Dios es soberano. Él es la autoridad suprema sobre todas las cosas, incluyendo el pecado y sus repercusiones. Él no hace que alguien peque, pero sí permite que seamos tentados. Y como tenemos libre albedrío y el Espíritu Santo, podemos decidir cómo actuar. Él retiene el control y entreteje las consecuencias de nuestras acciones de acuerdo con sus propósitos.
A veces, Dios permite que nuestro pecado siga su curso. Por ejemplo, cuando los israelitas se negaron a apartarse de su desobediencia, “los [entregó] a la dureza de su corazón, para que anduvieran en sus propias intrigas” (Sal 81.12 LBLA). Sin la protección divina, la nación sucumbió a las influencias corruptas y fue conquistada. Esas consecuencias llevaron a los israelitas al arrepentimiento, que era el plan original del Señor. Por otra parte, Dios a veces detendrá de inmediato el pecado. Ese fue el caso cuando el rey Abimelec tomó para sí a la esposa de Abraham. El rey había sido engañado y no era consciente de que estaba a punto de pecar. Pero el Señor conocía el engaño e intervino (Gn 20.1-6).
La tentación es inevitable, pero pecar es una elección. La soberanía de Dios significa que cualquier tentación debe pasar primero por su voluntad. Él se asegura de que sus hijos nunca sean tentados más allá de lo que pueden resistir (1 Co 10.13).
Biblia en un año: JEREMÍAS 31-32