Los seres humanos somos criaturas olvidadizas por naturaleza. Nuestra atención se desvía después de solo unos momentos, los recuerdos comienzan a desvanecerse casi tan pronto como se crean, y las promesas hechas en los buenos tiempos a menudo se olvidan cuando la vida se pone difícil. Quizás por eso el himno “Fuente de la vida eterna” siempre ha resonado tan profundamente en mí: “Nos ampare tu clemencia; Salvador, propicio sé”.
ilustración por Jeff Gregory
En los últimos dos años, he tenido motivos para reflexionar sobre cuál podría ser la perspectiva de Dios en esos momentos en que sus hijos pierden el rumbo. Mientras observaba a mi abuela avanzar a través de la demencia, descubrí lo que es ser olvidado, y esa experiencia ha profundizado mi aprecio por la fidelidad constante del Señor.
La demencia es una enfermedad terriblemente astuta. Se pierde al ser querido poco a poco y luego, al parecer, todo a la vez. Con mi abuela, comenzó con su dificultad para encontrar palabras en una conversación. Esto avanzó hasta tardar en reconocernos. Y luego, un día, ella no nos reconoció en absoluto. Ese fue el momento en que me di cuenta de que ya había tenido mi último día con ella.
A partir de entonces, en cada visita que le hacíamos nos preguntaba de dónde éramos. Ella recordaba que tenía un nieto que vivía en Louisville con su esposa y dos de sus bisnietos, así que le decíamos: “Sí, abuela, somos nosotros”. Ella se sorprendía y se alegraba, pero se notaba que dudaba; no era del todo capaz de establecer la conexión entre los hechos y las personas sentadas frente a ella.
Tal vez usted haya tenido una experiencia similar con su fe. Cuando la vida se pone difícil —debido a dificultades en las relaciones, problemas en el trabajo, incertidumbre financiera o cualquier otra cosa— es fácil caer en el desánimo. Todavía está razonablemente seguro de que hay un Dios en alguna parte, pero no lo reconoce cuando está justo frente a usted. Felizmente, no importa cuántas veces lo perdamos de vista, Dios nos promete: “Nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida” (Isaías 49.15, 16).
A medida que su demencia avanzaba, mi abuela pasó de olvidar rostros familiares a no reconocer que estaba en su propia casa de más de sesenta años. Nos decía que sus padres (ambos fallecidos en la década de 1990) vendrían pronto a recogerla para llevarla a una casa en la que no vivía desde los años 50. Durante un tiempo, varios miembros de la familia intentamos recordarle con sutileza dónde estaba y que sus padres habían partido con el Señor hacía tiempo. La esperanza era evitar que se angustiara esperando algo que nunca iba a suceder. Pero, en realidad, eso le hacía más daño que bien.
Esa fue una etapa fundamental, en la que cada uno de nosotros en la familia tuvo que aceptar la verdad y ejercer un amor sacrificial. Por supuesto, estaban los sacrificios prácticos de cuidar a alguien que, cada vez más, no podía realizar con seguridad ninguna tarea diaria. Pero también estaba el sacrificio de deshacerse de la esperanza de que las cosas volvieran a la normalidad.
Uno de mis recuerdos más dulces con ella ocurrió cerca del final. Estábamos en casa de mis padres para un día festivo y ella empezó a preguntar cuándo llegaría su papá. Nuestro plan era comer antes de que mi padre la llevara a su casa, pero la comida no estaba lista. Así que me senté en el sofá junto a ella y empecé a hacerle preguntas sobre su infancia en Athens, Kentucky. Me sorprendió la facilidad con la que respondía. Usé cada fragmento de información que pude recordar para mantener la conversación y, aunque al final no fue más que una charla trivial, por un rato estuve con mi abuela otra vez.
En esa conversación, creo que aprendí algo sobre cómo Dios me soporta cuando mi corazón vaga. Me olvido de Él, así que Él se encarga de recordar por mí. Yo solo podía entrar en el pasado de mi abuela superficialmente, pero Dios entró por completo al mío y se niega a soltarme. Él me llama continua y pacientemente de vuelta, sin importar qué tan lejos me desvíe.
Mi abuela falleció en septiembre de 2025. En su obituario dice: “Ya la extrañamos, pero nos regocijamos sabiendo que nos reuniremos con ella de nuevo y que ahora está con el Señor, restaurada al gozo pleno en su presencia”. La pérdida lenta de su mente fue solo temporal, para no repetirse jamás. Dichosamente, pude pasar unos minutos extra con ella hablando del pasado. Pero a través de Cristo, Dios ha preparado una reunión donde nadie olvida y nadie es olvidado, donde somos conocidos por completo, no solo por un momento, sino para siempre.
Cómo cuidar a un ser querido con demencia
Existen buenos recursos disponibles para el aspecto práctico del cuidado de un familiar con demencia, y es muy importante hablar con su médico sobre cómo cuidarlo mejor según su progresión específica. Dicho esto, aquí hay algunas cosas que gané a través de la experiencia:
Dese gracia. Está sufriendo la pérdida de alguien que aún está vivo. Eso es difícil. No lo manejará todo a la perfección.
Sepa que la memoria a largo plazo puede ser muy resistente. Es posible que la persona que ama no esté mucho en el momento presente con usted (si es que lo está), pero gran parte de su historia quizá siga allí para conectarse con ella.
Adopte una postura de curiosidad. Es posible que los seres queridos con demencia no reconozcan dónde están o pregunten por familiares fallecidos hace tiempo. Es importante no corregirlos. No puede devolverles los recuerdos perdidos ni traerlos al presente. En vez de esto, hágales preguntas. Si hablan de una época pasada o de un pariente perdido, intente entrar en sus recuerdos con ellos. Pregúntele por sus padres, su ciudad natal o su escuela primaria. Podría recibir la bendición inesperada de aprender cosas sobre su pasado (y el de usted).