Es fácil pensar que la vida debería dividirse en dos partes separadas: la secular, que parece separada del Señor, y la espiritual. Pero somos hijos de Dios, por lo que cada aspecto de la vida debe ser una expresión de esa relación divina.
Nuestra cultura nos hace creer que podemos lograr mucho sin Dios, destacando nuestras fortalezas humanas, como la educación o las habilidades, y sugiriendo que no necesitamos su ayuda. Satanás aprovecha esta idea para desviarnos de la dependencia del Señor.
Sin embargo, la Biblia nos enseña lo contrario. Hacer la obra de Dios a su manera requiere confiar en el Espíritu Santo, no en nosotros mismos. Al depender de su poder y sabiduría…
Estaremos convencidos de que fracasaremos sin la presencia activa de Dios.
Buscaremos agradar solo a Dios sin negar nuestras convicciones.
Esperaremos con expectativa que el Espíritu Santo obre.
Pasaremos más tiempo agradeciéndole y alabándolo.
Mostraremos gozo, un fruto del Espíritu (Ga 5.22, 23).
Las vidas de los hijos de Dios deben caracterizarse por una dependencia constante del Espíritu Santo, un vínculo que cambia todo.
BIBLIA EN UN AÑO: NÚMEROS 11-13