“Mackenzie tuvo una mañana divertida”, dije, al entregarle la cansada niña a su madre después del servicio de la iglesia.
El agradecimiento que recibí de la mamá hizo poco por calmar la amargura que crecía en mí al limpiar las mesas y guardar los juguetes con la otra voluntaria de la guardería de la iglesia. Intenté darme la misma combinación de sermón y motivación que hacía cada semana. Me recordé a mí misma el regalo que podía ser una guardería bien atendida para padres jóvenes, tal como lo había sido para nuestra familia, y lo bueno que era sembrar algunas semillas de fe a través de canciones, historias y juegos en la vida de los niños, mientras los servicios de la iglesia para la “gente grande” se llevaban a cabo en el santuario.
Ilustración por Jeff Gregory
Ese discurso de ánimo mantuvo mi cabeza y mi corazón alineados durante tres años —innumerables domingos sirviendo jugo de manzana y repartiendo galletas en forma de peces durante la merienda. Pero durante el último par de años, había sentido que mi resentimiento crecía. Rara vez asistía a un servicio de adoración dominical porque nunca había suficientes voluntarios para atender la guardería, un hecho que nadie parecía notar. Una sola palabra me obligaba a seguir sirviendo, aunque estuviera agotada, y era severa: Debería.
Sí, el servicio sacrificial es un componente esencial en la vida y en el crecimiento de un discípulo. Y es cierto que ciertas tareas prácticas deben hacerse para que una iglesia funcione. Por esas razones, el “debería” puede ser un empujón bien dirigido que nos mueve de la inercia a la acción. Pero también puede transformar el servicio en una especie de rutina sin alegría.
A nivel personal, me sentía usada y agotada. No seguía trabajando en la guardería porque me hubieran hecho sentir culpable o manipulada para hacerlo. (Aunque conozco a otras personas que han tenido esa experiencia.) No tenía palabras para describirlo en ese momento, pero sentía que servir era una señal de mi compromiso con el Señor Jesús. Aunque nadie me lo había dicho de manera directa, había absorbido la idea de innumerables ilustraciones de sermones y biografías de misioneros de que el servicio desinteresado sin quejas y sobrehumano glorificaba a Dios. Si quería agradarlo a Él (y yo sí quería), eso significaba asignarme el deber de la guardería.
Los “deberías” que moldean el camino del discipulado son complicados. Hay “deberías” que, si bien son moralmente necesarios, no siempre son placenteros o cómodos. Por ejemplo, decir no al pecado no siempre es placentero en el momento. Puede ser doloroso decir la verdad cuando una mentira sería más conveniente. Puede ser difícil no hacer una compra impulsiva cuando la tentación es gastar de más. Y puede tener un costo social o profesional hablar en defensa de los marginados en nuestra comunidad cuando es mucho más fácil permanecer en silencio.
Pero la palabra debería no siempre se refiere a los imperativos morales definidos con claridad en la Sagrada Escritura. La palabra también puede recordarnos responsabilidades cotidianas (Debería llevar los botes de basura a la acera porque hoy es día de recolección). Puede ayudarnos a pensar en nuestras opciones mientras discernimos la mejor elección (¿Deberíamos ir al autoservicio por una hamburguesa grasosa o ir a casa a comer una ensalada?) Puede expresar esperanza (Deberíamos invitar a la nueva pareja del vecindario para conocerlos mejor.)
El apóstol Santiago habló de los tipos de “deberías” personales y situacionales que encontramos en la vida cotidiana cuando escribió: “Y al que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado” (Stg 4.17). Sus palabras nos desafían a ir más allá de nuestras propias preferencias y buscar por voluntad propia cuidar bien a quienes nos rodean.
Muchos “deberías” en nuestra vida son específicos de nuestras circunstancias particulares. Santiago podría sugerir que convencerse de no pasar a ver a un anciano vecino fastidioso porque uno está demasiado ocupado y porque, por experiencia previa, se sabe que no parará de hablar, no es la mejor opción. El deber de hacer el bien incrustado en este tipo de “debería” son los cimientos para construir relaciones que honran a Dios.
Tenemos problemas con los “deberías” cuando están arraigados en la falsa culpa y el desempeño religioso. Ese tipo de obligación fomenta la falta de autenticidad. Cuando yo era la única que tenía evidencia de que un compañero de trabajo había hecho trampa en un gran proyecto, manipulado sus relaciones en el trabajo para su propio beneficio y, como resultado, ganado un ascenso, me esforcé en parecer feliz por él porque quería que nuestros otros colegas me vieran como una persona compasiva (y, por ende, una buena cristiana).
Para ser sincera, si no me hubiera impulsado un “debería” arraigado en el desempeño religioso, es posible que mis reacciones no se hubieran visto muy diferentes. Sin embargo, Dios sabía que mis motivaciones no venían de un sitio de vida. Ahora me doy cuenta de que había adoptado, sin darme cuenta, la mentalidad de que, al ser la única creyente en el grupo, yo era responsable de ser la agente de relaciones públicas de Dios en mi lugar de trabajo. Eso generó que muchas de mis interacciones con mis compañeros de trabajo se basaran en el desempeño. Me impulsaba la falsa culpa de los “debería” que Dios nunca me había pedido que adoptara.

Examinar con cuidado la culpa falsa de los tipos de “debería” que surgen de un verdadero fracaso moral solo se puede hacer en compañía del Espíritu Santo: “Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él; pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas” (1 Jn 3.19, 20).
Fue mi creciente agotamiento lo que me convenció de mis creencias poco saludables e inútiles sobre Dios, sobre mí misma y sobre la naturaleza del servicio que me mantuvo allí por demasiado tiempo. Había convertido el llamado al servicio en un mandato autoimpuesto y sin alegría. Nadie, y mucho menos Dios, me estaba pidiendo que sirviera en la guardería durante tanto tiempo como lo había hecho.
Así que tomé un descanso muy largo de las cajitas de jugo y las galletas, las canciones y las páginas para colorear. Descansé. Adoré con los adultos los domingos. Descubrí que había libertad al entender qué impulsaba mis respuestas a los “deberías” en mi vida. Al final, encontré otras maneras de ayudar. Y ahora, cuando me ofrezco para echar una mano en la guardería como suplente ocasional, voy solo porque quiero hacerlo.