octubre 2018

Del corazón del pastor

Como cristianos a quienes se les ha perdonado mucho, no tenemos derecho a guardar resentimiento.

por Charles F Stanley

¿Cómo reacciona usted cuando alguien le insulta, ridiculiza, rechaza, lastima o perjudica de alguna manera? Tal vez, como muchas otras personas, desee desquitarse de inmediato. Después de todo, lo que le sucedió no está bien. De hecho, es claramente injusto y la persona que le hirió debe rendir cuentas y sufrir por el dolor que le causó.

Por otro lado, puede pensar que es más noble guardar el dolor en lo profundo de su alma. Pero a pesar de su decisión, el daño sufrido sigue apareciendo y, a medida que lo revive, la injusticia y el dolor le envuelven una vez más. Aunque espera olvidarlo eventualmente, el resentimiento reprimido no desaparece. Se pudre bajo la superficie y perturba su paz, al igual que sus relaciones con los demás.

Aunque la Biblia nos dice que nos perdonemos unos a otros, seguimos resistiéndonos a hacerlo porque el perdón parece permitir que el malhechor se salga con la suya. ¿Dónde está la justicia en eso? De lo que necesitamos darnos cuenta es que nada pasa desapercibido para un Dios omnisciente. Él ve los errores de este mundo y dice: “No os venguéis vosotros mismos... porque escrito está: ‘Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor’” (Ro 12.19).

Además, como cristianos a quienes se les ha perdonado mucho, no tenemos derecho a guardar resentimiento. ¿Cómo podemos exigir que otros reciban el castigo que creemos que se merecen cuando hemos recibido una misericordia tan generosa? Cuando el apóstol Pedro le preguntó al Señor con qué frecuencia debía perdonar a un hermano, Cristo le respondió setenta veces siete (Mt 18.21, 22). En otras palabras, sin importar cuán seguido nos lastimen otros, siempre debemos perdonar.

Para comprender la gravedad de este problema, consideremos algunas verdades bíblicas básicas. Antes que nada, debemos entender la naturaleza de la falta de perdón. Es una actitud impía que no encaja en la vida de un creyente. Cristo murió en la cruz para que podamos ser perdonados. Como sus seguidores, se nos ordena ahora que perdonemos como Él lo hizo (Ef 4.32). Hacer lo contrario es rebelarnos contra Dios.

Sin importar cuán seguido nos lastimen otros, siempre debemos perdonar.

En segundo lugar, hay consecuencias si nos rehusamos a perdonar. Cuando no perdonamos le damos a Satanás un punto de apoyo desde el cual puede producir en nosotros ira y amargura (Ef 4.26, 27 NVI). La raíz de la amargura se extiende hasta alcanzar nuestros pensamientos, actitudes y emociones. A pesar de nuestros intentos por contenerlo, un espíritu de amargura se exterioriza con nuestras palabras y acciones, causando problemas tanto para nosotros como para los demás (Heb 12.15).

La falta de perdón también daña nuestra comunión con Dios. Cristo hizo una seria advertencia al respecto: “mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mt 6.15). Esto no significa que perdamos nuestra salvación, pero sí crea una barrera en nuestra comunión con el Señor. No podemos estar bien con Dios y estar en guerra con alguien más (1 Jn 2.9).

Negarnos a perdonar también impide nuestro crecimiento espiritual. Nuestra comprensión de la Palabra se vuelve limitada, nuestras oraciones ineficaces, nuestra adoración vacía y nuestro testimonio se destruye, todo porque hemos permitido que este pecado crezca y se multiplique en nuestros corazones.

En tercer lugar, debemos comenzar a trabajar a través del proceso de perdón si queremos ser libres de esta carga. Debemos reconocer que el resentimiento es un pecado y asumir la responsabilidad por ello, en lugar de intentar culpar a quien nos hizo daño. Luego, con la confesión y el arrepentimiento, le pedimos al Espíritu Santo que nos ayude a renunciar al deseo de vengarnos y a dejar el dolor y la amargura.

Otra forma de superar nuestra tendencia a guardar rencor es seguir las instrucciones que Cristo nos dio en Lucas 6.27, 28, “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian”. Es sorprendente cómo cambiará nuestra actitud cuando comencemos a bendecir y orar por aquellos que nos han lastimado. Al elevarlos al trono de Dios, el aguijón del dolor también se eleva por su gracia. El Señor puede transformar nuestros corazones de tal manera que en lugar de desearles algo malo, desearemos bendecirlos.

Finalmente, a medida que Dios obra en nuestros corazones, comenzaremos a ver signos de perdón en nuestra vida. Al igual que José, reconoceremos que, aunque otros hayan querido obrar mal contra nosotros, “Dios lo encaminó a bien” (Gn 50.20). Su mano soberana obra en medio de nuestro maltrato para darnos algo que de otro modo nunca tendríamos: un espíritu de perdón que agrada a Dios. En lugar de una avalancha de sentimientos negativos que surgen al ver a nuestro ofensor, podremos verlo con ojos de piedad.

La clave del perdón es una firme confianza en el Señor. Él conoce cada dolor e injusticia que ha experimentado usted y los utilizará para conformarle a la imagen de su Hijo amado si los entregas en su mano y camina obedientemente en el proceso del perdón. Pero si decide aferrarse obstinadamente a esas ofensas, estas le mantendrán aferrado a una esclavitud autoimpuesta.

Solo la gracia de Dios es lo suficientemente fuerte como para romper las ataduras del rencor. Recuerde cuánto le ha perdonado Dios, ponga sus heridas y rencores a sus pies y confíe en que se encargará de la situación, usted será liberado y comenzará a vivir en paz una vez más.

Fraternalmente en Cristo,

Charles F. Stanley

P.D. Si está luchando por perdonar a alguien, me gustaría animarle a buscar la ayuda de Dios en oración. Él siempre está disponible para ayudar a sus hijos y puede darle la fortaleza que necesita para liberar sus cargas. En Ministerios En Contacto estamos agradecidos por su colaboración y esperamos seguir apoyándole en su caminar de fe.


¿Qué ocurre con mis anotaciones?
Color de fondo:
Claro
Aa
Oscuro
Aa
Tamaño de letra:
A
A
A