Debe renovar su mente con esta verdad: Usted es totalmente valioso para Dios. El Señor sacrificó todo para tener una relación con usted, incluyendo morir en la cruz del Calvario... El Señor es el único con una visión ilimitada de quién es usted por dentro; y a sus ojos, usted es “una creación admirable”.
—Charles F. Stanley, “La conversación suprema”
He conocido a muy pocas personas que se sientan de veras a gusto hablando de su propio valor en cualquier aspecto de la vida. De hecho, muchos que han alcanzado un alto nivel de éxito terrenal o fama han confesado que nunca han dejado de sentirse como impostores, incluso cuando comenzaron a llegar los elogios, las giras publicitarias o aumentaron los saldos de sus cuentas bancarias.
Pienso en las personas que conozco que, después de décadas de intentos, siguen tratando de demostrar a sus padres, su pareja, sus hermanos o sus amigos el valor que tienen. Hagan lo que hagan, no importa cuántos años pasen, nada parece responder a la insuficiencia que ven dentro de sí mismas. No es de extrañar que nosotros, que pecamos con tanta facilidad, titubeando entre la fidelidad y la apatía, luchemos por creer que Dios, que lo ve y lo sabe todo, nos ama sin condiciones. Y no a pesar de quienes somos, sino por eso: hijos e hijas amados hechos a su imagen.
Muchos que han alcanzado un alto nivel de éxito terrenal o fama han confesado que nunca han dejado de sentirse como impostores.
Quizás estoy hablando solo por mí cuando digo que aceptar la visión de Dios de quién soy, es una de las luchas perdurables de la vida. Pero algo me dice que no estoy solo en esto —que es una condición común y generalizada. De ahí el aliento del Dr. Stanley para renovar nuestras mentes al meditar en el hecho de que somos, de hecho, valiosos por completo. Y en nuestra cultura de comparación, necesitamos esa renovación con frecuencia.
Como Pedro en el aposento alto, respondemos a la humildad y generosidad de Cristo con el rechazo: la osadía de decirle a Dios lo que hará o no hará con nosotros.
Lo insidioso, en el fondo de cualquier incredulidad sobre el amor incondicional de Dios por nosotros, es el orgullo disfrazado de humildad. Como Pedro en el aposento alto, respondemos a la humildad y generosidad de Cristo con el rechazo: la osadía de decirle a Dios lo que hará o no hará con nosotros, lo que debería o no debería pensar:
“Luego echó agua en un recipiente y comenzó a lavarles los pies a sus discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba a la cintura. Cuando llegó a Simón Pedro, este le dijo: Y tú, Señor, ¿me vas a lavar los pies a mí? Ahora no entiendes lo que estoy haciendo —le respondió Jesús—, pero lo entenderás más tarde. ¡No! —protestó Pedro—. ¡Jamás me lavarás los pies! Si no te los lavo, no tendrás parte conmigo”.
“Y Pedro, siempre ferviente, responde”:
“Entonces, Señor, ¡no solo los pies, sino también las manos y la cabeza!” (Juan 13.5-9 NVI).
Aunque este pasaje no se refiere con exactitud a la dignidad, ejemplifica el orgullo de nuestros corazones cuando miramos al Señor Jesús, que está a nuestro lado para servirnos, y le decimos: "No a mí, Señor."
El Señor es el único con una visión ilimitada de quién es usted por dentro; y a sus ojos, usted es “una creación admirable”.
Negar el valor del creyente en Cristo es disminuir lo que se logró en la cruz –no en la realidad, por supuesto, sino en cómo se manifiesta su poder en nuestras vidas. Al final, contemplar el valor que tenemos no es pensar en nosotros mismos en absoluto, sino estar admirados de la bondad y la generosidad de Dios, que trascienden nuestra imaginación más fantástica de lo que pueden ser la bondad y la generosidad. Es sencillo de entender, no podemos vernos con claridad —no podemos descubrir quiénes somos en realidad— si no estamos en comunión con Él. En las palabras de Pablo, nuestra verdadera vida está "escondida con Cristo en Dios" (Colosenses 3.3).
¿Qué haría usted con su vida si ya no llevara la carga de sentirse indigno? ¿Qué les diría a las personas más cercanas a usted, y cómo las amaría de manera diferente? Tal vez nuestra transformación comience tratándonos a nosotros mismos de la misma manera —eligiendo vivir como si lo que Dios dice es cierto. Tengo la corazonada de que, al dar pasos en esa dirección, encontraremos que la carga se vuelve más ligera, que nuestros corazones saltan más alto y más lejos, más allá del mero conocimiento de que somos valiosos, viviendo, moviéndonos y teniendo nuestro ser en la plenitud del amor del Señor.
