Las mujeres caminaban juntas en la oscuridad, con los ojos rojos y doloridos de tanto llorar. Llevaban especias aromáticas y perfumes, preparadas para realizar un último acto de amor por su rabí, que ahora estaba en la tumba. Lo habían visto sufrir y morir. Y hoy venían a ungirlo, a despedirse.
ilustración por Jeff Gregory
Pero al acercarse, en la penumbra del amanecer, notaron que algo no cuadraba. La enorme piedra que sellaba la entrada —aquella que tanto les preocupaba, preguntándose quién se la rodaría— no estaba. Y allí, sentado despreocupadamente sobre esa piedra enorme, como si no fuera más que un banco común, estaba un ángel.
“No está aquí”, les dijo, “pues ha resucitado” (Mateo 28.6).
El obstáculo que había sido colocado para marcar la victoria de la muerte, la barrera destinada a sellar al Señor Jesús en el sepulcro para siempre, se había convertido en el asiento para el mensajero de una noticia revolucionaria. Esta transformación —este momento en que lo ordinario se volvió extraordinario— estableció un patrón que continuó durante los primeros días después de la Resurrección. Una y otra vez, la verdad de que el Señor Jesús venció a la muerte y volvió a la vida impregna lo cotidiano de gloria, remodelando lo familiar en señales de la nueva creación. Cosas que antes se daban por sentadas se convierten en marcadores de la nueva vida disponible en Cristo.
Otra escena en un huerto se desarrolló con esa misma cualidad de sorpresa sagrada. María Magdalena llegó al sepulcro en la oscuridad menguante, con la devoción superando su miedo. Ella también encontró la piedra rodada y la tumba vacía. En medio de su dolor y confusión, sollozó. Entonces alguien le habló: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” (Juan 20.15).
Ella pensó que era solo el hortelano —y quizás, en cierto sentido, lo era—. En este huerto de resurrección, Cristo estaba cuidando las primicias de una nueva humanidad, algo que María aún no comprendía. Ella le suplicó al extraño: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré” (Juan 20.15).
Entonces, el Señor Jesús pronunció su nombre.
Es una sola palabra —algo que ella había escuchado incontables veces— dicha por una voz que pensó que jamás volvería a oír. Se convirtió en algo totalmente nuevo: un llamado de la muerte a la vida, del luto a la misión. Se dio la vuelta y no vio a un hortelano, sino a su Maestro. El huerto que momentos antes había sido un cementerio se convirtió en el lugar de nacimiento de la nueva creación.
Este patrón continuó en el mar de Galilea. A pesar de haber visto al Señor resucitado, Pedro regresó a lo que conocía: la pesca. La noche no produjo nada; solo redes vacías y la frustración punzante de un fracaso ya familiar. Pero al amanecer, una figura solitaria estaba en la orilla, alguien a quien los discípulos no reconocieron en la tenue luz.
Él les dijo que echaran las redes, y cuando obedecieron, las redes se tensaron bajo el peso de la pesca. En ese momento, Juan reconoció el patrón y dijo: “¡Es el Señor!” (Juan 21.7). Eso fue lo único que Pedro necesitó escuchar. Se lanzó al agua, nadando hacia el Señor Jesús con su característica impetuosidad.
En la playa, el Señor ya había preparado un desayuno de pescado cocinado sobre brasas, junto con pan. Comieron juntos, y en ese desayuno sencillo, el Señor Jesús comenzó la obra de restauración. Tres veces le preguntó a Pedro: “¿Me amas?”. Y tres veces Pedro afirmó su amor. El acto ordinario de comer juntos fue un espacio de transformación, restableciendo una relación que una vez se rompió y reconfirmando el llamado de Pedro (Juan 21.9-17).
Pero quizás la ilustración más hermosa de este patrón transformador tuvo lugar en el camino a Emaús. Con el corazón cargado de dolor y confusión, dos creyentes se alejaban de Jerusalén; once kilómetros de camino polvoriento se extendían ante ellos.
Un desconocido se les unió. Parecía no saber del arresto, juicio y crucifixión del Señor Jesús. Así que se lo explicaron todo, con voces cargadas de tristeza: “Nosotros esperábamos que él era el que iba a redimir a Israel” (Lucas 24.21).
El desconocido escuchó y luego comenzó a enseñar. Comenzando por Moisés y todos los profetas, les explicó cómo el Mesías tenía que sufrir estas cosas antes de entrar en su gloria. Recordarían más tarde que sus corazones ardían mientras Él hablaba, pero aun así no captaban a cabalidad lo que estaba sucediendo.
Al acercarse a la aldea, le rogaron al desconocido que se quedara, y Él aceptó (Lucas 24.29). En la mesa, tomó el pan, lo bendijo y lo partió; y al instante les fueron abiertos los ojos. Lo vieron. Lo reconocieron.
La ordinaria comida fue una revelación que transformó el viaje de ellos. Lo que había sido una retirada se convirtió en una carrera de regreso a la ciudad y a los discípulos, para proclamar: “Ha resucitado el Señor verdaderamente” (Lucas 24-34). Pero aquí está la mejor parte: este proceso de transformación no es historia reservada para los creyentes de la iglesia primitiva. La resurrección continúa respirando nueva vida en todo lo que ella toca.
Consideremos el primer día de la semana. Lo que antes solo era el día después del día de reposo, algo común en el ritmo de la vida judía, se convierte en el Día del Señor, una celebración semanal de la resurrección. Cada domingo nos transporta de vuelta a ese huerto, donde la muerte fue derrotada y comenzó la nueva vida.
Lo mismo ocurre con el pan y el vino. Son los alimentos más ordinarios, básicos de la vida diaria en muchas culturas. Sin embargo, en manos de una iglesia que sigue el mandato del Señor Jesús de “haced esto en memoria de mí”, se convierten en un sabor de la eternidad, la nueva creación de Dios irrumpiendo en el tiempo ordinario. Cada celebración de la Comunión hace eco de aquel desayuno en la playa, de aquella cena en el aposento alto, de aquella comida en Emaús.
Este es el núcleo de nuestra fe, una verdad captada por Pablo: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5.17). La resurrección no solo promete una transformación en algún futuro lejano, sino que la trae al presente, impregnando el mundo que habitamos —aquí y ahora— con lo eterno.
La fe en la resurrección significa que nada en la vida es demasiado ordinario para ser transformado. En Cristo, todo tiene un potencial sagrado. Las comidas que compartimos se convierten en momentos de comunión. El trabajo que hacemos con nuestras manos, una ofrenda de adoración. Las conversaciones difíciles que manejamos con gentileza, los momentos en que elegimos la paciencia sobre la frustración, la decisión de perdonar cuando sería más fácil guardar rencor... son los momentos mismos en que el poder transformador de la resurrección de Cristo se hace evidente en el mundo. Solo necesitamos ojos para ver y oídos para oír, para vivir cada momento bajo la luz milagrosa de la mañana de Pascua.