendo: “Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”.

Antes de nuestra salvación, estábamos vivos físicamente pero muertos espiritualmente. No teníamos capacidad para alcanzar a Dios ni para salvarnos a nosotros mismos. El problema comenzó con Adán. Cuando pecó, el pecado entró en el mundo y por el pecado entró la muerte de toda la humanidad (Ro 5.12). El único remedio para esta terrible condición es nacer de nuevo espiritualmente. Y eso es exactamente lo que sucede en el momento de la salvación.

Antes de nuestra salvación, estábamos vivos físicamente pero muertos espiritualmente.

Volvemos a vivir espiritualmente, por el Espíritu Santo que viene a morar en nosotros. Nuestro viejo ser es crucificado con Cristo, y ya no tiene poder sobre nosotros (Ro 6.6). Ya no somos esclavos del pecado porque tenemos un nuevo Maestro que, a través de su Espíritu vive en nosotros, nos da poder para obedecerle. Se nos ha dado un nuevo ser que está hecho a semejanza de Dios y “ha sido creado en justicia y santidad de la verdad” (Ef 4.24).

¿Qué ocurre con nuestro pecado? Si somos nuevas criaturas, con una nueva naturaleza, ¿por qué todavía luchamos con la tentación y el pecado? Es que nuestros espíritus fueron resucitados en la salvación, pero nuestros cuerpos todavía están muertos, en su condición caída. El apóstol Pablo dijo en Romanos 7.18: “Sé que nada bueno mora en mí, esto es, en mi carne”. Él describe esta lucha con el pecado como una guerra entre nuestra carne y nuestra mente (Ro 7.22, 23). Entonces, ¿cómo vamos a vencer el pecado y vivir de acuerdo con nuestra vida nueva?

La victoria viene a través de una mente renovada. Pablo nos dice que dejemos a un lado al viejo yo, que renovemos nuestra mente en el espíritu, y que nos pongamos el nuevo yo, que es creado a semejanza de Dios (Ef 4.22-24). No renovamos nuestro pensamiento para ser nuevos, sino porque somos nuevos, tenemos un pensamiento renovado. Convertirnos en nuevas criaturas fue un evento instantáneo que ocurrió en el momento de la salvación, allí fuimos perdonados y justificados. Pero la renovación de nuestras mentes es un proceso de santificación mediante el cual, cada vez somos más transformados a semejanza de Cristo.

Ahora somos llamados a vestirnos según nuestra identidad nueva en Cristo. Debemos dejar de usar las prendas viejas, rotas y sucias de nuestro antiguo estilo de vida, porque ya no son apropiadas para el nuevo yo, a quien Dios creó en justicia. De hecho, se nos dice que nos consideremos muertos a las antiguas prácticas y actitudes malvadas, como la inmoralidad, la impureza, la pasión, los malos deseos, la avaricia, la ira, la malicia, la calumnia y todo tipo de lenguaje abusivo (Col 3.5-10).

En vez de eso, debemos “vestirnos del Señor Jesucristo, y no hacer provisión para la carne con respecto a sus concupiscencias” (Ro 13.14). Necesitamos empezar a vernos a nosotros mismos como nuevas criaturas, vestidas con las vestiduras de justicia de Cristo, que muestran santidad, compasión, amabilidad, humildad, dulzura, paciencia, tolerancia, perdón, amor, paz y gratitud (Col 3.12-16).

Puesto que Cristo ya vive en nosotros, lo más lógico es que usemos su vestidura. Si seguimos vestidos con los trapos viejos y corrompidos de nuestra vida antigua, ¿cómo puede ver la gente a Cristo en nosotros? No solamente nos asemejamos a los del mundo que nos rodea, sino que deshonramos a nuestro Señor y Salvador.

Es nuestra responsabilidad como cristianos permitir que el Espíritu Santo nos transforme a través de su Palabra. Cada vez que leemos o escuchamos las Sagradas Escrituras, nuestra mente se renueva en los caminos de Dios y nuestro espíritu se refresca para obedecerle. Cuando parece que el mundo nos está bombardeando con tentaciones, volvamos a la Palabra y volvamos a vestirnos con las cualidades de Cristo.

Fraternalmente en Cristo,

Charles F. Stanley

 


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