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La escuela de la misericordia

A la hora de aprender cómo asemejarse a Cristo, las lecciones son inagotables y el maestro nunca se dará por vencido con nosotros.

Charity Singleton Craig

La oficina en la que yo trabajaba tenía un manual del empleado tan grueso como una guía telefónica. Durante mi primera semana en el trabajo, lo leí todo: políticas de asistencia, códigos de vestimenta, directrices de áreas de trabajo y, como todos los demás empleados, firmé la primera página, dando fe de que había entendido las reglas.

Ilustración por Ilya Milstein

Imagínese mi sorpresa, cuando vi a compañeros de trabajo almorzar en sus escritorios, vestir pantalones vaqueros en días distintos a los viernes, y charlar en el cuarto de copiado cuando había políticas estrictas contra ese comportamiento. Otra compañera de equipo llegaba algunos minutos tarde casi a diario, y me preguntaba por qué no había sido amonestada de acuerdo con la política de puntualidad. Y cuando escuché al hombre del cubículo al lado del mío haciendo y recibiendo llamadas personales a lo largo del día, me indigné. ¿Por qué no pueden obedecer las reglas?

Un día me quejé del trabajo con unos amigos, ya que me sentía indignada por las últimas violaciones de las políticas.

“Básicamente, este tipo solo se para a hablar y no hace su trabajo”, dije.

“¿Podrías hablar con su supervisor?”, sugirió Kelly.

“Supongo que sí”, dije, asintiendo con lentitud. “Tal vez podría hablar con mi supervisor, incluso”.

Me dirigí a Erik para ver qué consejo podía darme, pero él simplemente dijo: “¿Sabes que tienes un alto grado de rigidez?”.

Lo miré sin comprender.

“Parece que te lo tomas como algo personal cuando la gente no obedece las reglas”, dijo. “Tal vez podrías no ser tan severa con el tipo. Quizás estaba buscando quien le cuidara a sus niños.”

Cuando el Señor Jesús pronunció su conocido Sermón del monte, dijo a la multitud que los misericordiosos son bienaventurados porque recibirán misericordia. Me imagino que al menos algunos en la audiencia se preguntaron, al igual que yo, de qué manera gente común como nosotros podría mostrar misericordia de manera significativa a los demás. Tenemos tan poco poder sobre otras personas. Pocos de nosotros tenemos deudas graves. Y, en realidad, ninguno de nosotros tiene el poder de exonerar a malhechores o excusar a transgresores. Dios es el misericordioso. Él es el único que tiene, en definitiva, el poder de perdonar.

Sin duda, la mayoría de las veces que la palabra misericordia se usa en las Sagradas Escrituras se refiere a Dios extendiendo una mano a los necesitados. Pero el Padre celestial también espera misericordia de nosotros. Cuando el Señor Jesús dijo a sus discípulos y a los fariseos: “id y aprended lo que esto significa” (Mateo 9.13), seguramente estaba abriendo un camino para que nosotros también aprendiéramos a ser misericordiosos, incluyendo la lección sobre cómo la misericordia da prioridad a la compasión por encima de la estricta adhesión a las reglas.

“No quiero oír nunca que están cortos de personal”, les dije no hace mucho con brusquedad a la enfermera y a la encargada del caso de mi madre en el hogar para ancianos, “porque ese no es mi problema”.

“Lo entendemos”, respondió una de ellas con suavidad. La tensión era muy fuerte en la habitación.

“En realidad, no me importa si les falta personal o no”, repetí, “porque mamá todavía necesita que la cuiden”. Sentí un nudo en la garganta, pero estaba decidida a no llorar. Esa fue mi actitud el verano pasado cuando ayudaba a mamá a conducirse por el nuevo mundo de la atención personalizada y enfermería especializada. Ese fue el año de la fuerza y la firmeza. De la confianza.

“Usted tiene toda la razón. La contratación de personal no es su problema”, dijo la encargada del caso. “Pero cuando alguien llama a última hora para ausentarse por enfermedad, el personal presente no puede hacerlo todo. Tienen que decidir qué es lo más importante en ese momento”.

Sentí que me estaba ablandando.

En un lugar donde la compasión debería ser lo primero en la agenda, de vez en cuando se pasan por alto las necesidades y no se hacen las tareas. A nadie le gusta eso –y menos que a nadie a las enfermeras y auxiliares. Y a menudo pareciera más fácil para mí enojarme y atacar que trabajar para encontrar una solución. Pero cuando el trabajo de atención compasiva se queda corto, ¿no debería yo al menos arreglar las cosas con más misericordia?

Vemos al Señor Jesucristo tratar este tema más de una vez con los fariseos cuando lo encuentran quebrantando el sábado (Mateo 12). Según la Serie de Comentarios del Nuevo Testamento de IVP, el conflicto sobre lo que significa descansar del trabajo ilustra el modelo del Señor Jesús para interpretar la ley, que difería del de los fariseos. Mientras ellos levantaron “una valla cada vez más hermética alrededor de la interpretación más estricta de la ley para no quebrantarla”, el Señor Jesús “en cambio se enfocó en el punto de los textos bíblicos en el contexto en el que fueron escritos”. Y cuando se trataba de la necesidad humana frente a la adhesión a las reglas, Él dijo una y otra vez, citando al profeta Oseas: “Porque misericordia quiero, y no sacrificio” (Oseas 6.6). O, como sugiere el Comentario IVP, “la necesidad humana en general tiene prioridad sobre las reglas”.

