Saltar al contenido principal
Artículo Destacado

Él sana a los quebrantados

El Señor Jesucristo vino a redimir y restaurar un mundo hecho pedazos, y no se detendrá hasta que haya terminado.

Charles F. Stanley

Es difícil saber qué es lo que realmente está sucediendo en la vida de las personas. Por ejemplo, los domingos por la mañana en la iglesia, la gente sonríe, saluda a sus amigos y suele verse lo mejor posible. Pero ¿qué pasaría si pudiéramos ver la verdad de su vida interior manifestada en sus cuerpos físicos? Descubriríamos que muchos de nuestros compañeros de la congregación están caminando heridos por el dolor. Sabríamos al instante si algo estuviera mal y haríamos todo lo que pudiéramos para ayudarlos.

Quizá así era como el Señor Jesús percibía a las personas mientras buscaba ministrarlas. Aunque sus dolencias físicas eran más evidentes, Él también discernía la oscuridad espiritual y las heridas emocionales que los dejaban fracturados por dentro. Y aunque Cristo siempre intervenía para sanarlos físicamente, su propósito principal era salvarlos del pecado y darles una vida abundante (Juan 10.10).

Me pregunto cuántos creyentes hoy podrían decir con franqueza que disfrutan de ese gran regalo. Claro, han sido salvos y van camino al cielo, pero la vida se siente más como un desierto seco que como un arroyo desbordante y vibrante. ¿Qué lleva a un creyente a vivir de esta manera? Ciertamente no es lo que Cristo desea para sus seguidores.

LA FRAGMENTACIÓN ES RESULTADO DEL PECADO. El quebrantamiento comenzó cuando el pecado entró en el mundo por medio de Adán y Eva. Produjo una separación inmediata entre la humanidad y Dios, generó discordia entre las personas y dio como resultado enfermedad y muerte. Debido a nuestro entorno caído, sufrimos el daño emocional de infancias dolorosas, relaciones rotas y circunstancias devastadoras. Sin embargo, a veces sufrimos no por lo que nos ha sucedido, sino como consecuencia de nuestras propias malas decisiones. Si permitimos el pecado en nuestra vida, experimentaremos conflicto y división interna.

Cualquiera que sea la causa de nuestra fragmentación, tiene un efecto negativo en cada aspecto de nuestra vida: el desempeño laboral, las relaciones, la salud, los patrones de pensamiento, las actitudes y las emociones. Lo trágico de esta situación es que nunca tendremos la vida abundante que Cristo prometió si nos conformamos con algo inferior. ¡Cuánto debe dolerle al Señor el quebrantamiento que causa el pecado! Su deseo es sanar las áreas fracturadas, volver a unir las piezas y sellarlas con su amor y su gracia.

EL SEÑOR JESÚS VINO A COMPLETARNOS. Al considerar lo que significa estar completos, primero debemos entender que el Señor creó a las personas como seres tricótomos o “de tres partes”, compuestos de espíritu, alma y cuerpo. El espíritu nos permite relacionarnos e interactuar con Dios. El alma es nuestro ser más íntimo, que consiste en la mente, la voluntad y las emociones. Y el cuerpo es la parte física de nosotros. Cuando el Señor Jesús ministraba a las personas, trataba los tres aspectos de su humanidad.

El espíritu. En su encuentro con Nicodemo, el Señor explicó que la única manera de entrar en el reino de los cielos era nacer del Espíritu (Juan 3.5, 6). Como todos nacemos espiritualmente muertos en nuestros pecados, la única forma de recibir vida es aceptar el perdón de Cristo (Efesios 2.1-5). Hasta que esa necesidad sea satisfecha, nunca estaremos completos. Pero una vez que nacemos del Espíritu, Él viene a vivir dentro de nosotros para siempre. A medida que nos rendimos a su dirección y permitimos que nos llene, el Espíritu Santo produce fruto en nuestro carácter (Gálatas 5.22, 23).

El alma. El Señor también se enfocó en los problemas internos del alma. En Juan 4, los matrimonios fallidos de la mujer samaritana y su relación extramatrimonial presente revelaban su profundo dolor emocional. Cristo le ofreció agua viva, lo único que podía satisfacerla verdaderamente y brotar en vida eterna (Juan 4.10; Juan 4.14). Creer en Él resultó no solo en perdón, sino también en su transformación. Después de encontrarse con el Señor Jesús, su testimonio hizo que muchos otros en esa ciudad creyeran en Él (Juan 4.39). Cristo desea lo mismo para sus seguidores hoy: quiere transformarnos en personas que puedan crecer espiritualmente y alcanzar salud emocional.

¿Siente usted soledad, aislamiento o la sensación de estar fuera de lugar incluso cuando está con otros? ¿Siente que no recibe amor que a nadie le importa realmente? ¿Lucha con sentimientos de insuficiencia o inferioridad? Si respondió que sí a alguna de estas preguntas, debe saber que no tiene que vivir en esclavitud. El Señor Jesús quiere sanar su alma para que pueda vivir a plenitud, cumpliendo su plan para su vida.

Solo considere lo que Él ya ha hecho por usted. En primer lugar, lee ha ciudadanía en su reino, miembro de la familia de Dios y parte de su cuerpo, la iglesia. No importa lo que usted haya experimentado, pertenece al Señor para siempre, y Él se deleita en usted. Además, envió su Espíritu para vivir dentro de usted como su consolador y ayudador. Camina a su lado en todo momento, dándole la capacidad y la confianza para llevar a cabo todo lo que Él te pida.

El cuerpo. Desde la desobediencia de Adán y Eva, la humanidad ha sufrido debilidad, enfermedad y muerte. Nadie puede evitarlo. Quizá la pregunta que con frecuencia nos atormenta es por qué los enfermos no son sanados. Después de todo, dondequiera que Cristo iba, atendía las necesidades físicas. Los Evangelios están llenos de historias de ciegos que recuperaban la vista, cojos que comenzaban a caminar y enfermos que eran sanados.

La verdad es que no siempre sabemos qué causa la enfermedad ni por qué el Señor no cura toda dolencia. Aunque el Señor restauró la salud de muchas personas, no sanó a todos en Israel. Su propósito era dar a la gente un adelanto de su futuro reino, cuando vendrá a gobernar en la Tierra como Rey de reyes. La buena salud constante no está prometida en esta vida. Solo después de recibir nuestros cuerpos glorificados seremos completamente enteros: espiritual, emocional y físicamente.

CRISTO CUMPLIRÁ SU OBRA. Jesucristo comenzó a restaurarnos para que estemos completos con su primera venida y, cuando regrese, completará la buena obra que inició. En el momento de la salvación, da vida a nuestro espíritu. Luego trabaja para restaurar nuestras almas a través del proceso de santificación, mediante el cual nos transforma progresivamente a su imagen. La etapa final será la glorificación, cuando recibamos cuerpos nuevos que nunca envejecerán, sufrirán enfermedades ni morirán (Filipenses 3.20, 21).

No obstante, hasta que llegue ese día, seguiremos lidiando con el quebrantamiento. Pero tenemos esperanza porque el Señor nunca deja de santificarnos. Su objetivo es que nuestro ser “espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tesalonicenses 5.23). Y a medida que Él obra en nuestras vidas, descubrimos el gozo sin límite que proviene de ser hijos e hijas del Rey.