mayo 2018

Del corazón del pastor

La única manera de amar como Cristo nos ordena es dejando que el amor de Dios fluya a través de nosotros.

por Charles F Stanley

El amor es una fuerza muy poderosa. Hace que una madre sacrifique su descanso, tiempo y ambiciones personales, por el bienestar de sus hijos. El trabajo adquiere un propósito más significativo cuando el hombre trabaja para mantener a la familia que ama. Hay gente que incluso, de manera voluntaria ha puesto su vida al borde de la muerte para rescatar a las personas que aman. Y eso es justo lo que Cristo, por amor, hizo por la humanidad.

Aunque nos deleitamos en el amor que Dios siente por nosotros, ¿sabía usted que, como seguidores de Cristo, se nos pide que sintamos esa misma clase de amor por los demás? Jesús dijo: “Este es mi mandamiento, que se amen los unos a los otros, así como yo los he amado” (Jn 15.12). Amar de esta manera a veces parece imposible con nuestro propio esfuerzo. Sin embargo, recordemos que cuando Dios nos da un mandamiento, también nos da los recursos que necesitamos para obedecerlo.

Para entender cuán importante es este mandamiento, solo tenemos que ir al famoso “capítulo del amor” escrito por el apóstol Pablo. En los primeros tres versículos de 1 Corintios 13, nos habla acerca de la preeminencia del amor. El amor trasciende todos los dones espirituales: la capacidad de comunicarse, el conocimiento y la comprensión bíblica, la fe, la generosidad abnegada e incluso el martirio. Sin amor, todas estas grandes virtudes terminan siendo inútiles a los ojos de Dios.

Aunque nos deleitamos en el amor que Dios siente por nosotros, ¿sabía usted que, como seguidores de Cristo, se nos pide que sintamos esa misma clase de amor por los demás?

El amor del que el apóstol nos habla es el amor ágape. En el idioma griego hay tres diferentes palabras que significan “amor”. Eros se refiere a la atracción sexual entre un hombre y una mujer, phileo se usa para el afecto de familia y amistad, y ágape es el amor desinteresado y abnegado. Este amor está comprometido con el bienestar, la seguridad y el interés de la otra persona, sin importar su simpatía o si es amable o no con uno.

La única manera de amar como Cristo nos ordena es dejando que el amor de Dios fluya a través de nosotros. Por fortuna, los creyentes tenemos al Espíritu Santo que habita en nosotros y nos da la capacidad de amar de esta manera. Sin embargo, tener la capacidad no significa que este amor fluya de nosotros con facilidad. Si no estamos creciendo en madurez espiritual, sumisión al Espíritu Santo y obediencia a la Palabra de Dios, este fruto de amor del Espíritu no crecerá en nosotros. Más bien volveremos a actuar conforme a lo que nos resulta natural: ser egoístas.

En 1 Corintios 13.4-7, Pablo usa algunas características y acciones para describir este amor. No está diciendo que debamos amar a todo el mundo, pero sí que vivamos de tal manera, que el amor de Dios nos llene y se desborde hacia los demás. ¿Cuáles son las características de este amor?

Primero que nada, el amor es considerado. Es paciente y amable (v. 4). Somos personas imperfectas que vivimos entre imperfectos, y en ocasiones el resultado es frustración, irritación, impaciencia e ira. Pero cuando demostramos amor ágape, estamos dispuestos a soportar las actitudes y comportamientos molestos de los demás, y los tratamos con amabilidad incluso cuando nos maltratan.

Segundo, el amor como el de Cristo es desinteresado. En los versículos 4-5, el apóstol Pablo enumera las actitudes y acciones que resultan del egoísmo y que no son compatibles con el amor genuino: celos, arrogancia, envidia, injusticia, mentira, insolencia, egoísmo, ira y rencor. Todas estas conductas están arraigadas al narcisismo y al egocentrismo. Cualquier ofensa, lesión o injusticia de los demás, se convierten en estallidos de ira, en represalias, palabras hirientes y acciones pecaminosas. Tal comportamiento demuestra que la persona está controlada por pasiones y deseos egoístas, no por el Espíritu Santo.

Tercero, el amor genuino es exigente. “No se goza de la injusticia, más se goza de la verdad” (v. 6). Nuestro mundo ha redefinido el amor como una muestra de aceptación y apoyo para el comportamiento de los demás, pero así no es cómo la Palabra de Dios describe el amor. El apóstol Pablo oró por los filipenses para que su “amor abunde cada vez más en el conocimiento real y en todo discernimiento” (Fil 1.9). Aprobar el estilo de vida y el pecado de una persona no es hacer lo mejor para ella, por tanto, no es un acto de amor. La verdad y el amor no se oponen entre sí, más bien están en perfecta unidad.

Cuarto, el amor piadoso perdura. En días en que las personas se dan por vencidas rápidamente cuando las relaciones se vuelven difíciles, el amor bíblico se mantiene firme. Lleva, cree, espera y soporta todas las cosas (v. 7). El sufrimiento, las dificultades y los problemas no pueden vencer el amor que fluye de Dios. Permanece incluso bajo la injusticia y se rehúsa a deleitarse o a chismear acerca de los pecados de los demás (1 P 4.8). No importa cuán malas parezcan las circunstancias, el amor ágape se basa en la fe y está enraizado en la esperanza.

¿Se da cuenta usted de lo difícil que es amar de esa manera con sus propias fuerzas? Lo que el apóstol Pablo describe es una persona con una vida entregada a Cristo por completo. Para estas personas, su esperanza no está en obtener lo que quieran, sino en ser, lo que Dios quiera que sean.

A veces invertimos este proceso. Intentamos amar a los demás pero fracasamos debido a que el amor es un fruto del Espíritu. Cuando nos rendimos a Dios en obediencia, Él produce amor, y como ramas que dan fruto, lo exhibimos cuando su vida fluye a través de nosotros.

Fraternalmente en Cristo,

Charles F. Stanley

 

P.D. Me gustaría aprovechar esta oportunidad para felicitar a las madres en su día. Dios ha demostrado por medio de ellas ese amor abnegado. El amor de madre es uno de los regalos más grandes que Dios nos ha dado, y estamos muy agradecidos por todas y cada una de ellas.


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