Me froto los ojos, cansado de mirar la pantalla durante horas, y me doy cuenta de que ya pasó la medianoche. Necesito irme a la cama. Lo único que me separa de mi almohada es una escalera. Gimo al pensar en subirlas una vez más y comienzo una cuenta regresiva para motivarme: Vamos, David. Tú puedes hacerlo, tres… dos… uno… ¡vamos! Y, como siempre, mis rodillas crepitan a mitad del camino para recordarme que ya no tengo veinte años y que esto no puede seguir así para siempre. Y como la mayoría de las personas en mi etapa de la vida, he empezado a pensar en vender nuestra casa de dos pisos.
Ilustración por Jeff Gregory
Comencé mirando de vez en cuando uno que otro anuncio inmobiliario en el área donde queremos vivir. Mi esposa y yo habíamos pensado que tal vez debíamos vivir en una casa más pequeña, y la idea de una vida sencilla y sin complicaciones resultaba inspiradora. Pero, a medida que seguía buscando, las cosas tomaron un rumbo muy distinto. Resulta que internet no está interesado en mostrarnos menos.
Por todas partes aparecían cosas que yo no sabía que necesitaba o quería. Me sorprendí preguntándome: Bueno, ¿qué podría comprar con un poco más de dinero? y ¿Cuánto costaría un poco más de espacio? Con toda seguridad queremos árboles grandes, así pues ¿qué tal un patio más grande? ¿Un espacio para un taller de carpintería? ¡Oh, podríamos tener una cocina al aire libre! ¡Eso suena bien! Antes de darme cuenta, mi simple deseo de librarme de las escaleras quedó olvidado entre pensamientos tentadores de unas duchas tipo lluvia, despensas amplias y habitaciones inundadas de luz natural.
Después de solo unos días, podía sentir un nudo formándose entre mis ojos y mis hombros tensándose más con cada anuncio en el que hacía clic. Comencé a preguntarme: ¿De verdad es buena idea tener menos espacio? ¿Cómo se vería eso? He trabajado duro. ¿No merezco cosas lindas? Me encontré cerrando mi computadora portátil, no con una sensación de expectativa o satisfacción, sino abrumado por sentimientos de frustración, enojo y depresión. ¿Por qué todo es tan caro? me preguntaba. No hay nada que pueda pagar que cubra todas mis necesidades.
Tuve que dejar de buscar. Me encantaría decir que lo hice porque sentí de inmediato la guía del Espíritu o porque recibí una profunda revelación espiritual sobre la naturaleza de las posesiones materiales. Pero la verdad es que estaba harto de sentirme frustrado e insatisfecho. Soñar ya no era divertido, y era difícil escribir con los puños apretados.
Me había quedado atrapado en un tira y afloja entre mi deseo inicial de simplicidad y la atracción implacable de querer más. Y me di cuenta de que no solo buscaba casas en un vacío: mi “búsqueda” estaba siendo distorsionada. Los algoritmos registraban cada sitio que visitaba, cada enlace que abría, aprendiendo a conocerme mejor que yo mismo. Los anunciantes pagan mucho dinero para saber qué me atrae y luego dirigir mis deseos. Era enloquecedor darme cuenta de que mis datos estaban siendo utilizados como un arma en contra de mis valores.
Aunque las casas —como todo— son sin duda costosas hoy en día, el verdadero problema era que estaba persiguiendo algo que no se puede alcanzar. Esta persuasión impulsada por los datos hacia el lograr más estaba creando una forma de agotamiento muy del siglo XXI que me estaba robando el contentamiento y la buena vida que Dios quiere para nosotros.
Aunque nuestra conexión a internet añade un giro muy moderno, a lo largo de los siglos las personas han sido vulnerables a esta trampa tan humana. Miles de años atrás, el libro de Proverbios ofrecía palabras de sabiduría para ayudarnos en esta lucha: “No me des pobreza ni riquezas; mantenme del pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová? O que, siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios” (Proverbios 30.8, 9).
Esta sabia visión de la vida y de las posesiones no romantiza la pobreza como un camino noble para agradar a Dios, ni tampoco afirma que las riquezas sean el camino hacia la felicidad verdadera. Nos guía por un camino intermedio en el que honramos al Padre estando contentos tan solo con tener nuestras necesidades cubiertas. Cuando el Señor Jesús enseñó a sus discípulos a orar, incluyó esta misma sabiduría, diciendo: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Mateo 6.11). En este versículo tan conocido, el Señor enseña que nuestras necesidades reales son, de hecho, modestas. Cuando pedimos a Dios que nos sustente con alimento y refugio, y le damos gracias por esas bendiciones sencillas, mantenemos una perspectiva saludable sobre las cosas materiales y cultivamos el contentamiento.
Sin embargo, la idea de encontrar satisfacción en la sencillez se siente como nadar contra la corriente cultural. La sociedad en que vivimos parece insistir es que fuimos hechos para un consumo constante e insaciable, y que esto es normal, quizás incluso admirable. Este impulso se alimenta sin cesar de anuncios de cosas que no necesitamos, de videos sugerentes que prometen soluciones rápidas y de flujos interminables de contenido que prometen que esta es la respuesta que satisfará nuestros anhelos o resolverá nuestros problemas.
Aunque es lógico asumir que “más” al final llevaría a tener suficiente, no parece funcionar así. Hay un viejo chiste sobre un ranchero de Texas que dijo que no quería toda la tierra del mundo, solo la tierra que estaba al lado de la suya. Esta es la cruel ironía: El deseo nos ofrece la satisfacción, prometiéndonos que esta es alcanzable si solo tenemos esa cosa. Pero siempre habrá una próxima cosa —cada una alineada justo detrás de la otra en la cadena de montaje de los deseos fabricados. En la búsqueda implacable de más posesiones, más logros y más comodidad, a menudo descubrimos una verdad inquietante: la satisfacción que buscamos permanece siempre fuera de nuestro alcance.
La buena noticia es que este ciclo frustrante no es nuestra única opción. El salmista afirma que es el Señor quien nos da lo que hemos estado buscando todo el tiempo: “Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre” (Salmo 16.11). Y más adelante: “[El Señor] satisface al sediento y llena de bien al hambriento” (Salmo 107.9 NBV).
El contentamiento no se encuentra en lo que acumulamos o controlamos, sino en lo que recibimos como regalo. La verdadera paz no brota de tener muchas cosas, sino de habitar en la presencia de Dios. En ese espacio sagrado, descubrimos que ya poseemos todo lo que en realidad necesitamos, no por las posesiones, sino por la relación que tenemos con Aquel que nos sostiene.