agosto 2018

Del corazón del pastor

Hay que recordar que no podemos incluir a Cristo en nuestra vieja vida sin dejarla atrás.

por Charles F Stanley

La demanda de vivir y hablar de manera “políticamente correcta” está aumentando. Se espera que todos nos adaptemos a las cambiantes sensibilidades de la sociedad en que vivimos. Y uno de los temas más delicados es cómo acercarse a Dios. Una creencia común en la actualidad es que todos las creencias y caminos nos conducen a Dios. Pero, ¿es eso cierto?

Esto no es solo una teoría, es un tema que tiene ramificaciones eternas. Por eso es muy importante que evaluemos nuestras creencias y suposiciones respecto a cómo ser aceptados por Dios. Ninguno de nosotros quiere presentarse ante Cristo en el juicio final y escucharlo decir: “Nunca os conocí” (Mt 7.23).

Cuando Jesucristo habló con aquellos que solo confiaban en sí mismos y en su propia justicia, usó una parábola que contrastaba las dos formas de acercarse a Dios. Su afirmación fue que solo hay dos caminos: uno conduce a la aceptación y el otro al rechazo. La parábola fue acerca de dos hombres que fueron al templo a orar (Lc 18.9-14). Las palabras del uno caían al suelo del templo tan pronto como salían de sus labios, mientras que la oración del otro subía directamente al cielo.

El primer hombre en la historia era un fariseo, miembro de una secta del judaísmo que enfatizaba el cumplir la Ley y todas las tradiciones asociadas con ella. Los fariseos eran los hombres más respetados de la comunidad, pues se les consideraba los más rectos y obedientes a la Ley y a las tradiciones.

El otro hombre era un recaudador de impuestos que trabajaba para el gobierno romano. Los judíos creían que los recaudadores de impuestos eran traidores a la nación judía, y eran conocidos como estafadores deshonestos que extorsionaban a la gente para enriquecerse. Comúnmente se les asociaba con pecadores y prostitutas, y se les consideraba inmundos debido a su ocupación.

El fariseo se acercó a Dios con orgullo. Cristo lo describió de esta manera: “El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo” (v. 11). Aunque había venido al templo de Dios, en realidad estaba orando para él. Esta es la característica principal del orgulloso: es egocéntrico y no cree necesitar misericordia. En lugar de pedirle perdón a Dios, enumeraba todos los pecados que no cometió y todas las buenas obras que hizo, diciendo: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano” (vv. 11, 12). El fariseo vino a orar, no porque necesitara la ayuda de Dios, sino para expresar su confianza en la aprobación de Dios mientras miraba con orgullo al cielo.

¿Por qué Dios enviaría a su Hijo a morir por los pecadores si fueran capaces de ganarse su favor?

Cristo denunció ese comportamiento de exaltación propia en el Sermón del monte, cuando dijo: “Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa” (Mt 6.5).

Aunque es posible que hoy no veamos tales exhibiciones públicas, hay muchas personas que todavía piensan que no necesitan de Dios. Se consideran tan buenos, en comparación con los criminales, que no ven ninguna razón por la cual Dios no los acepte en el cielo. Pero tal autosuficiencia hace que la cruz de Cristo sea inútil. ¿Por qué Dios enviaría a su Hijo a morir por los pecadores si fueran capaces de ganarse su favor? Tal orgullo y auto exaltación nunca nos harán aceptables a Dios. Su estándar es la perfección sin pecado. Nadie lo puede cumplir. Por eso, todos necesitamos un Salvador.

El recaudador de impuestos se acercó a Dios con arrepentimiento. Se mantuvo alejado de la atención pública, estaba tan convencido de ser un pecador, que ni siquiera alzó los ojos al cielo. Se golpeaba el pecho angustiado por su condición pecaminosa, y todo lo que pudo decir fue: “¡Dios, sé propicio de mí, pecador!” (Lc 18.13). Su humilde oración fue exactamente lo que se necesitaba para la salvación. El Señor dijo: “Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro” (v. 14).

Las personas orgullosas y prepotentes no reconocen que necesitan misericordia, porque no creen haber hecho nada malo que lo requiera. Nunca vendrán a Cristo hasta que su orgullo se rompa y finalmente vean su condición desesperada. Nadie se salva a menos que se dé cuenta de que es pecador, pues una persona que se considera “santa”, y no cree que ha pecado, no reconocerá su necesidad de Dios ni de la salvación.

En las iglesias de hoy en día, a muchas personas se les dice que Jesucristo las perdonará y vendrá a sus vidas si se lo piden. Esto es cierto, pero hay que recordar que no podemos incluir a Cristo en nuestra vieja vida sin dejarla atrás. Se necesita una vida completamente nueva, y ella comienza con la convicción del Espíritu, que nos hace sentir el peso de nuestra culpa y nuestra necesidad de la misericordia de Dios.

¿Ha venido a Cristo de esta manera? Todo lo que usted necesita para ser salvo ya fue provisto por el sacrificio de Cristo. Él sufrió el castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados, para que Dios pudiera mostrarnos misericordia. Si se ha dado cuenta de su necesidad, le invito a que hoy le clame al Padre celestial pidiendo misericordia. Él siempre acepta a los que con humildad se la piden por medio de su Hijo Jesucristo.

Fraternalmente en Cristo,

Charles F. Stanley

 


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