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Ni yo te condeno

El Señor Jesús perdonó a la mujer acusada de adulterio, pero ¿qué pasó después?

Michelle Van Loon 1 de septiembre de 2018

La turba de hipócritas religiosos irrumpió en su casa mientras vociferaban oraciones a pedazos, y sus palabras eran un grito de guerra. Sus sublimes pero maniáticas expresiones de alabanza al Altísimo eran un contraste asombroso con la violencia de sus acciones. Los hombres le pusieron las manos encima, arrastrándola como un saco de basura por las calles de Jerusalén. Ella gritaba y luchaba por liberarse, pero nadie se atrevió a intervenir. No cuando ya la habían declarado culpable. Si lo era o no, no parecía importarles.

Ella gritaba y luchaba por liberarse, pero nadie se atrevió a intervenir. No cuando ya la habían declarado culpable.

Los hombres se abrieron paso a través de una multitud reunida para escuchar a un predicador con acento galileo que hablaba en el atrio exterior del templo. Luego la empujaron al centro del grupo antes de alejarse de ella como si fuera una leprosa. El mayor de los hombres, el líder del grupo, alzó su voz triunfante y habló al predicador: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio, y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?”.

El corazón roto de la mujer volvió a desgarrarse ante la pregunta.

Dirigió su vista hacia el Maestro, y lo vio mirando el mismo suelo que ella había estado mirando, y con su dedo índice escribiendo en la tierra. ¿No los escuchó? ¿No les tenía miedo? La turba que la arrastró allí seguía gritando sus preguntas, cada vez más fuerte, como si Él fuera sordo. Algunos en la multitud que se habían reunido para escuchar, sumaron sus voces a la creciente batahola ensordecedora.

Cuando el Maestro por fin se levantó, estuvo durante un momento sin hablar, y la multitud guardó silencio. Hasta que habló, con voz firme: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. Se detuvo por un momento, mirando a este y a aquel fijamente a sus ojos, sin pestañear, antes de arrodillarse de nuevo y comenzar a escribir algo que la mujer no podía descifrar en el polvo. Él no levantó la vista otra vez. Después de que la multitud se dispersó, Jesucristo se puso de pie y sus miradas se encontraron por un momento. “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?”.

Quizás ella miró hacia abajo, sintiéndose desenmascarada, pero de alguna manera segura. “Ninguno, Señor”. “Ni yo te condeno”, declaró el Maestro. “Vete, y no peques más”.

La turba que la arrastró allí seguía gritando sus preguntas, cada vez más fuerte, como si Él fuera sordo.

Un par de discípulos de Jesucristo se acercaron para decirle que alguien había invitado a su grupo a comer. Aturdida e insegura de qué hacer después, la mujer comenzó a seguirlos. A seguirlo a Él. Jesucristo se volvió, negó con la cabeza, y le dijo con bondad: “Vete”.

Tal vez ella entendió que si tenía que seguirlo, tendría que hacerlo en casa, no solo viviendo la misericordia que había recibido, sino haciéndolo entre la comunidad que sabía bien quién era ella, y lo que sus acusadores decían que había hecho.

Jesucristo le había dicho que se marchara y no pecara más. Pero no le había explicado cómo debía vivir.

¿O sí lo había hecho?

Aunque este relato en Juan 8.1-11 no está incluido en algunos de los primeros manuscritos, quienes compilan las Sagradas Escrituras en la forma que tenemos ahora en nuestras Biblias, decidieron dejar la narración donde está, ya que es coherente con el ministerio de Jesucristo que se encuentra a largo de todas las reseñas del evangelio.

Me sorprende la falta de instrucciones específicas que Jesucristo le dio a esta mujer. No necesitaba darle una lista de lo que debía y no debía hacer. Como mujer judía que vivía en Jerusalén, ella sabía al menos lo básico acerca de lo que era el pecado, ya que había sido acusada de violar el séptimo mandamiento (Ex 20.14).

Más allá de eso, puede no haber sido una experta en la Ley, pero sus acusadores sí lo eran. La Torá prescribía que se aplicara la pena de muerte tanto al hombre como a la mujer sorprendidos en el acto de adulterio (Lv 20.10; Dt 22.22). Además, la Ley requería que quienes habían presenciado el pecado eran quienes debían arrojar las primeras piedras. La palabra de un solo testigo no era suficiente; era necesario que al menos dos personas hubieran descubierto el comportamiento íntimo de una pareja adúltera in fraganti (Dt 17.6, 7). Si bien la muerte por lapidación significaba que una muchedumbre se uniría al castigo, para que ninguna persona pudiera ser responsable de quitarle la vida a alguien, la obligación de arrojar las primeras piedras recaía solo en los acusadores.

Jesucristo le había dicho que se marchara y no pecara más. Pero no le había explicado cómo debía vivir.

