En una diminuta iglesia con paredes hechas de hierba, conocí a la “Niña Api” de 8 años, y a su familia, sentados en un suelo de tierra cubierto de paja. Yo estaba visitando a mi hijo, misionero médico en las tierras altas occidentales de Papúa Nueva Guinea. La Niña Api estaba sentada en el suelo rodeada de su familia: su hermano de 10 años, Mamá Bubu (abuela), una tía y seis primos. Pero se quedó junto a su Papá Bubu (abuelo), agarrada de su mano y apoyando la cabeza en su pecho.
En la lengua pidgin de Papúa Nueva Guinea, Api significa “feliz”, pero para el estadounidense promedio, la vida de ella parece muy infeliz. Hace dos años murieron sus padres. Ahora vive en una pequeña aldea sin electricidad ni agua corriente. Tiene cáncer de los huesos, pero no tiene opciones de quimioterapia o radiación. Se está muriendo.
En algún momento, no puedo evitar preguntarme: “Señor, ¿por qué hay tanto sufrimiento? ¿Por qué esta niña de 8 años? Dios mío, ¿qué explicación tienes para todo este sufrimiento?”
La Biblia no proporciona una respuesta completa a las historias de sufrimiento de todos —la suyas, las mías o las de la Niña Api—, pero sí da algunas pistas sólidas, como grandes piezas de un rompecabezas. Veamos este fragmento de la Biblia: El Dios del universo ha entrado en nuestro sufrimiento. Su nombre es Emanuel: “Dios con nosotros”. Dios que muere en una cruz por nosotros. El Dios que entra en nuestro dolor, pecado y angustia. O pensemos en esto: Vivimos en un mundo caído, un mundo agobiado, fracturado y deforme por el pecado y sus consecuencias. Todo cristiano puede decir: “¡Este mundo fracturado no es como debería ser!” Sin embargo, lo es.
Hay más piezas, pero esta es mi favorita: Dios tiene un plan para encargarse del sufrimiento: lo abolirá para siempre. El libro de Isaías ofrece imágenes maravillosas, una tras otra, de esta promesa. Dios, nuestro Padre celestial, convertirá las armas de guerra en rejas de arado (Isaías 2.4); creará un mundo nuevo en el que los lobos morarán con los corderos (Isaías 11.6,9); Dios se convertirá en un baluarte para el desvalido, preparará “un banquete de manjares especiales” y enjugará las lágrimas de todo rostro (Isaías 25.4-8 NVI).
Dios tiene un plan para encargarse del sufrimiento: lo abolirá para siempre.
El canto profético de redención de Isaías alcanza un crescendo en el capítulo 65, cuando el Dios viviente dice: “Yo crearé nuevos cielos y tierra nueva. Y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento” (Isaías 65.17). Luego Dios declara dos asombrosos “Nunca más”: “Nunca más se oirán en [Jerusalén] voz de lloro, ni voz de clamor” (Isaías 65.19); y “Nunca más habrá en [Jerusalén] niños que vivan pocos días” (Isaías 65.20 NVI, énfasis añadidos).
Todo el pasaje aborda las angustiosas preguntas que planteé antes, preguntando qué tiene que decir Dios sobre el sufrimiento. Dios responde: Escucha esto: Yo lo aboliré. Con toda la fuerza de mi ira, lo derrotaré. Entraré en el escenario de la historia del mundo y diré: ‘Nunca más’ sufrimiento. Él borrará todo vestigio de muerte y hará que vuelva el mundo que era “bueno en gran manera” (Génesis 1.31 LBLA). Para el seguidor del Señor Jesús, la respuesta de Dios al sufrimiento termina en el cielo, pero comienza en la Tierra y se nos ofrecen vistazos incluso ahora mismo.
Aquel día, en la iglesia con paredes de hierba, el pastor Anthony, capellán del Hospital Kudjip, donde trabaja mi hijo, abrió su Biblia y predicó un sermón de diez minutos. Habló de la resurrección del Señor Jesús en Lucas 24, dirigiéndose a menudo directamente a la Niña Api. Mi hijo tradujo su sencillo pero poderoso mensaje sobre cómo el Señor resucitado nos llena de esperanza en cuanto a nuestra propia resurrección. Aquello fue algo hermoso. Nadie se movió. Ningún niño estuvo inquieto. Todos escuchaban. El mensaje me hizo añorar el cielo, el lugar del “nunca más” de Dios. La Niña Api y sus abuelos son auténticos seguidores del Señor Jesús, de modo que todavía se me salen las lágrimas al pensar en el glorioso destino de ella, lleno de alegría en y a través del Señor Jesús.
La respuesta de Dios al sufrimiento termina en el cielo, pero comienza en la Tierra y se nos ofrecen vistazos incluso ahora mismo.
Pero hay más. Hace unos sesenta años, el evangelio llegó a la aldea de Papá Bubu, y su padre se convirtió en seguidor del Señor Jesús. Así que Papá Bubu creció en un hogar cristiano. Todavía sigue al Señor e incluso es anciano en su iglesia. Cuando hablamos del Señor Jesús, sonríe y sus ojos brillan de alegría. Durante siglos, los hombres de la región Tierras Altas Occidentales de Papúa Nueva Guinea vivieron según estrictas leyes de violencia y venganza. Ahora este anciano, transformado por Cristo, nunca se separa de su nieta. Cuando todos nos levantamos, salimos de la iglesia y contemplamos las hermosas montañas a lo lejos, él sigue sosteniendo su mano. ¡Qué ternura! ¡Qué dulzura!
Recordé las palabras en cuanto al Señor Jesús en Apocalipsis: “Enjugará… toda lágrima... Yo hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21.1-5). El reino de Dios que acaba con el dolor está llegando. Pero también está comenzando a entrar ahora. En el suelo cubierto de paja de esa iglesia, tuve el sabor anticipado de la respuesta de Dios al sufrimiento, y eso fue bueno.