febrero 2017

Del corazón del pastor

En ocasiones nos haría mucho bien reflexionar en cuanto a la manera en que suenan nuestras palabras y conceptos bíblicos para quien no conoce a Cristo.

¿Alguna vez se ha preguntado qué es lo que pasa por la mente de una persona nueva en la fe que entra a una iglesia y escucha himnos que hablan de la sangre de Cristo o predicaciones llenas de un lenguaje extraño y términos arcaicos? En ocasiones nos haría mucho bien reflexionar en cuanto a la manera en que suenan nuestras palabras y conceptos bíblicos para quien no conoce a Cristo. Diríamos que la respuesta inicial sería dejar de usar esas palabras, pero, ¿es esa la mejor opción?

Lo cierto es que muchos cristianos no entienden completamente lo que la Biblia dice con palabras como “redención, justificación o santificación”. Y aunque están acostumbrados a escuchar o leer tales términos, no se detienen a considerar su significado o importancia. Si nadie les explica estos conceptos bíblicos, la Biblia podría dejar de tener sentido para ellos y, quizás, lleguen a dejar de leerla. Por tanto, el no usar esos conceptos y palabras tan importantes es imposible, lo que debe hacerse es explicarlos cuidadosamente para que las verdades esenciales de la fe cristiana sean comprendidas por todos.

Uno de los conceptos más maravillosos en las Sagradas Escrituras es el de la sangre de Cristo. Sin embargo, si desconocemos de quién provino la sangre, el propósito y el resultado de haber sido derramada, dicho concepto podría parece un tanto cruel e intimidante. No obstante, es por medio de la sangre de Cristo que se logró nuestra salvación. Ella es el hilo que corre a través de la Palabra de Dios proclamando esperanza a una humanidad pecadora.

Cuando Juan el Bautista presentó ante el pueblo al Señor Jesús, resumió en breves frases quién era el Señor, la razón por la que vino y cómo cumpliría con el propósito de Dios: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo” (Jn 1.29, 30).

Aunque Jesús en su encarnación fue más joven que Juan, Él fue (y lo sigue siendo) el Hijo de Dios, el cual ya existía (Jn 1.1), quien vino al mundo como Dios-hombre para tomar el pecado de la humanidad. El título, Cordero de Dios, explica cómo lograría ese fin. Los judíos conectarían al instante ese título con el sacrificio diario de los corderos que permitía a los impíos acercarse al Dios Santo (Éx 29.38,39). Jesús tuvo que morir y así tomar el pecado que impedía al ser humano tener una relación personal con el Señor.

Jesús tuvo que morir y así tomar el pecado que impedía al ser humano tener una relación personal con el Señor.

Para entender lo esencial de la sangre de Cristo en nuestra salvación, pongamos atención a lo que se logró con ello. Primero, somos redimidos por la preciosa sangre de Cristo (1 P 1.18, 19). Redimir significa rescatar. Jesús pagó el castigo que merecíamos por nuestros pecados con su muerte, y así pudo comprarnos y sacarnos de nuestra cautividad al pecado y a la muerte para regresarnos a Dios con su posesión eterna.

Segundo, somos justificados por su sangre y reconciliados con Dios (Ro 5.9, 10). El ser justificados significa que somos declarados sin culpa de nuestros pecados ya que el Señor pagó la deuda por completo al morir en nuestro lugar para declararnos justos. Una transacción increíble se materializó en la cruz: todos nuestros pecados fueron colocados sobre el Señor y todas sus obras de justicia fueron acreditadas a nuestro favor (2 Co 5.21).

Tercero, nos santifica por medio de su sangre (He 13.12). La santificación significa que somos separados para el Señor y progresivamente transformados en santidad y justicia. Nuestra redención, justificación y reconciliación tuvo lugar en el momento de nuestra salvación, pero la santificación es un proceso que dura toda la vida hasta el día en que seamos transformados en cuerpos gloriosos como el de Dios en el cielo (Fil 3.20, 21).

Cuarto, la sangre de Cristo nos limpia continuamente de nuestros pecados (1 Jn 1.7-9). Aunque la culpa de nuestros pecados ha sido removida (o sea, la justificación), y el poder del pecado ha sido vencido (la santificación), nunca estaremos totalmente libres de la presencia del pecado mientras estemos en estos cuerpos terrenales. El Señor prometió que si confesamos nuestros pecados, su sangre nos seguirá limpiando y así nuestra relación con el Padre no se verá afectada.

Finalmente, la sangre de Cristo nos ha dado acceso a Dios (He 10.19-22). En el Antiguo Testamento, solamente el sumo sacerdote podía entrar al Lugar Santísimo del templo, con la sangre del animal, como ofrenda una vez al año. Pero cuando Jesús ofreció el único sacrificio perfecto y completo, su propia sangre, el velo del templo en Jerusalén que separaba al pueblo de Dios fue roto en dos de arriba hacia abajo. Gracias a la muerte de Cristo por nuestros pecados, podemos acercarnos a nuestro Padre Celestial en cualquier momento y con confianza mediante nuestras oraciones, peticiones y alabanzas.

Las palabras y conceptos difíciles de la Biblia no fueron creados para que fueran ignorados o evitados. Dios los puso en su Palabra para explicar la profundidad y la riqueza de su salvación, y el privilegio que tenemos de ser su pueblo redimido. La sangre de Cristo no es un tópico desagradable sino un regalo precioso que se aplica a todo el que cree en Él. Cuando entendemos lo que se logró, disfrutamos de la gracia de conocer que nuestra salvación está asegurada por la eternidad.

Fraternalmente en Cristo,

Charles F. Stanley

P.D. No importa donde se encuentre usted en su caminar con Cristo, a Ministerios En Contacto le encantaría ayudarle a crecer en la fe. Nuestras publicaciones y programas están diseñados para proclamar el evangelio, enseñar la Palabra de Dios y fortalecer a los creyentes. Oramos para que estos recursos sean de aliento y bendición para su vida.


¿Qué ocurre con mis anotaciones?
Color de fondo:
Claro
Aa
Oscuro
Aa
Tamaño de letra:
A
A
A