Aguacates maduros, cebollas y tomates picados. Jalapeños frescos, limón y un abundante manojo de cilantro. Era todo lo que mi esposo y yo ansiábamos, y estábamos emocionados porque la mayoría de los ingredientes eran anatema para nuestros hijos. Al fin, tendríamos algo enteramente solo para nosotros: un tazón completo de guacamole. Pero antes de que pudiera comer el primer gran bocado, nuestro hijo mayor preguntó: “Mamá, ¿puedes darme un poco?”. Traté de explicarle que el platillo era un poco picante, que tal vez no le gustaría, pero él me dijo la frase de costumbre: “No, esto me encanta”.
Nuestros dos hijos son tan diferentes como pueden serlo muchos hermanos biológicos. Al mayor le encanta el trabajo duro, mientras que el menor prefiere imitar a un gato tomando sol. Mientras que uno es tímido e introvertido, el otro es extrovertido y encantador. Uno es hábil y fuerte, le gusta mucho moverse y hacer cosas; mientras que el otro, al igual que yo, su madre adoptiva, está siempre chocando con las cosas y dando traspiés. Pero quizás la diferencia más grande entre ellos es la manera como abordan las cosas nuevas.
Fotografía de Ryan Hayslip
Uno vacila cuando se enfrenta a algo nuevo, y se queda atrás un poco, mientras que el otro usualmente está listo a pasar por la experiencia. Es un optimista a ciegas en esencia, un niño que lo toma todo con despreocupación y que disfruta de cada aventura que se le presenta. Puede decir: “Esto me encanta”, porque todo literalmente le encanta, incluso restaurantes donde nunca ha estado, películas que nunca ha visto y lugares que nunca ha visitado. Todo es estupendo para él, y probarlo solo confirma lo que ya cree.
Según mi manera de pensar como adulta, solo puede haber algo que me encante o sea mi favorito en cualquier categoría. Por lo tanto, tengo un libro favorito (Jane Eyre), un lugar favorito (la playa), un deporte favorito (el béisbol), y así sucesivamente. Pero esa limitación es para mi hijo tan extraña como son los jeroglíficos. Descubrir una deliciosa comida nueva o un juego o juguete nuevos, no significa que lo anterior sea reemplazado. Simplemente los pone en primer lugar, lo añade a la lista de cosas que le encantan, y sigue adelante totalmente embelesado y sumamente feliz.
¿Qué hay en la adultez que nos impulsa a cambiar la sinceridad por el egocentrismo? En Lucas 9.46, los discípulos hablan de un tema muy importante para los adultos hambrientos de poder, tanto del siglo I como del XXI: “¿Quién de nosotros va a ser el más importante?”. Sienten comezón por decir: Señor, habrá una jerarquía, y solo unos pocos elegidos de nosotros podránestar en la cima. Entonces, ¿quiénes serán? Él responde esta pregunta, pero su respuesta arruina todas las expectativas de sus discípulos. Les dice: “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos” (Mateo 18.3, 4).
Con cada día que paso con mi hijo, entiendo un poco mejor este mandamiento. Como sucede con la mayor parte del cristianismo, eso suena como un completo disparate para la llamada mente madura. ¿Morir para que podamos vivir? ¿Ser servidores para llegar a ser grandes? ¿Ser fuertes en la debilidad? ¿Estás bromeando? Todo esto va en contra de la esencia de la condición pecaminosa; exige sacrificio y hace sangrar. Pero si somos capaces de aceptarlo, ganamos algo más que orgullo en su lugar. Cuando toda la pompa y la solemnidad se desvanecen, cuando dejamos de construir reinos de lata y alhajas de plástico, la verdad se hace evidente. No hay un pedestal junto a Dios, no hay unos pocos elegidos, no hay ninguna clase dominante de la que podamos formar parte por medio de influencias y hostilidad.
Pudiéramos decir que a Él le encantan todos sus hijos por igual. Pero la Biblia dice algo aun mejor: dice que nos ama.
Es una palabra que encontraremos dispersa a lo largo del Nuevo Testamento, y cada vez que aparece es una transliteración de la palabra griega agapaó, la cual significa “amar, complacerse con, o estimar”. El apóstol Pablo la usa para decirnos que somos “santos y amados” (Colosenses 3.12); “hijos amados” (Efesios 5.1); y “hermanos amados por el Señor” (2 Tesalonicenses 2.13). En Judas, se nos saluda con las siguientes palabras: “a los llamados, santificados en Dios Padre, y guardados en Jesucristo (Judas 1.1). Coincido con mi hijo en esto: ¿Por qué perder el tiempo con calificativos como bueno, mejor y óptimo, si el calificativo amados incluye a todos?
A los cristianos nos encanta decir que “al pie de la cruz todos estamos al mismo nivel”, pero una vez que nos convertimos en miembros de la familia de Dios, a veces se nos olvida eso y empezamos a buscar maneras de sobresalir y ganar estatus. Sí, algún día las obras serán juzgadas y coronas serán repartidas (2 Corintios 5.9, 10; Apocalipsis 22.12). Pero ninguna parte de la Biblia dice que hay un vecindario “más santo” en el cielo, en el cual las calles de oro son un poco más anchas y la gloria de la shekinah brilla con más intensidad. Cada centímetro está reservado para aquellos que son llamados hijos de Dios (Gálatas 3.26). Por tanto, podemos renunciar a la necesidad de supremacía y tomar nuestro lugar entre la multitud de todos los favoritos de Dios.