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Personas influyentes que de verdad importan

Nunca se llega a ser sabio solos.

Jamie A. Hughes

¿Cómo se vuelve uno sabio? Es un proceso y a la vez un resultado. Es un proceso porque ser sabio toma tiempo. Es un resultado porque aprendemos y nos volvemos sabios por los resultados que vemos en nuestras decisiones y en las decisiones que toman otros.

—Charles F. Stanley: “Cómo adquirir sabiduría”

Ilustración por Adam Cruft

Cuando recuerdo mi primer año como profesora, me doy cuenta de lo milagrosa que fue mi supervivencia. Tenía 22 años, apenas mayor que mi alumno de más edad (que tenía 19 años y cerca de cumplir los 20 al graduarse). Armada solo con un título universitario y un sólido conocimiento de literatura —y una cantidad nada pequeña de valentía— enseñaba seis clases al día. Tuve que aprender a comunicarme con los estudiantes de una manera divertida pero firme. También tuve que descubrir cómo trabajar con los colegas profesores, los administradores y los padres (el grupo más exigente de todos), y rara vez lo hacía a la perfección. De hecho, cuando recuerdo los errores que cometía, solo puedo avergonzarme.

Estaba ocupada todo el tiempo, corriendo de una clase a otra, asistiendo a interminables reuniones y haciendo todo el trabajo que requerían múltiples planes de lecciones diarias. Corregía las evaluaciones en mi hora del almuerzo y la mayoría de las veces me llevaba trabajo a casa los fines de semana. Por tanto, las conversaciones triviales no estaban en mi lista de prioridades, y detestaba tener que vigilar mis palabras o masajear el ego de ciertas personas. Después de todo, tenía cosas que hacer y lugares donde estar. Digamos que podía ser un poco brusca.

Pero con el tiempo, a medida que observaba cómo se las arreglaban los profesores de más edad que yo, y experimentados, para hacerlo todo (y obtener mejores resultados), llegué a comprender que no estaba desperdiciando nada cuando dedicaba tiempo a los demás. Aprendí a dejar de lado por un momento mi lista de tareas por hacer, y recibir con amabilidad y paciencia la persona que tenía delante de mí. Y comencé a mejorar tanto dentro como fuera del aula. En las buenas decisiones que otros tomaban —y que yo emulaba— descubrí que las palabras de Proverbios 3.13,14 eran válidas para muchas cosas, tanto espirituales como prácticas: "Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría, y que obtiene la inteligencia; porque su ganancia es mejor que la ganancia de la plata, y sus frutos más que el oro fino".

Ya no soy profesora de inglés, pero las lecciones que aprendí en el aula se me han quedado grabadas. Sin embargo, incluso ahora no siempre consigo hacer las cosas con una paciencia y una gracia perfectas, porque todavía estoy en el camino hacia la sabiduría verdadera. Pero estoy orgullosa de lo lejos que he llegado. Y un día espero ser un ejemplo para alguien que, como yo, necesite un poco de ayuda para encontrar el camino.