El Señor tiene un plan grandioso para la vida de cada creyente, y se puede resumir en la palabra que vimos ayer: santificación. Esto se refiere al proceso por el cual algo es hecho santo —en otras palabras, apartado de su uso común y dedicado a Dios para sus propósitos.
Toda persona nace espiritualmente muerta y siendo enemiga de Dios (Ef 2.1; Ro 5.10). Pero en el momento en que ponemos nuestra fe en Jesucristo para salvación, nuestros pecados son borrados, el Espíritu Santo viene a vivir en nosotros y somos adoptados en la familia de Dios. A partir de ese momento, somos apartados como hijos de Dios para sus propósitos sagrados.
Esto significa que estamos en este mundo, no para ir tras el placer y el beneficio personal, sino para servir y obedecer al Señor. Y al hacerlo, le damos honor y gloria. Como miembros de la familia de Dios, estamos llamados a reflejar el carácter de Cristo. El Señor nos llama ahora santos, un término que comparte su raíz con santificación, no porque vivamos sin pecado, sino porque esa es nuestra posición en Cristo y debe ser también nuestra práctica. Ya no debemos entregarnos al pecado, sino presentarnos a Dios como siervos obedientes.
Biblia en un año: Isaías 43-45