Saltar al contenido principal
Artículo Destacado

No es su responsabilidad cambiar el mundo

Hacer tu trabajo tiene poco que ver con tener la razón, y mucho con tener humildad.

John VandenOever

Solía tenerlo todo resuelto. Si me preguntaban cómo criar a los hijos, cómo votar, cómo interpretar la Biblia, cómo resolver la crisis política y cultural, tendría un consejo bueno y fundamentado. El problema es que los creyentes en Jesucristo nunca estuvieron destinados a ser Lucy Van Pelt, el personaje mandón de la tira cómica Snoopy, instalada detrás de nuestra cabina de “Ayuda Psiquiátrica”, esperando resolver los males de la sociedad. Más bien, debemos dedicarnos a hacer el bien. Y si sufrimos por ello, será para dar razón de nuestra esperanza (cf. 1 Pedro 3.15).

Ilustración por Adam Cruft

Esta esperanza no parecerá lógica a los no creyentes, ni tampoco se la considerará un buen consejo, porque nuestra fe se centra en cosas que no se ven. “La esperanza que se ve, no es esperanza”, escribe Pablo. “¿Por qué lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo?” (Romanos 8.24). Pero la fe abraza a un poderoso Salvador que se hizo débil para asegurar nuestra libertad. Si parecemos extraños al mundo, y si nuestras perspectivas y maneras parecen raras, no debemos sorprendernos. El mundo no llegará a nuestra puerta en busca de discernimiento; y de hecho, si lo escuchan, podrían decidir odiarnos. 

Por ello he tomado la decisión de reformar mis hábitos. Estoy cerrando mi mesa de juego y deshaciendo mi cartel que dice: “El médico está aquí”. Aunque nunca dejaré de buscar una perspectiva bíblica sobre todos los desafíos de la vida y los males de la sociedad, mi propósito en Dios no es cambiar las opiniones de los demás, sino estar listo para compartir la esperanza de Cristo. La Biblia nos recuerda: “¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” (Romanos 10.15).

En medio de mi lucha interior por la crisis en nuestra cultura, que pide a gritos respuestas, redescubrí un maravilloso encargo de la primera epístola de Pablo a los Tesalonicenses:

“Procuren vivir tranquilos y ocupados en sus propios asuntos, trabajando con sus manos como les hemos encargado, para que los respeten los de fuera y ustedes no tengan que depender de nadie” (1 Tesalonicenses 4.11,12 DHH).

Este es el consejo del apóstol a una iglesia que quizás estaba tan afanosa como nosotros por la vida y nuestro lugar en el mundo. Tesalónica era una gran área metropolitana, un centro de comercio y comunicaciones, y de una cultura pluralista, donde confluían innumerables expresiones de creencias y prácticas. Aunque era tentador responder, Pablo llamó a sus contemporáneos a tener una vida de quietud.

Aunque nunca dejaré de buscar una perspectiva bíblica sobre todos los desafíos de la vida y los males de la sociedad, mi propósito en Dios no es cambiar las opiniones de los demás, sino estar listo para compartir la esperanza de Cristo. 

Para el cristiano del siglo XXI, esta quietud nos llama a estar menos sintonizados con el ruido de hoy; a ser más reflexivos. Se necesita práctica para entrenar nuestros corazones hacia el reino de Dios. En realidad, cuando estoy más conectado con los ruidosos puntos de vista del mundo, me siento menos preparado para lidiar con las necesidades reales de mi vida y las de mi comunidad.

Cuando Pablo dice que debemos ocuparnos de nuestros propios asuntos, lo que sugiere es que mantengamos nuestra visión centrada en las personas que están cerca, creando amistades más firmes, donde la gracia trascienda las opiniones. Pablo también exhorta a la fidelidad, diligencia y productividad, porque estos hábitos centran nuestro enfoque en lo que está justo por delante. La promesa aquí es que, con humildad, nuestras actividades revelarán, sin así planificarlo, nuestra esperanza y atraerán nuevas interacciones con nuestros semejantes. En vez de esforzarnos por reformar el mundo que nos rodea, la Biblia nos recuerda una y otra vez que debemos ser imitadores de Dios. No como caricaturas, sino como hijos amados, atraídos de manera natural por el Padre confortador que se sacrifica por ellos.

En contraste con la rectitud que tratamos de proyectar, a lo que el Señor Jesús nos llama es a la cruz. A través de la entrega, se nos da la mayor fuerza, el poder mismo de Cristo para que actúe en nosotros. No se trata de una vida ordinaria, sino de una vida atípica, apartada y llamada como un vaso para honra, santificado y útil para el Señor (2 Timoteo 2.21). Solo su poder nos transforma a usted y a mí; entonces, ¿por qué en nuestra fuerza y locura humanas imaginamos que somos capaces de reformar a los demás?

En vez de esforzarnos por reformar el mundo que nos rodea, la Biblia nos recuerda una y otra vez que debemos ser imitadores de Dios. 

Si he dejado de ser como Lucy, tal vez es hora de que adopte el estilo de su hermanito Linus. Callado, ocupándose de sus propios asuntos, escribiendo sus cartas, esperando con esperanza la Gran Calabaza. A menudo se le puede encontrar apoyado en sus codos, escuchando los problemas de un amigo. Y, sí, se sabía que Linus exageraba en sus disertaciones, pero por otra parte nadie es perfecto.