Por otro lado, la misericordia no excluye la necesidad de justicia. De hecho, el Señor Jesús dijo que necesitamos aprender la diferencia entre misericordia y sacrificio, no entre misericordia y justicia. El reino de Dios opera sobre los principios de hacer lo correcto. Si eso no le importara al Padre celestial, no habría enviado a su Hijo unigénito para reparar lo que había sido dañado por el pecado. Pero el cumplimiento de la justicia es diferente al cumplimiento de los sacrificios o de los rituales. En el primero, mantenemos un estándar de equidad tanto para nosotros como para nuestras comunidades. En el segundo, tenemos cuidado de cada detalle, aun de los más pequeños, para tratar de agradar a Dios, pero no nos damos cuenta de que lo que el Señor quiere, en realidad, es que lo amemos a Él y nos amemos unos a otros.

Es el principio que Miqueas le explica a Judá, una nación que mantenía los rituales para Dios, pero que carecía tanto de compasión como de principios.

“¿Se agrada el Señor de millares de carneros, de miríadas de ríos de aceite?” pregunta Miqueas. Y nos da de inmediato la respuesta: “Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que demanda el SEÑOR de ti, sino solo practicar la justicia, amar la misericordia, y andar humildemente con tu Dios?” (Miqueas 6.7, 8 LBLA).

El Señor Jesús dice lo mismo a los fariseos en Mateo 23.23: Ustedes son prodigiosos en las partes fáciles de la ley, como el diezmo, pero no así cuando se trata de los asuntos más importantes, como la justicia, la misericordia y la fidelidad; “y estas son las cosas que debíais haber hecho, sin descuidar aquellas”, dice el Señor. En esencia, el Señor de hecho sí quiere nuestros sacrificios, pero no quiere que los prioricemos por encima de lo que en realidad importa.

***

En Mateo 9.10-13, encontramos al Señor sentado en la mesa con “publicanos y pecadores”, quizás amigos de Mateo, el recaudador de impuestos a quien Él acababa de invitar a ser discípulo. Cuando los fariseos vieron al Señor Jesús con personas indeseables, les preguntaron a sus discípulos por qué un supuesto maestro se asociaría con esa clase de gente. A menudo me he preguntado qué habrían dicho los discípulos si el Señor Jesús no hubiera intervenido y respondido la pregunta Él mismo. ¿Habrán comprendido lo que Él les dijo que son los enfermos los que necesitan un médico y no los sanos? Y quizás más importante, ¿se habrán dado cuenta de que tanto el discípulo, como el fariseo y el recaudador de impuestos estaban enfermos por igual?

En otras palabras, para recibir misericordia, las personas necesitan darse cuenta de que son pecadoras, pero también necesitan ver su propia pecaminosidad para poder mostrar misericordia. Es como un médico que de repente practica la medicina de manera más compasiva después de encontrarse al otro lado del bisturí. A lo largo de los años, he leído docenas de estas historias, como la de Kamal Malaker, un oncólogo clínico de Antigua, que de pronto necesitó un baipás coronario. Después de décadas de tratar a otros, Malaker dijo que encontrarse en la posición vulnerable del paciente le dio más empatía y lo ayudó a “intercambiar zapatos con sus pacientes”.

“Ahora paso mucho más tiempo con ellos... cuando vienen a pedirme ayuda”, dijo. “De lo que sea que quieran hablar conmigo, yo los escucho”.

Es más, en la escuela de la misericordia, enfrentar nuestro propio pecado no solo enseña humildad y empatía, sino que también es un curso para principiantes de la aritmética de la deuda espiritual.

En Mateo 18, el Señor Jesús cuenta la historia del siervo despiadado que, después de haber sido perdonado de una gran deuda, se niega a extender incluso un poco de misericordia a un consiervo que le debía mucho menos. Cuando el amo se entera, castiga al siervo malvado: “Te perdoné toda aquella deuda porque me suplicaste. ¿No deberías tú también haberte compadecido de tu consiervo, así como yo me compadecí de ti?” (Mateo 18.32, 33 LBLA).

Por supuesto, el amo no menciona el tamaño de ninguna de las deudas, pero las cantidades adeudadas no importan; porque a cualquier nivel el perdón tiene valor. La misericordia tampoco puede ser devuelta; no crea una nueva capa de deuda cuando la damos. Más bien, es como una inversión: con cada acto de perdón, damos y recibimos la misericordia que necesitamos para que se perdone la siguiente deuda.

Pero al igual que el siervo despiadado, a veces siento que he llegado al final de mi capacidad de perdonar, o que me enfrento a una deuda demasiado grande para condonar. De hecho, parece que Pedro se estaba acercando a ese punto cuando le preguntó al Señor cuántas veces debía perdonar a un hermano que pecara contra él, la misma pregunta que llevó, en realidad, al Señor Jesús a contar la parábola.

Al final de la historia, el Señor Jesús lo puntualiza de forma clara: las deudas de los demás no determinan cuánta compasión debamos mostrarles. La misericordia de Dios sí. Y quizás la mejor lección que podemos aprender en la escuela de la misericordia del Señor Jesús es tan simple como esta: aunque nunca podremos ser “más misericordiosos” que el Padre celestial, Él nos invita a seguir intentándolo, tan a menudo como sea necesario, setenta veces siete, y más.