abril 2017

Del corazón del pastor

Pero si hemos recibido a Jesucristo como nuestro Salvador y Señor, estamos “en Cristo Jesús” y no estamos bajo la condenación de Dios.

Durante mis años como pastor, he conocido a muchas personas que se pasan la vida sufriendo con lo que parece ser una nube invisible de condenación. No importa lo que hagan o cuan obedientes sean al Señor; esa sensación les abruma constantemente. No saben lo que es, ni el porqué se sienten derrotados en su vida espiritual.

La voluntad de Dios nunca ha sido que sus hijos vivan bajo esta nube de condenación. Claramente nos dice en Romanos 8.1 que “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. Ser condenado significa que se ha pronunciado una sentencia de culpabilidad y que el castigo es inminente. Pero si hemos recibido a Jesucristo como nuestro Salvador y Señor, estamos “en Cristo Jesús” y no estamos bajo la condenación de Dios.

Para liberarnos de esta nube opresiva, primero tenemos que determinar su origen. Una de las fuentes primarias de este sentimiento es lo vivido durante la niñez. Los padres representan al Señor, frente a sus hijos. El primer concepto de Dios que tienen los hijos viene del ejemplo de sus padres. Si el padre o la madre es áspero y difícil de complacer, el niño pronto se dará cuenta de que no importa lo bien que intente comportarse, nunca podrá complacer ni cumplir las normas que exigen sus padres. Luego, al aprender acerca de Dios, el niño lo ve de la misma manera, como una figura de autoridad que siempre lo desaprueba y al que nunca puede complacer.

Otra fuente de sentimiento de condenación es el pecado de uno mismo. Para algunos creyentes, la culpa se vuelve abrumadora, y a pesar de que repetidamente confiesan sus pecados al Señor, no se sienten perdonados. Esto es especialmente cierto cuando se trata de pecados que cometemos repetidamente. Empezamos a escuchar y a creer las mentiras que nos susurra Satanás: “¿Crees que Dios, realmente te va a perdonar otra vez?”. Sin embargo, no olvidemos que, como hijos de Dios, tenemos la promesa del Señor en 1 Juan 1.9: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad”.

Basándose en Miqueas 7.19, Corrie ten Boom, dijo, “Dios toma nuestros pecados pasados, presentes y futuros, y los tira en el mar y pone un cartel que dice: “¡PROHIBIDO PESCAR!”. Una vez que hemos confesado nuestros pecados, están enterrados y no debemos estar cavando para que la culpa nos vuelva a cubrir como una manta que nos ahoga.

Una vez que hemos confesado nuestros pecados, están enterrados y no debemos estar cavando para que la culpa nos vuelva a cubrir como una manta que nos ahoga.

En segundo lugar, necesitamos entender los efectos dañinos de este constante sentimiento de condenación. Cuando andamos cargando este sentimiento de culpa, no podemos llegar a ser, o lograr lo que Dios desea de nosotros. Cristo vino a liberarnos del pecado y de la muerte para que pudiésemos vivir plenamente para él (Ro 8.2). Pero si nos rehusamos a vivir en esa libertad, caminaremos por la vida llevando una carga abrumadora e innecesaria.

Tal vez lo más perjudicial del sentimiento de culpa es la incapacidad de experimentar el amor de Dios. Tal vez sepamos teológica, bíblica y teóricamente que Dios nos ama, pero no sentimos ese amor, porque nos consideramos indignos. Como resultado, nunca estamos seguros de nuestra relación con el Señor. Nuestra vida está limitada más por el temor a desagradar al Señor y el miedo a su castigo, que guiada por la confianza en su amor y en su misericordia (1 Jn 4.18).

El siguiente paso para superar el sentimiento de culpa es entender que ella ya no es válida. Para los creyentes en Cristo, la nube de condenación no es un hecho, es un sentimiento. Dios nos amó tanto que envió a su hijo para rescatarnos de nuestra culpa. Cristo llevó nuestra condenación por el pecado al morir en la cruz, pues Él murió en nuestro lugar (Ro 8.3). Por su muerte, hemos sido justificados y declarados perdonados de nuestros pecados. Cristo pagó el castigo que merecíamos. Escribió “cancelado” en nuestra cuenta, porque todos nuestros pecados fueron clavados en la cruz (Col 2.14).

A pesar de que todavía vivimos en un cuerpo terrenal, que está sujeto a pecar, nuestros pecados nunca pueden invalidar el decreto de Dios. Cuando confesamos nuestros pecados al Padre, Cristo nos limpia y restaura nuestra comunión con Él. E incluso, si continuamos pecando, Él será fiel, y como un padre que nos ama nos disciplinará para que volvamos a Él (He 12.7). Pero, puesto que somos sus hijos, nunca estaremos bajo su condenación.

Por último, tenemos que decidir, creemos en la verdad o creemos en nuestros sentimientos. Como dijimos antes, la Palabra de Dios nos asegura que no hay ninguna condenación para aquellos que están en Cristo. Puesto que nuestras emociones vienen de nuestros pensamientos, tenemos que llenar nuestra mente con las verdades de Dios. Esto puede tomar algún tiempo, pero si persistimos en cambiar nuestros pensamientos de condenación, con los versículos de la Biblia que nos aseguran el perdón y el amor de Dios, nuestras emociones empezarán a alinearse con su verdad.

Nuestro Padre celestial quiere que disfrutemos de la libertad y el gozo que proveyó para nosotros en Cristo Jesús. Al comenzar a vivir agarrados de la verdad de Dios, y no de nuestros sentimientos, nos liberaremos de la condenación. Y lo mejor de todo, podremos experimentar el amor de Dios, que nos asegura que disfrutamos de su perdón y, por tanto, podemos acercarnos a Él con confianza.

Fraternalmente en Cristo,

Charles F. Stanley

P.D. Todos en Ministerios En Contacto estamos orando para que usted disfrute de una feliz Semana Santa, junto a su familia y seres queridos, al celebrar la Resurrección de nuestro Señor. Que esta fiesta sea un recordatorio de la victoria que tenemos en Cristo, el que venció la muerte y ha prometido que nosotros también resucitaremos cuando Él regrese por nosotros.


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