En el caso de esta mujer anónima, nada de esto importaba a sus rivales. El acecho de ellos al comienzo de la mañana era una trampa, simple y llanamente. Ellos creían que Jesucristo estaba burlándose de la Torá, sanando en el día de reposo, compartiendo la mesa con pecadores, y atrayendo a multitudes ansiosas por escuchar lo que tenía que decirles. Para derribarlo, estos expertos religiosos estaban felices de sacrificar su obediencia a la Ley que decían apreciar.

El profesor W. Hall Harris III dijo acerca de este relato: “Los escribas y los fariseos debieron haber pensado que tenían a Jesucristo en la clásica situación del ‘callejón sin salida’: podrían atraparlo sin importar lo que él hiciera o dijera. Si afirmaba la Ley y ordenaba que la mujer fuera apedreada, podrían presentar una acusación ante Pilato (ya que la pena de muerte no estaba permitida a las autoridades judías), y esto podría combinarse con las aclamaciones populares de él como Rey. Si, por otro lado, invalidaba la Ley, quedaría desacreditado ante el pueblo”.

Confieso que mi lectura habitual de este texto durante años fue algo así como: “¡Apuesto que los fariseos no vieron venir esta respuesta! Ah, y oye, mujer, por favor deja de tener relaciones sexuales con un hombre que no es tu marido”. Tal vez no le sorprenda a usted, entonces, saber que durante mucho tiempo luché con la idea de que tal vez mis pecados habituales podrían “agotar” la gracia de Dios para mí. Podía escuchar bien claro la voz de mi acusador, el enemigo de mi alma. Como resultado, podía ser un duro fariseo conmigo mismo, y a veces tenía expectativas poco realistas de los demás. Tal vez en secreto albergaba cierta simpatía por los acusadores de la mujer, unas autoridades que estaban muy preocupadas por el comportamiento correcto.

 

El escritor y profesor William Barclay señaló que un uso adecuado de la autoridad debería inclinarse a la búsqueda de la rehabilitación del malhechor, y agregó: “Cualquier autoridad que se preocupe solo por el castigo está equivocada; cualquier autoridad que, en su ejercicio, lleve al malhechor a la desesperación o al resentimiento, es un fracaso. La función de la autoridad no es desterrar al pecador de toda sociedad decente, y menos aún aniquilarlo; es convertirlo en un buen hombre. El hombre puesto en autoridad debe ser como un médico sabio; su único deseo debe ser sanar”.

Jesucristo demostró ser un médico sabio esa mañana en los atrios del templo. Afirmó la Ley a la perfección, y al mismo tiempo demostró su facultad quirúrgica al separar a la mujer de su antigua vida. Su gracia asombrosa cambió todo, y le dio a la mujer justo lo que necesitaba para andar en los caminos de Él. Jesucristo estaba pidiéndole que hiciera más que evitar el pecado. Estaba pidiéndole que viviera en verdad la misericordia que había recibido. Estaba pidiéndole que perdonara y siguiera perdonando, así como había sido perdonada. La única manera en que podía dejar su vida de pecado era perdonando al hombre con quien había sido acusada de tener la aventura, a sus acusadores y a ella misma.

Considere esto: Cada vez que ella escuchara los susurros de sus vecinos, tendría que perdonarlos por el desbordamiento de la segunda oportunidad que le ha concedido Cristo. Cada vez que se cruzara con uno de sus acusadores en la calle, tendría que soltar las “piedras” que podría haber tenido la tentación de lanzarle. Cada vez que escuchara el nombre del hombre con quien había caído en adulterio, debía abrazar la misericordia que había recibido. Cada vez que viera su propio pasado reflejado en un espejo, recordaría que había recibido una nueva vida de Aquel que sabía justo quién era ella, en realidad.

Cada vez que ella escuchara los susurros de sus vecinos, tendría que perdonarlos por el desbordamiento de la segunda oportunidad que le ha concedido Cristo.

Me doy cuenta de que, durante muchos años, poner el énfasis en “no pecar más” en mi propia vida me enseñó a enfocarme en mi desempeño religioso. Al hacerlo, hacía a la gracia mucho menos asombrosa de lo que en verdad es. Extrañaba el poder de la orden sencilla que Jesucristo dio a esta mujer que acababa de recibir un indulto de su sentencia de muerte. La envió de vuelta a su antigua comunidad para vivir una nueva vida, una que no se parecía en nada a una actuación religiosa sin vida, sino que estaba formada por la realidad de que ella había sido rescatada.

No fue la voluntad de dejar de pecar lo que cambió a esta mujer, la que está cambiándome a mí, la que está cambiándole a usted. El filósofo Peter Kreeft dijo: “Confiar en la gracia de Dios significa confiar en el amor de Dios por nosotros, en vez de nuestro amor por Dios”. La mayoría de nosotros vivimos en la práctica del perdón que hemos recibido de Él entre al menos algunas personas que creen que somos culpables de algún tipo de fracaso moral: miembros de la familia, compañeros de trabajo, vecinos, nosotros mismos. Confiar en el amor del Señor significa probar el amargo temor de la condena que merecemos, para poder saborear plenamente la dulzura de las palabras que Cristo nos dice: “Ni yo te condeno”.

Fotografía por Los Voorhes

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