diciembre 2018

Del corazón del pastor

El final de un año y el comienzo de otro son momentos oportunos para la reflexión personal.

por Charles F Stanley

El final de un año y el comienzo de otro son momentos oportunos para la reflexión personal. Dado que nuestro mundo es tan acelerado, es fácil seguir haciendo lo que siempre hemos hecho sin detenernos a considerar si necesitamos o no un cambio de rumbo. Esto es cierto en casi todos los aspectos de la vida, pero en especial en lo espiritual, porque somos bombardeados con todo tipo de mensajes acerca de qué creer, qué valorar y qué perseguir.

Existe un tremendo contraste entre lo que el mundo promueve y lo que la Palabra de Dios enseña. Lo trágico es que muchos cristianos han sido influenciados más por la cultura que por las Sagradas Escrituras, sin siquiera darse cuenta. Por ejemplo, el mundo valora el poder, la prominencia y el prestigio, pero Jesucristo dijo: “Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará” (Jn 12.26). No es el ejecutivo de alto poder, una celebridad o un político prominente quien recibe honor ante los ojos de Dios, sino el cristiano que vive para Cristo y sirve al Señor.

Cuando los discípulos de Jesucristo querían lugares prominentes en su reino, el Señor los corrigió diciendo: “Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor” (Mt 20.25, 26). Esto es contrario a lo que nuestro mundo promueve, pero debe ser la ambición de cada creyente: servir al Señor de cualquier manera, en el lugar, tiempo o posición que Él decida.

Pero ¿qué significa servir a Dios? A menudo pensamos que tiene que ver con pastores o misioneros, o que se limita al servicio dentro de la iglesia, pero de acuerdo con Colosenses 3.23, 24 abarca toda la vida: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres... porque a Cristo el Señor servís”. Ya sea en el hogar, trabajo, escuela, vecindario o iglesia, estamos llamados a servir con obediencia a Dios y a los demás.

Pero ¿qué significa servir a Dios?

La siguiente pregunta es: ¿Por qué debemos servir a Dios? En primer lugar, debemos considerarlo un privilegio debido a la grandeza de Aquel a quien servimos. Él es nuestro Creador y “el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible” (1 Ti 6.15, 16). No servimos a un déspota cruel y despiadado, sino a un amoroso Padre celestial que envió a su Hijo amado para rescatarnos de la condenación del pecado (Jn 3.16). Nos unimos a los patriarcas, a Job, a Moisés, a David, a los profetas y a los apóstoles, quienes consideraron un honor servir al Dios Altísimo.

Segundo, debemos servir al Señor porque seguimos los pasos de Cristo. El apóstol Pablo nos dice que tengamos la misma actitud que Cristo Jesús, “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Fil 2.5-7). Cristo fue, ante todo, un servidor de su Padre porque nunca actuó por su propia iniciativa, sino que solo hizo lo que el Padre le pidió (Jn 8.28), para servir a la humanidad y entregar su vida como rescate por muchos (Mr 10.45).

La tercera razón por la que debemos servir a Dios es porque es un preludio de lo que haremos por toda la eternidad. En muchos sentidos, esta vida terrenal es solo un ensayo para el cielo, ya que, de acuerdo con el último capítulo de la Biblia, serviremos al Señor para siempre (Ap 22.3). Cuando estemos ante Cristo, Él evaluará nuestro servicio, y si hemos sido fieles con lo poco que nos ha confiado, nos confiará más en su reino (Mt 25.21).

Cuarto, servimos a Dios por amor a Él y gratitud por nuestra salvación. No servimos para ganar la salvación, sino como expresión de nuestro agradecimiento al Salvador. En lugar de ofrecer excusas o pensar en el servicio como una carga o un deber, se convierte en un deleite cuando nuestros corazones están llenos de amor y gratitud por todo lo que Dios ha hecho por nosotros (Sal 40.8). La manera en que servimos al Señor varía de persona a persona porque cada uno de nosotros fuimos creados y dotados por Dios de manera única. Nuestro servicio también difiere según las etapas de la vida. Por ejemplo, una joven madre sirve al Señor al cuidar a sus hijos, aunque esto cambia a medida que sus hijos crecen. Sin embargo, hay algo que permanece igual: servimos a Cristo al servir a quienes nos rodean. Después de que el Señor Jesús les lavara los pies a sus discípulos, podríamos haber esperado que les dijera: “Ahora deben lavarme los pies”; sin embargo, les dijo: “vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros” (Jn 13.14).

¿Aprovecha las oportunidades que Dios le presenta para servirle? Tal vez durante el próximo año pueda comprometerse a estar alerta a las puertas de servicio que Dios le abra. En lugar de cerrarlas por creer que no dispondrá de tiempo, talento o recursos adecuados, recuerde que ser un servidor dispuesto y fiel del Dios todopoderoso es el mejor llamado en la vida. Así que no deje pasar las oportunidades.

Fraternalmente en Cristo,

Charles F. Stanley

P.D. Espero que Ministerios En Contacto haya sido de bendición para su vida durante el 2018. Nuestro objetivo es servir con fidelidad al Señor y a su pueblo a través del estímulo y la enseñanza bíblica. Le damos gracias a Dios por el privilegio de servirle a usted, y esperamos otro año fructífero de servicio.


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